La nada también puede cambiar la forma en que entiendes tu vida

Nota editorial: En Filosofía en la Red, cuando el término dios se escribe en minúscula, responde a un criterio filosófico y editorial, no a una postura de respeto o irreverencia hacia ninguna tradición religiosa. Se utiliza como concepto de análisis, del mismo modo que otros términos filosóficos, sin prejuzgar las creencias de quienes leen.

Para las vacaciones de Semana Santa hicimos un viaje con mi prometida a los parques de Orlando. El primero de abril, mientras esperábamos el ingreso a una de las atracciones, ella me mostró, emocionada, un punto en el cielo. Se observaba un objeto que ascendía dejando una estela de fuego. Recordamos que para ese día estaba programado el despegue de una nave de la NASA que se dirigiría a la Luna por primera vez desde 1972. Lo que estábamos viendo era el Artemis II.

Estuvimos impactados durante varios días. Nuestra emoción, creo, tenía que ver con haber sido testigos de algo que parecía incomparablemente grande y distante de nuestra propia experiencia. Nos alegraba haber visto una nave que, en ese instante, se adentraba en la inmensa oscuridad del universo.

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Unos días después del despegue, los miembros de la tripulación emitieron un video que se hizo viral. El astronauta Victor Glover describió lo extraordinario que es contemplar la existencia de la vida en nuestro planeta en medio de la vastedad del universo. En palabras de Glover:

Ustedes son especiales en toda esta nada. Esto es una gran cantidad de nada, esto que llamamos universo. Ustedes tienen este oasis, este lugar hermoso en el que podemos existir juntos1.

Aunque Glover utilizó consideraciones religiosas, dejó claro que sus palabras las dirigía a todos los seres humanos, con independencia de sus creencias. El mensaje me pareció cautivador. Particularmente, me impactó la descripción del contraste entre la aparente insignificancia de la vida en la Tierra con la oscuridad inabarcable del universo. El universo, como Glover lo describió, está compuesto de “una gran cantidad de nada”. ¿Qué es eso que llamamos nada? ¿Cómo interactuamos los seres humanos con la nada?

Ese es el tema al que me quiero referir en este escrito. Ello, desde una aproximación más descriptiva que argumentativa, y con la intención primordial de compartir las emociones que me ha generado explorarlo.

La experiencia de la nada

Al pensar en la nada, siempre imagino una escena concreta: me encuentro una noche en soledad y observo el cielo oscuro. La iluminación es brindada solo por las estrellas y la Luna. No tengo claridad sobre si las estrellas que observo aún existen. Como la luz de esas estrellas tarda en llegar a la Tierra, lo que veo no es lo que físicamente está ocurriendo, sino lo que sucedió en el instante en el que la luz del cuerpo celeste inició su viaje hasta encontrarse con mis ojos. Siempre recuerdo, entonces, que al mirar al cielo observo el pasado.

Ante esa inmensidad, mi existencia se hace insignificante. Y, para ampliar esa contemplación de la vastedad, reflexiono acerca de la distancia que me separa de ella. Así, un objeto que viaja a la velocidad de la luz lograría, en un segundo, dar más de siete vueltas a la Tierra. Ese objeto, a esa misma velocidad, demoraría ocho minutos en llegar al Sol, casi dos años en alcanzar los límites del sistema solar y cuatro años en tocar la estrella más cercana a nuestro sistema2. Además, tardaría veinticinco mil años en llegar a la galaxia enana del Can Mayor (Canis Major Dwarf Galaxy)3. Y, si quisiera alcanzar M87, esto es, el primer agujero negro del cual se logró obtener una imagen, demoraría cincuenta y tres millones de años.

Concebir un viaje a la velocidad de la luz es ya abrumador. Pero incluso si lográramos alguna vez transportarnos a esa velocidad, no es mucho lo que alcanzaríamos en términos cósmicos, ya que nos tomaría más de veinte mil años llegar a la galaxia más cercana. La realidad se presenta como un recordatorio acentuado de lo insignificante que es mi existencia. Y entonces no puedo evitar preguntarme: ¿qué hay en toda esa inmensidad?

