¿Por qué la pobreza provoca rechazo social y desconfianza? Ese rechazo se llama aporofobia: convierte la falta de recursos en sospecha moral y aparece en miradas, normas, espacios y sistemas digitales. No depende solo de prejuicios individuales; también revela una sociedad que mide la dignidad según la utilidad, el consumo y la capacidad de devolver favores.
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De acuerdo a la Real Academia Española, la aversión que se siente hacia las personas con menos privilegios o que son pobres se llama aporofobia. Deriva de la palabra griega «áporos«, que se traduce como «sin recursos«, y de “fobia”. Adela Cortina ya lo había recomendado en 1995. Sin embargo, su difusión se amplió cuando se lanzó Aporofobia: el rechazo al pobre en 2017. La palabra fue seleccionada como la del año por la Fundéu, y el mismo año fue incorporada al diccionario. No obstante, no debemos dejarnos engañar por el hecho de que la palabra sea nueva: la realidad que representa existía mucho antes de que se le pusiera este nombre.
En la vida diaria, cuando nos referimos a una fobia, estamos hablando de un miedo clínico que se experimenta sin querer y que puede ser diagnosticado. En este caso, la magnitud es mucho más alta. Comprende el miedo, así como la desconfianza, la aversión, el rechazo y el deseo de distanciarse. Es posible que alguien sea considerado amenazante a pesar de que no haya hecho nada para dar esa impresión. También puede ser considerada como una persona irresponsable, sin saber su historia, o como alguien a quien es mejor evitar y no mirar. La aporofobia no es únicamente una percepción subjetiva, sino también un modo de relacionamiento social que infravalora ciertas vidas.
Una de las aportaciones más importantes de Adela Cortina es mostrar que aporofobia y xenofobia no son la misma cosa. Por lo general, el forastero con dinero, el visitante que gasta, el inversor que promete beneficios, son recibidos de manera muy diferente al inmigrante sin recursos financieros. Tampoco todos los que viven en la pobreza son extranjeros. Quizá el vecino, que nació en esa misma ciudad, es menospreciado si pierde su casa o empieza a necesitar una ayuda. Esta diferencia nos muestra que el rechazo no es tanto por el hecho de venir de afuera, sino por la falta de poder económico.
Detectar el clasismo no es fácil. Las personas que son vistas como carentes de recursos sufren la aporofobia y, por lo tanto, no tienen la habilidad de aportar positivamente a la interacción social. Igualmente, incluye jerarquías, prejuicios y formas de discriminar entre clases sociales. Los dos fenómenos pueden suceder al mismo tiempo, como el racismo, la xenofobia o el sexismo. La separación no soluciona el problema, pero sí permite identificar los prejuicios en un caso específico y cómo estos se refuerzan entre sí.
Por otra parte, es conveniente añadir una advertencia relevante. En ocasiones, cuando se habla de «los pobres«, una situación puede ser considerada como si fuera una esencia. La pobreza no es una característica inherente a la humanidad y no define a una comunidad con experiencias similares. Algunos logran superar periodos de pobreza; otros, por otro lado, enfrentan privaciones extendidas debido a barreras que no pueden vencer. La aporofobia transforma esa circunstancia en una etiqueta que parece encerrar a la persona por completo, petrificándola desde el exterior. Frases como «individuo en situación de pobreza» no solucionan el problema, pero por lo menos nos recuerdan que nadie puede ser reducido legítimamente a la privación que vive en un momento concreto de su existencia.
Cuando se trata de una injusticia, nuestra percepción cambia. Antes de que surgiera esa palabra, era fácil considerar cada humillación como un suceso único: ser echado a patadas de un lugar público, recibir miradas extrañas en el autobús o que te miren con recelo al entrar a una tienda. El término mantiene las diferencias entre esas experiencias y, al mismo tiempo, supone el cuestionamiento del modelo que las vincula. Para solucionarla no es suficiente con decir la verdad, pero se quita el velo de lo normal que la oculta. La filosofía comienza a cumplir su función cuando convierte una costumbre apenas perceptible en un tema que requiere ser analizado y defendido.
