Nota editorial
Este texto forma parte de Desde dentro, una sección de la versión Premium de Filosofía en la Red, donde Miguel Ángel, CEO de Filosofía en la Red, no escribe como director ni como editor, sino como alguien que también tropieza, duda y busca sentido. Lo que aquí aparece no son artículos ni teorías, sino pausas: fragmentos escritos desde la vulnerabilidad para quienes saben que filosofar también es sostenerse en medio del ruido.
Sin embargo, hemos decidido publicar esta edición de forma abierta porque creemos que la conversación que plantea trasciende a Filosofía en la Red. Afecta a quienes escriben, investigan, divulgan y, sobre todo, a quienes seguimos creyendo que leer un texto completo sigue siendo una forma de sostener el conocimiento.
Si esta reflexión resuena contigo y quieres ayudar a que este proyecto continúe, te invitamos a formar parte de Filosofía en la Red Premium. Además de acceder a contenido exclusivo y navegar sin publicidad, estarás contribuyendo directamente a que podamos seguir creciendo y publicando filosofía libre para todas y todos.
Hace más de diez años decidí apostar por Filosofía en la Red con una convicción muy sencilla: la filosofía no debía quedarse encerrada en las universidades ni limitarse a quienes podían acceder a una formación especializada. Siempre he creído que cualquier persona, sin importar su profesión, edad o trayectoria, puede —y debe— encontrar en una buena pregunta filosófica una forma distinta de mirar su propia vida. Esa idea ha guiado cada artículo, cada proyecto y cada decisión que hemos tomado desde entonces.
Durante todo este tiempo he tenido el privilegio de conocer a miles de lectores y de trabajar junto a más de un centenar de autoras y autores de distintos países. Personas que, con enorme generosidad, han compartido aquí sus investigaciones, sus reflexiones y su tiempo. Gracias a ellas, Filosofía en la Red dejó de ser hace mucho un proyecto personal para convertirse en una comunidad que, desde distintos lugares del mundo, sigue creyendo que pensar merece un espacio propio en internet.
Sin embargo, desde hace algunos meses llevo dándole vueltas a una preocupación que no deja de crecer. No tiene que ver con la falta de interés por la filosofía. De hecho, creo que vivimos uno de los momentos en los que más preguntas se hacen las personas. Basta observar el éxito de los podcasts, la enorme cantidad de consultas que reciben herramientas como ChatGPT o Gemini, o el interés constante por comprender mejor temas relacionados con la ética, la política, la felicidad o el sentido de la vida. La curiosidad sigue ahí. Lo que está cambiando es la manera en que nos acercamos al conocimiento.
Yo mismo utilizo inteligencia artificial prácticamente todos los días. Me ayuda a organizar ideas, revisar textos, contrastar información y acelerar tareas que antes requerían mucho más tiempo. Sería absurdo escribir una carta presentando a la IA como una amenaza en sí misma, porque no lo creo. Como cualquier tecnología, puede utilizarse bien o mal. En mi caso, ha enriquecido muchas partes de mi trabajo y estoy convencido de que seguirá transformando positivamente la forma en que investigamos, aprendemos y creamos.
Precisamente por eso creo que la conversación importante no consiste en preguntarnos si debemos usar inteligencia artificial. Esa discusión, en buena medida, ya quedó atrás. La pregunta verdaderamente relevante es otra: ¿qué ocurre cuando cada vez más personas obtienen respuestas sin llegar nunca al lugar donde esas respuestas fueron escritas originalmente? Porque una cosa es utilizar una herramienta para comprender mejor un texto y otra muy distinta sustituir el encuentro con ese texto por un resumen que, inevitablemente, deja fuera matices, argumentos y la experiencia misma de la lectura.
Este artículo se ofrece gratis gracias a la publicidad. Si prefieres leerlo sin anuncios, solo da clic y accede a la experiencia premium; además de disfrutar una lectura más limpia y cómoda, estarás apoyando directamente nuestro proyecto filosófico. Porque la filosofía no solo se lee: también se construye. No leas filosofía, forma parte de ella.
Confieso que esta inquietud comenzó siendo una preocupación personal por el futuro de Filosofía en la Red, pero muy pronto comprendí que el problema era mucho más amplio. Empecé a conversar con colegas que dirigen revistas culturales, medios independientes, proyectos de divulgación científica e incluso periódicos digitales. Todos, con diferencias propias de cada contexto, describían una sensación muy parecida: el interés por los contenidos seguía existiendo, pero las visitas disminuían. Las personas parecían llegar a las respuestas sin pasar por las páginas donde esas respuestas habían sido construidas.