Una posible respuesta al planteamiento es que allí, en algún punto de un universo que no podemos entender, efectivamente existe algo: una entidad superior a nuestra existencia. La experiencia de la nada, entonces, apuntaría directamente a la interacción con un dios. Un dios que se encuentra en algún rincón del cosmos o, mejor aún, que cohabita en su totalidad como ser omnipresente.

En este sentido, el filósofo y obispo cristiano George Berkeley (1685–1753) planteaba que la existencia de un dios capaz de percibir todos los acontecimientos naturales y cósmicos es necesaria4. De esa manera, explicaba que los seres humanos entendemos las cosas eminentemente a través de nuestra percepción. Así, aquello que llamamos realidad es realmente la forma en la que experimentamos cada objeto que nos rodea.

Para entender adecuadamente el concepto de Berkeley, podemos pensar en la idea del ruido. Si arrojo un vaso de vidrio mientras escribo este ensayo, la colisión de este con el piso produciría el ruido propio de los cristales quebrándose. Lo escucharé yo, y será real en la medida en la que logre percibir el fenómeno.

Si pensamos en una colisión distante, por ejemplo, de un asteroide en un planeta lejano, podemos reconsiderar la idea del ruido. Una posible respuesta es que, obviamente, ese choque genera un ruido así nadie lo perciba. Pero el asunto no es tan sencillo. En realidad, la idea de ruido es un concepto humano que tiene relación directa con nuestra percepción. La colisión entonces, sin que nadie la escuche, sin que nadie pueda presenciarla, ¿genera aquello que entendemos como ruido si nadie está presente para percibirla? Berkeley defendía que la realidad es equivalente a realidad percibida y que, si los seres humanos percibimos solo los fenómenos que nos rodean, tiene que existir un ente que perciba todo lo que no observamos. Esa entidad, omnipresente, perceptora de todo el universo y habitante de lo que comprendemos como nada, es Dios.

En idéntico sentido, la filósofa británica Karen Armstrong explica que dios puede ser descrito como la misma nada, es decir, como algo que está fuera de los conceptos del tiempo y del espacio. Al ser inabarcable, dios no se asemeja a ningún objeto que podamos entender, lo que implicaría que es equivalente a nada, pero no por su insignificancia, sino justamente por su incomprensible esencia. La expresión, entonces, “God is nothing”, debe comprenderse en el sentido de que dios no es como ningún objeto material, es decir, not-a-thing5.

Para un creyente, entonces, la experiencia de la nada es cautivadora, porque puede representar un vehículo para encontrar a dios.

Lo sublime de la nada

¿Qué ocurre, sin embargo, si elimino a dios de esa experiencia? A Berkeley se le criticaba por confundir nuestra interacción con la realidad con una característica propia de esa realidad. Es decir, es cierto que la concepción humana de lo real está mediada por nuestra percepción, pero eso solo es indicativo de los límites del conocimiento, mas no de una característica propia de la realidad. Así, esa realidad existe con independencia de que sea o no percibida6. Es decir, la colisión del asteroide efectivamente habría generado un ruido; empero, nadie estuvo presente para escucharlo. Ese ruido ocurre, entonces, en una enorme vastedad de nada.

En ese sentido, la aproximación atea de la realidad puede generar angustia. Nuevamente, al contrastar lo inabarcable del cosmos con nuestra significativa finitud. Parece como si, por un instante, quisiéramos percibirlo todo: escuchar el choque del asteroide, traspasar los límites de nuestra galaxia y ser absorbidos por un agujero negro. Pero ello es simplemente imposible.

Incluso, podemos expandir esa sensación al abordar algunas de las hipótesis acerca del final del universo. Sobre el punto, el astrónomo estadounidense Lawrence Maxwell Krauss explica que, como el universo se encuentra en constante expansión, es posible que en varios millones de años todos los planetas, estrellas y galaxias se encuentren a puntos tan distantes que se haga imposible su observación7. Peor aún, esa distancia causaría que los astros se enfríen progresivamente hasta su congelamiento. El escenario final planteado es una eterna y fría oscuridad en la que la vida se hace imposible por las dramáticas condiciones en las que se encontraría cada cuerpo celeste: una infinitud de nada.