De la discriminación individual
a la construcción del desprecio
Una explicación fácil es que la aporofobia es provocada por una cantidad escasa de personas mal educadas o malvadas. Esa forma de ver las cosas nos tranquiliza porque no modifica el entorno en el que nos movemos. Pero el desprecio puede manifestarse también en espacios, normas y procedimientos. Se hace evidente cuando una gestión comienza con la presunción de que el solicitante busca sacar provecho del sistema, cuando una solicitud laboral se ve afectada por estar ubicada en un barrio de pocos recursos o cuando el mobiliario urbano está diseñado para que nadie pueda descansar. Una institución puede crear un trato degradante sin que se exprese abiertamente hostilidad.
Adela Cortina relaciona esa negativa con una noción limitada de la reciprocidad. La vida en sociedad se basa en la colaboración y el intercambio, pero esta actitud puede volverse tan artificial que solo se valore a las personas que son capaces de retribuir una deferencia, abonar por un servicio o mejorar nuestro prestigio. Quedan excluidos del círculo de interés aquellos que no proporcionan una ventaja clara. Cuando se emplea una modalidad específica de intercambio para evaluar a las personas, ocurre el error. Una persona sigue siendo digna incluso cuando atraviesa una etapa en la que necesita recibir más de lo que puede dar en términos materiales.
También, la narrativa meritocrática puede tener un potencial de distorsión. Si se cree que los éxitos son siempre fruto del trabajo duro, la pobreza se puede interpretar como un aviso de falta de previsión, disciplina o talento. Esta conclusión llena el vacío que existe entre la enfermedad, los problemas económicos, el salario bajo en el trabajo y la distribución desigual de las labores de cuidado. Además, confunde la responsabilidad con tener control absoluto sobre su vida. Es posible aceptar que, cuando se toma una decisión, nadie tiene control absoluto sobre las circunstancias que lo rodean o los resultados de sus elecciones; no obstante, cada individuo tiene la autoridad para decidir.
Es muy fácil detectar la aporofobia cuando se valora de modo distinto una misma acción según quién la realice. La modestia de quien uno admira puede interpretarse como sencillez, mientras que el vestuario raído de un pobre puede interpretarse como apatía. Una estrategia puede ser, por ejemplo, la planificación fiscal de una empresa; en cambio, se puede ver como un abuso una solicitud de ayuda. No se puede afirmar que exista prejuicio simplemente porque haya discrepancias de opinión; sin embargo, si esos juicios son recurrentes, es razonable cuestionarnos qué suposiciones le otorgamos a unos y negamos a otros. Además, el privilegio consiste en que se te lea con benevolencia.
Además, este análisis no debe transformar a las personas en situaciones de pobreza en un grupo homogéneo. La pobreza se intersecta con la raza, el género, la edad, las discapacidades mentales y físicas, el sitio de residencia y las experiencias de migración. Cada una de estas combinaciones altera la manera de encarar el daño y la exposición a este. No es suficiente considerar solo a aquellos que atraviesan estas situaciones. Una sociedad democrática únicamente puede operar si se reconoce totalmente la capacidad de sus integrantes para participar en la política y si se les presta oído a las vivencias de cada uno. En conclusión, hasta una conversación que critique la aporofobia tiene el potencial de perpetuar la separación entre los que proponen el problema y los que se presentan solamente como receptores de asistencia.
La digitalización también puede mostrar esa misma estructura, pero de forma neutral. Las personas en mayor necesidad quedan excluidas del servicio si se requiere un formulario que necesite de acceso constante a internet, documentos difíciles de conseguir o una cuenta bancaria o una residencia fija. Un sistema automatizado puede aprender de patrones de decisiones pasadas y utilizarlos como normas básicas para mejorar su eficiencia, aunque estos patrones contengan sesgos geográficos o económicos. La tecnología no genera aporofobia por sí sola, pero tiene la capacidad de volverla más complicada, menos perceptible y más difícil de cuestionar. El diseño responsable supone interrogarse quiénes son apartados del sistema y garantizar que siempre exista un proceso de revisión hecho por seres humanos.
