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En estas páginas, escribo desde un lugar distinto al habitual. No tanto como director de Filosofía en la Red, sino como alguien que también atraviesa dudas, silencios y preguntas que no siempre encuentran una respuesta. Son reflexiones más íntimas, escritas con calma, para quienes disfrutan de una filosofía que no solo se piensa, sino que también se vive.
Hoy comparto aquí un fragmento. La reflexión completa forma parte de la versión Premium de Filosofía en la Red, el espacio donde estos textos encuentran su lugar y donde, además, quienes apoyan el proyecto pueden acceder a contenido exclusivo y disfrutar de Filosofía en la Red sin publicidad.
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Hay llamadas que no suenan como llamadas. El teléfono vibra sobre la mesa y uno mira la pantalla apenas unos segundos, lo suficiente para reconocer que no reconoce el número. Podría ser cualquier cosa, claro: una encuesta, una promoción, una equivocación, alguien que marcó mal. Pero el cuerpo no espera a confirmar. Antes de que la razón acomode las posibilidades, algo por dentro ya se cerró. La mano no se mueve. El sonido insiste. La pantalla sigue iluminada. Uno no contesta.
Después viene ese silencio raro que no tranquiliza. No es exactamente alivio, aunque por un segundo se parezca. Tampoco es culpa pura. Es una mezcla más densa, más difícil de nombrar, como si al no contestar no se hubiera evitado una llamada, sino una parte de la propia vida. Vuelves a lo que estabas haciendo, sí, pero ya no igual. La conversación pendiente se queda flotando en el cuarto. El número desconocido se convierte en recordatorio. La mesa, en pequeño tribunal. El móvil, en una especie de espejo que no muestra la cara, sino aquello que uno quisiera no mirar todavía.
He pensado mucho en esa escena porque, de alguna manera, resume algo que casi nunca decimos con claridad: deber dinero no duele solo en la cuenta bancaria. Duele en un lugar más íntimo: en la forma en que uno se piensa cuando apaga la luz, en la manera de despertarse, en la ansiedad de abrir el correo, en el cansancio de calcular mentalmente lo que falta, lo que urge, lo que se puede mover, lo que ya no alcanza. Duele porque la deuda, cuando crece o se desordena, deja de ser únicamente una cifra. Empieza a parecer una biografía.
Y ahí está el peligro. Porque una cosa es deber dinero, y otra muy distinta es empezar a creer que uno vale menos por deberlo. Una cosa es reconocer una situación difícil, urgente, real, y otra permitir que esa situación se instale en el centro de la identidad. Hay deudas que se anotan en estados de cuenta, pero hay otras que parecen escribirse directamente sobre la autoestima. No dicen solo “debes tanto”. Parecen decir: “fallaste”, “no supiste”, “no pudiste”, “no eres tan adulto como pensabas”. Y uno, cansado, termina creyéndoles.
No escribo esto desde una superioridad limpia. Ojalá pudiera. Ojalá pudiera hablar del dinero como quien acomoda conceptos sobre una mesa y después se va tranquilo a dormir. Pero el dinero, cuando falta o se debe, tiene una forma muy concreta de meterse en el cuerpo. No se queda en las hojas de cálculo. No se queda en el banco. Se mete en la respiración, en el humor, en la paciencia, en esa manera rara de estar presente sin estarlo del todo. Uno puede estar sentado en una comida y, de pronto, la mente se va a una cifra. A una fecha. A un “se me pasó”. A un “no sé cómo”.
Me incomodan mucho las reflexiones sobre el dinero cuando suenan demasiado pulcras, como si bastara con administrar mejor, comprar menos, tener más disciplina, ser más fuerte. Hay algo cruel en esa facilidad. Como si todas las deudas nacieran de la frivolidad. Como si toda persona endeudada fuera, en el fondo, una persona que no quiso comportarse. Como si el dinero, además de faltar, tuviera derecho a repartir certificados morales. Y no. Hay desorden, sí. Hay decisiones malas, también. Pero la vida rara vez cabe en ese regaño tan limpio.
