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En estas páginas, escribo desde un lugar distinto al habitual. No tanto como director de Filosofía en la Red, sino como alguien que también atraviesa dudas, silencios y preguntas que no siempre encuentran una respuesta. Son reflexiones más íntimas, escritas con calma, para quienes disfrutan de una filosofía que no solo se piensa, sino que también se vive.
Hoy comparto aquí un fragmento. La reflexión completa forma parte de la versión Premium de Filosofía en la Red, el espacio donde estos textos encuentran su lugar y donde, además, quienes apoyan el proyecto pueden acceder a contenido exclusivo y disfrutar de Filosofía en la Red sin publicidad.
No leas filosofía, forma parte de ella.
Hay silencios que no son falta de palabras. Son, más bien, una acumulación de cosas que no encuentran dónde ponerse. Uno puede estar en una habitación, sentado frente a alguien, hablando de lo que se tiene que hablar, midiendo el tono, respondiendo con educación, incluso con cierta naturalidad, y aun así sentir que la escena está ocurriendo en dos planos distintos. En uno, el visible, todo fluye. Hay temas adecuados, gestos razonables, pausas que no incomodan demasiado. En el otro, el que nadie ve, algo permanece suspendido. Algo que no se dice, pero que ocupa más espacio que todo lo que sí se está diciendo.
Me acordé de esas películas en las que dos personajes se encuentran después de algo importante. No necesariamente después de una tragedia enorme, ni después de una escena definitiva. A veces basta con que haya habido una herida, una expectativa rota, una ternura mal puesta, una despedida que nunca tuvo ceremonia. Se encuentran y la cámara no necesita hacer demasiado. No hay música exagerada. No hay una confesión dramática. Solo están ahí, hablando de cualquier cosa, como si la vida hubiera aprendido a acomodarlos en una versión más presentable de sí mismos. Pero el espectador sabe. Uno sabe. El silencio sabe.
Quizá lo más extraño de esos momentos es que, por fuera, no pasa nada. Nadie se quiebra. Nadie comete una torpeza evidente. Nadie dice “me dolió verte” o “todavía hay algo raro aquí” o “no sé cómo comportarme frente a ti sin convertirme en alguien que se está defendiendo”. La conversación avanza. Se hacen preguntas normales. Se responden cosas normales. Incluso puede haber una especie de cordialidad sincera, porque no todo lo que duele es odio, y no todo lo que incomoda es rechazo. A veces, precisamente, incomoda porque todavía hay algo humano, algo vivo, algo que no se terminó de volver indiferencia.
Eso es lo que me parece más difícil de reconocer: que ciertas presencias siguen teniendo una especie de autoridad simbólica sobre nosotros. No autoridad en el sentido vulgar de mandar, controlar o dominar. Más bien algo más sutil. Hay personas que, aunque ya no ocupen el mismo lugar en nuestra vida, todavía saben tocar una zona donde seguimos siendo menos fuertes de lo que aparentamos. No porque queramos volver, necesariamente. No porque estemos atrapados en una historia antigua. No porque no hayamos seguido adelante. Sino porque el cuerpo tiene memoria, y a veces recuerda antes de que uno pueda construir una explicación decente.
Uno cree que ya sabe cómo va a reaccionar. Se inventa una serenidad previa. Se dice: “todo está bien, no pasa nada, ya estoy en otro lugar”. Y quizá es cierto. Tal vez uno sí está en otro lugar. Pero estar en otro lugar no significa haber dejado de sentir por completo. Hay cosas que ya no gobiernan nuestra vida, pero todavía nos rozan. Hay heridas discretas que no sangran todos los días, pero que al contacto adecuado vuelven a doler como si alguien hubiera presionado justo donde no debía. Y entonces aparece esa incomodidad privada: no la de la escena, sino la de descubrirnos vulnerables cuando pensábamos que ya habíamos aprendido a ser otra cosa.
A veces confundimos superar con no sentir nada. Como si la prueba más limpia de madurez fuera ver a alguien y permanecer intactos, escuchar una voz y que no tiemble ninguna zona interna, coincidir con una presencia antigua y salir de ahí como si hubiéramos pasado junto a un mueble. Pero quizá esa idea de superación es demasiado cruel, demasiado educada por la fantasía de control. No siempre sanar significa que algo deje de importarnos. A veces sanar significa que ya no hacemos de eso una casa, pero reconocemos que alguna vez fue un cuarto donde dejamos cosas nuestras.
Hay dolores que no desaparecen. Solo aprenden a comportarse. Aprenden modales. Se vuelven funcionales. Se sientan derecho. Contestan mensajes. Van a reuniones. Hacen trabajo. Saludan con educación. Dicen “qué gusto verte” sin temblar demasiado. Uno los entrena para no hacer escándalo en público, para no poner en riesgo la escena, para no convertir una coincidencia en un derrumbe. Y, sin embargo, ahí están. Debajo de la mesa. En la garganta. En ese microsegundo donde uno piensa dos veces antes de mirar a los ojos.
Por eso actuar normal puede ser tan agotador. Porque no siempre nace de la paz. A veces, actuar normal es apenas una arquitectura de emergencia. Una manera de sostenernos con alfileres para que nadie note que algo dentro se está moviendo más de la cuenta. Uno habla, pero se escucha hablando. Sonríe, pero se vigila sonriendo. Decide qué palabra usar, qué emoción dejar pasar, qué gesto no permitir que se vuelva demasiado evidente. Y en esa vigilancia de uno mismo hay algo triste, porque la espontaneidad se vuelve peligrosa. La ternura se vuelve sospechosa. Hasta la voz parece tener que pedir permiso antes de salir.
Hay textos que no nacen para explicar una idea, sino para acompañar un momento. Reflexiones que difícilmente encontrarán un lugar en otro espacio porque parten de experiencias, silencios y preguntas que merecen más tiempo del que suele permitir una publicación convencional.
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ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)