¿Por qué la pobreza no es un defecto moral?
La pobreza no es una característica de la personalidad, sino una condición relacional y material. Puede llevar a ingresos bajos, a viviendas inadecuadas, a poco tiempo libre, a exposición a la violencia y a dificultades para acceder a la salud y la educación. Reducirla a un indicador económico es olvidar sus aspectos fundamentales, e identificarla con una moralidad es añadirle otra injusticia. No es que falten recursos para ser descuidados, indeseables o vagos. Esa transición por la que una característica social se convierte en un castigo individual es una de las formas más perdurables de la aporofobia.
La perspectiva se puede ampliar gracias al enfoque de las capacidades que Amartya Sen elaboró1: lo que uno es capaz de hacer y llegar a ser con lo que tiene es más relevante que lo que posee. Aun teniendo los mismos ingresos, si una de las dos personas tiene alguna discapacidad, sostiene a una familia sin ayuda o no dispone de servicios públicos cercanos, sus libertades pueden ser muy distintas. La pobreza limita las oportunidades reales. Por eso no logra comprenderla como una simple consecuencia de elecciones individuales que se toman independientemente de su contexto.
La autonomía necesita ciertas condiciones materiales para ser efectiva. Que todos sean considerados iguales, mientras que algunos tienen que aceptar cualquier trabajo, vivienda o trato para sobrevivir, convierte la igualdad formal en una ilusión. La dependencia no anula la habilidad de tomar decisiones, pero sí disminuye las opciones disponibles hasta que cualquier negativa conlleve un costo excesivo. Una ética pública digna no emplea esa vulnerabilidad como fundamento para demandar sumisión, agradecimiento o silencio. Es su deber generar situaciones en las que solicitar ayuda no implique aceptar la humillación o renunciar a uno mismo.
Lo que se discute aquí es el límite fundamental de la dignidad. Según la filosofía kantiana, las personas no son nunca simples instrumentos cuya valía dependa de cuán útiles sean para otros. Si se utiliza con precaución, esta exigencia impide que el respeto se evalúe considerando la productividad, el consumo o la influencia en la sociedad. Esto no quiere decir que se pasen por alto las responsabilidades o las consecuencias de los actos; más bien, significa que ningún análisis legítimo puede transformar a una persona en un desecho social. La ciudadanía no debería ser un club donde se deba probar la utilidad para ser admitido.
Esto no implica en absoluto que se dejen de lado las responsabilidades individuales. Es posible cuestionar el uso de los recursos compartidos, pedir una compensación por un perjuicio o evaluar las decisiones, sin que ello implique faltar al respeto a quien se nos enfrenta. El problema aparece cuando una conducta, ya sea real o imaginada, se convierte en un juicio acerca de una categoría social completa. Asimismo, sucede cuando se les requiere a los pobres un nivel de ejemplaridad que no se le pide al resto de la gente: administrar cada centavo de manera perfecta, aceptar cualquier trabajo y dar gracias por cualquier apoyo que reciban. La dignidad permite que se valoren las acciones sin que la precariedad se convierta en una especie de culpabilidad.
Por lo tanto, luchar contra la aporofobia necesita más que acciones aisladas de caridad. La ayuda tiene un valor moral indiscutible y puede aliviar una necesidad urgente, pero no sustituye a la justicia ni cambia de manera autónoma las normas que crean exclusión. Son necesarias políticas capaces de asegurar derechos, personas que no penalicen la debilidad y lazos sociales que no hagan sentir vergonzoso al que recibe ayuda. La solidaridad madura no cuestiona de antemano qué derechos tiene alguien según lo que nos haga sentir, sino que se cuestiona cuáles son las circunstancias que favorecen la participación justa de cada individuo en la vida comunitaria.