A veces una deuda empieza con una emergencia o con una mala racha. Otras, con un intento de sostener una apariencia que, en el fondo, no era vanidad, sino miedo. A veces con una compra mínima, casi inocente, hecha en un día en que uno necesitaba sentir que todavía podía elegir algo: un pedido a domicilio después de una jornada horrible, un regalo que no se podía pagar del todo, pero que parecía necesario para no fallarle a alguien, una salida que funcionó como anestesia, un objeto pequeño que prometía ordenar, embellecer o consolar una vida que se estaba sintiendo demasiado estrecha.
Y luego una cosa lleva a otra. Un mes se cubre con el siguiente. Una tarjeta respira gracias a otra. Se pospone una conversación, luego otra, luego otra. El problema no aparece de golpe, sino que se acumula con una discreción casi elegante. Hasta que un día el cuerpo se da cuenta antes que uno. Ya no es solo una deuda: es el nudo en el estómago cuando vibra el teléfono. Es la vergüenza silenciosa de no contar toda la verdad. Es la ansiedad de flotar sin saber si debajo hay suelo o caída. Es la dignidad herida por algo que, visto desde fuera, parece administrativo, pero por dentro se vive como una grieta.
Hay una vergüenza particular ligada al dinero. Una vergüenza que no siempre se parece a otras vergüenzas. Decir “estoy triste” puede abrir, a veces, una puerta de ternura. Decir “estoy cansado” puede despertar comprensión. Incluso decir “estoy perdido” puede convocar cierta cercanía. Pero decir “debo”, “no me alcanza”, “me atrasé”, “me equivoqué con mi dinero” suele tocar una zona más áspera. Como si confesáramos no solo una dificultad, sino una falla de carácter. Como si la cuenta vencida revelara algo esencial sobre nosotros.
Quizá porque vivimos en una época que convirtió la estabilidad financiera en prueba de madurez, el rendimiento en medida de valor y el control en virtud suprema. Hay que producir, anticipar, ahorrar, invertir, crecer, optimizarse. Hay que tener historial, solvencia, metas, estructura. Hay que parecer alguien que sabe hacia dónde va, incluso cuando apenas sabe cómo sostener la semana. Y entonces, cuando el dinero se sale de control, no sentimos únicamente que falló un plan. Sentimos que fallamos nosotros. La deuda se vuelve una especie de mancha moral.
Pero quizá aquí conviene detenerse un poco, antes de seguir. Porque si algo me importa decir —y quizá por eso escribo esto— es que no toda herida necesita convertirse en sentencia. Una deuda puede ser real, urgente, incómoda, necesaria de atender, sin que por eso tenga derecho a nombrar por completo a quien la carga. Hay algo muy delicado ahí: hacerse responsable sin destruirse. Mirar lo que pasó sin convertirlo en látigo. Aceptar la cifra sin aceptar que esa cifra sea la medida final de una vida.
Y tal vez, si seguimos desde aquí, no sea para encontrar una solución rápida. No la tengo. Ni creo que exista una frase bonita que ordene lo que se desordenó durante meses o años. Pero sí sé que hay una forma menos cruel de mirar esa llamada que no contestamos, esa cuenta que evitamos abrir, esa culpa que se nos queda pegada al pecho. Y es que, a veces, la salida no empieza pagando todo de golpe, sino cuando dejamos de tratarnos como si ya no mereciéramos salir.
La reflexión continúa en la versión premium de Filosofía en la Red. No con una respuesta fácil, sino con una pausa más honda: una manera de pensar la culpa económica sin juicio, la vergüenza silenciosa que acompaña a ciertas deudas y esa posibilidad discreta de empezar a ordenar la vida sin confundir una cifra pendiente con el valor de una persona.
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ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)