Durante muchos años, internet funcionó gracias a una especie de acuerdo silencioso entre quienes producían conocimiento y quienes lo consumían. Si alguien encontraba un artículo útil, entraba al sitio donde estaba publicado, dedicaba unos minutos a leerlo, quizá descubría otros textos relacionados y, sin darse cuenta, contribuía a sostener ese proyecto. A veces lo hacía viendo un anuncio; otras, compartiendo el contenido con más personas; en ocasiones, mediante una donación o una suscripción. No era un sistema perfecto, pero permitía que miles de iniciativas independientes siguieran vivas.
Hoy ese acuerdo parece estar rompiéndose poco a poco. Google responde muchas preguntas directamente desde el buscador; las redes sociales muestran fragmentos suficientes para que el usuario no abandone la plataforma; las inteligencias artificiales condensan artículos completos en unas cuantas líneas y ofrecen respuestas inmediatas que, en la mayoría de los casos, resultan satisfactorias para quien solo busca una explicación rápida. Nunca había sido tan sencillo acceder a información y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil que los lectores llegaran hasta quienes dedicaron horas —o incluso años— a producir ese conocimiento.
No se trata únicamente de una percepción personal. Diversos analistas del mundo digital han comenzado a estudiar este fenómeno y le han dado un nombre que probablemente iremos escuchando cada vez con mayor frecuencia: The Great Decoupling, el gran desacoplamiento. La expresión describe un cambio profundo en la relación entre el conocimiento y quienes lo producen. Durante décadas asumimos que, si aumentaba el interés por un tema, también crecerían las oportunidades para quienes investigaban y escribían sobre él. Hoy esa relación comienza a romperse. El conocimiento sigue circulando, pero ya no necesariamente sostiene a quienes lo crean.
Cuando comprendí esa idea, sentí una mezcla extraña de alivio y preocupación. Alivio, porque entendí que lo que estaba ocurriendo con Filosofía en la Red no era un caso aislado ni el resultado de un error específico de nuestro proyecto. Preocupación, porque también comprendí que el problema es mucho más grande de lo que imaginaba. No afecta únicamente a nuestra comunidad. Afecta a miles de medios independientes, revistas culturales, proyectos educativos, divulgadores, periodistas y espacios que, desde hace años, enriquecen internet con conocimiento original.
Y entonces apareció una pregunta que todavía no he logrado responder del todo. Si cada vez más personas aprenden a partir de resúmenes generados por inteligencia artificial o de respuestas ofrecidas directamente por los buscadores, ¿quién financiará el trabajo de quienes siguen investigando, escribiendo, editando y publicando los textos originales que hacen posibles esas respuestas?
Esa, creo yo, es una de las preguntas más importantes que internet tendrá que responder durante los próximos años. No porque esté en juego el futuro de un sitio web concreto, sino porque está en juego algo mucho más valioso: la posibilidad de que sigamos produciendo conocimiento nuevo en una época que parece haber encontrado la forma de consumirlo sin mirar, siquiera por un instante, hacia quienes lo hicieron posible.
Si algo he aprendido durante estos años es que el conocimiento nunca ha sido gratuito. A veces olvidamos esa realidad porque nos acostumbramos a abrir una página web y encontrar un artículo disponible con un solo clic. Nos parece natural. Sin embargo, detrás de cada texto siempre ha existido una cadena de trabajo que comienza mucho antes de que el lector llegue a la primera línea. Hay horas de lectura, investigación, escritura, edición, revisión, corrección y publicación. Hay personas que dedican una parte importante de su vida a intentar comprender un tema para explicarlo de la mejor manera posible.
Durante mucho tiempo, ese esfuerzo encontraba distintas formas de sostenerse. Las universidades financiaban investigaciones, las editoriales vendían libros, los periódicos obtenían ingresos por publicidad, algunos lectores se suscribían y otros simplemente contribuían visitando las páginas donde ese contenido era publicado. No era un modelo perfecto, desde luego, pero existía una relación relativamente clara entre quien producía conocimiento y quien se beneficiaba de él. Esa relación permitía que el ciclo continuara.
Lo que está ocurriendo ahora es diferente. El conocimiento sigue siendo consumido, quizá más que nunca, pero el vínculo entre el lector y el creador se está debilitando. Las respuestas llegan antes de que aparezca la necesidad de visitar la fuente original. Google resume. ChatGPT explica. Gemini organiza. Y lo hacen, además, de una manera extraordinariamente útil para millones de personas. El problema no es que funcionen bien. El problema es que, cuando el proceso termina ahí, desaparece el puente que durante años conectó el aprendizaje con quienes hacían posible ese aprendizaje.