Una democracia
que no obligue a desaparecer a nadie
La educación puede utilizar la empatía para tratar el tema de la aporofobia, ya que ponerse en los zapatos del otro ayuda a debilitar algunos prejuicios, lo que es entendible. Pero la empatía se extingue, es selectiva y depende muchas veces de historias que nos toquen la fibra. Los derechos no pueden estar basados en la empatía del momento. Hay que educar para que seamos capaces de reconocer las falacias injustas, para que cuestionemos la narrativa del mérito y para que comprendamos cómo opera la pobreza estructural. El respeto no debería variar según la persona sea admirable, conmovedora o trágica.
Los medios de comunicación y las plataformas digitales también tienen un impacto en nuestras percepciones. Las noticias tienen la capacidad de retratar la pobreza de varias formas, ya sea como un peligro, como el único resultado de una derrota personal o como el fondo de un relato que inspira. Por lo tanto, es aconsejable brindar contexto, no abrumar con imágenes y permitir que hablen las personas que están experimentando estos momentos. Ser exacto en el lenguaje es ser justo. Distinguir entre la descripción de una circunstancia y la formación de una identidad es esencial. En ninguna fase de su vida, un individuo tendría que ser definido por la ausencia de vivienda, ingresos o seguridad.
Las instituciones también tienen la capacidad de aplicar estos principios éticos a procedimientos regulables. Por ejemplo, una democracia tiene la capacidad de revisar los prejuicios en el alquiler y la contratación, asegurar que la población tenga acceso a beneficios, salvaguardar contra la discriminación basada en el estatus socioeconómico y crear espacios públicos realmente habitables. Del mismo modo, es esencial que aquellos que han atravesado la pobreza se involucren en la creación y valoración de las políticas públicas. No es un acto simbólico participar: posibilita detectar barreras que las personas que nunca las han afrontado no son capaces de ver y, a la vez, reparte el poder de tomar decisiones.
En el día a día, esa revisión comienza con acciones más sutiles: detenerse a observar a la persona que evitamos, qué chistes ignoramos o cuándo confundimos la apariencia física con la confiabilidad. De igual manera, supone respaldar planes que se fundamenten en el reconocimiento de derechos y no únicamente en la compasión, así como aceptar que los individuos afectados determinen sus propias prioridades. Estas técnicas no sustituyen las reformas en los ámbitos de la economía o las políticas públicas. Lo que les da valor es impedir que lo estructural se transforme en una excusa para no realizar transformaciones personales, y que lo personal se vuelva una justificación para ocultar reglas que requieren modificaciones.
Por otro lado, para emplearlo de forma apropiada, es necesario tener en cuenta las limitaciones del concepto. No toda crítica a las políticas sociales es aporofobia, del mismo modo que no todos los momentos incómodos reflejan un menosprecio hacia la pobreza. Si la acusación se transforma en una reacción automática, el diálogo que se quiere establecer podría llegar a su fin. Es conveniente investigar qué clase de estereotipo está en juego, cuáles son las inequidades que genera y a qué pruebas se refiere. El deseo de rigor no debería ser, al mismo tiempo, un pretexto para pasar por alto las regularidades. La negación y la consigna posibilitan el juicio crítico, la corrección institucional y la escucha.
Una democracia comienza a decaer cuando ciertos individuos solo pueden habitar el espacio común pidiendo disculpas por su existencia. La aporofobia demuestra que ser pobre no solo implica la ausencia de riqueza material, sino también el peligro de volverse invisible, prescindible o sospechoso para los demás. Ampliar el «nosotros» político hasta que la dignidad no esté sujeta ni a una cuenta bancaria ni a la habilidad de devolver favores es resistir a esa lógica. Lo que verdaderamente importa no es el valor de lo que posee el más pobre, sino qué tipo de sociedad tiene la necesidad de formular una pregunta como esa.
Notas
[1] El enfoque de las capacidades de Amartya Sen es un marco ético y económico que mide el bienestar y el desarrollo humano por lo que las personas son verdaderamente capaces de ser y hacer, priorizando la libertad real por encima del ingreso o la riqueza material.
Cita este artículo (APA): Muro, C. (2026, 29 de julio). En ocasiones, la pobreza te convierte en sospechoso. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2026/07/aporofobia-rechazo-pobreza
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Estudiante del Máster Estudios Avanzados en Filosofía (UCM).