Así, las dimensiones del tiempo y del espacio son abrumadoras. Reflejan nuestra insignificancia y generan una sensación de vacío, un vacío que se siente como un hueco interior, como una nada. Sin embargo, ¿son esas sensaciones las únicas presentes?

Creo que esa angustia alberga algo de emoción, incluso de alegría. La contemplación del universo nos recuerda el valor de la humildad. Nada de lo que pase en nuestra vida es relevante en términos cósmicos. Paradójicamente, ahondar en la angustia genera una sensación de levedad, de acogimiento por parte de la inmensidad, de la nada. Pero también el contraste nos recuerda nuestra singularidad. Nuestra existencia sí es insignificante, pero tenemos la capacidad de reflexionar sobre ella. Podemos contemplar el universo y sentir nuestra posición en el mismo, que, aunque diminuta, es auténtica y especial. Así, sentimos también la enorme fortuna de, aunque sea por un breve instante, ser parte del cosmos. Tal vez, abrumado por una colisión de emociones semejantes, Carl Sagan nos recordaba8 que:

Cuando reconocemos nuestro lugar en una inmensidad de años luz y en el paso de las eras; cuando comprendemos la complejidad, la belleza y la sutileza de la vida, entonces esa sensación de elevación, ese sentimiento combinado de exaltación y humildad, es sin duda espiritual.

Me siento identificado con esa forma de pensar. La experiencia de la nada de un agnóstico o ateo conlleva un encuentro de emociones. No hay respuestas, solo incertidumbre y oscuridad. Pero en medio de la angustia que ello genera, también hay alegría, calma y emoción. Todas las emociones confluyen en un solo instante y generan una experiencia sublime: lo sublime de la nada.

Es cierto que estamos rodeados de oscuridad, una oscuridad de apariencia infinita que rodea un planeta diminuto en términos cósmicos, en el que habita todo lo que conocemos. Desde esa perspectiva, imaginar la nada conlleva una experiencia significativa para el ser humano. Algunos encuentran en esa vastedad la existencia de dios. Otros encontramos el valor de la existencia humana. La experiencia atea de la nada es compleja, contradictoria: implica angustia, pero también calma. Nos hace reflexionar sobre nuestra grandeza y humildad. Es, en esencia, una experiencia sublime.

Imagen | NASA

Notas

[1] VideoFromSpace. (2026). Artemis 2 astronaut delivers amazing Easter message on way to moon [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=WdgsAtjrxq4. En inglés (idioma original del mensaje) Victor Glover manifestó: “You are special. In all of this emptiness, this is a whole bunch of nothing, this thing we call the universe. You have this oasis, this beautiful place that we get to exist together”.

[2] National Aeronautics and Space Administration. (2026). What is a light-year? NASA Science. https://science.nasa.gov/exoplanets/what-is-a-light-year/

[3] National Aeronautics and Space Administration. (2020). The nearest galaxies. Imagine the Universe! https://imagine.gsfc.nasa.gov/features/cosmic/nearest_galaxy_info.html. Debe aclararse, sin embargo, que en la comunidad científica aun se discute si Canis Major Dwarf es en realidad una galaxia.

[4] Mackie, J. L. (1982). The miracle of theism: Arguments for and against the existence of God. Oxford University Press. pág. 65.

[5] Armstrong, K. (1999). A History of God. Vintage.  pág. 224.

[6] Mackie, J. L. (1982). The miracle of theism: Arguments for and against the existence of God. Oxford University Press. pág. 71 – 80.

[7] Krauss, L. M. (2012). A universe from nothing: Why there is something rather than nothing. Free Press. pág 105-120.

[8] Sagan, C. (1995). The demon-haunted world: Science as a candle in the dark. Random House. pág. pág. 39. La cita en el idioma original es: When we recognize our place in an immensity of light-years and in the passage of ages, when we grasp the intricacy, beauty, and subtlety of life, then that soaring feeling, that sense of elation and humility combined, is surely spiritual.

Cita este artículo (APA): Tissot, P. (2026, 08 de julio). La nada también puede cambiar la forma en que entiendes tu vida. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2026/07/filosofia-de-la-nada

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