Quisiera insistir en algo que me parece fundamental. No estoy escribiendo esta carta para pedir que dejemos de utilizar inteligencia artificial. Sería absurdo. Yo no voy a dejar de hacerlo y, sinceramente, tampoco creo que debamos hacerlo. Estas herramientas han llegado para quedarse y ofrecen posibilidades que hace apenas unos años parecían impensables. La cuestión no es elegir entre leer un artículo o consultar una inteligencia artificial. La verdadera pregunta es qué lugar ocupa cada una dentro de nuestra forma de aprender.
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Hay una diferencia enorme entre utilizar ChatGPT para orientarnos sobre un tema y pensar que esa respuesta reemplaza la lectura del texto original. La inteligencia artificial puede explicar qué dijo Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, resumir las ideas principales de Nietzsche o presentar los argumentos centrales de Martha Nussbaum. Pero ninguna de esas respuestas puede sustituir la experiencia de leer a esos autores, detenerse en un párrafo, regresar unas páginas atrás, descubrir una contradicción aparente o sentir que una idea modifica lentamente nuestra manera de entender el mundo.
Eso es especialmente importante en filosofía. Nuestra disciplina nunca ha consistido únicamente en acumular respuestas. La filosofía transforma porque nos obliga a recorrer el camino que conduce hacia ella. Un resumen puede decirnos qué concluye un autor; difícilmente podrá reproducir el proceso intelectual mediante el cual ese autor llegó hasta allí. Y, sin ese recorrido, muchas veces perdemos precisamente aquello que hacía valioso el texto.
Con frecuencia escucho decir que la inteligencia artificial democratizará el conocimiento. Creo que, en buena medida, eso ya está ocurriendo. Hoy es posible acceder a información de una manera mucho más sencilla que hace apenas unos años. Lo que me preocupa es que estemos confundiendo acceso con aprendizaje. Saber más rápido no siempre significa comprender mejor. Hay conocimientos que solo aparecen cuando dedicamos tiempo a leer despacio, a dudar de lo que estamos leyendo, a dialogar con el autor y, finalmente, a construir una posición propia.
Quizá por eso me preocupa tanto la disminución del tiempo que dedicamos a leer textos completos. No hablo únicamente de Filosofía en la Red. Me preocupa cuando ocurre en revistas científicas, en periódicos, en ensayos, en investigaciones o en cualquier espacio donde todavía existe alguien dispuesto a escribir con profundidad. Porque leer un artículo completo no es únicamente consumir información. Es reconocer el trabajo intelectual que hay detrás de esa obra y contribuir, de una u otra manera, a que ese trabajo pueda seguir existiendo.
Hay una idea que me acompaña desde hace semanas y que, cuanto más la pienso, más importante me parece. Las inteligencias artificiales no producen conocimiento desde el vacío. Aprenden a partir del inmenso patrimonio intelectual que la humanidad ha construido durante décadas, e incluso siglos. Detrás de cada respuesta que hoy recibimos existen investigadores, periodistas, ensayistas, filósofos, divulgadores y autores que alguna vez se sentaron frente a una hoja en blanco para intentar explicar una idea. Sin ese trabajo previo, simplemente no habría nada que resumir, organizar o reinterpretar.
Por eso creo que el verdadero riesgo de esta nueva etapa de internet no es tecnológico. Es cultural y, si se quiere, también económico. Estamos construyendo un modelo en el que cada vez resulta más sencillo consumir conocimiento sin contribuir, siquiera indirectamente, a sostener a quienes lo producen. Si esa tendencia continúa durante muchos años, terminará afectando inevitablemente la calidad y la cantidad del conocimiento disponible. Porque llegará un momento en que menos personas podrán dedicar tiempo a investigar, escribir o divulgar si ese trabajo deja de encontrar una forma de sostenerse.
Dicho de otra manera: el mayor peligro no es que la inteligencia artificial escriba demasiado. El mayor peligro es que llegue un día en el que ya no existan suficientes personas en condiciones de escribir los textos originales que la inteligencia artificial necesita para ofrecer sus respuestas. Ese escenario no ocurrirá de un día para otro, por supuesto. Pero los cambios importantes rara vez empiezan con un colapso; suelen comenzar con pequeñas grietas que, durante años, pasan desapercibidas.
Y es justamente ahí donde mi preocupación deja de ser una reflexión general sobre internet para convertirse en algo profundamente personal. Porque esas grietas ya no las observo únicamente en estudios o informes sobre el futuro de la red. También las veo cada día cuando reviso las estadísticas, los costos y las decisiones que implica mantener vivo un proyecto como Filosofía en la Red.
Quienes conocen Filosofía en la Red saben que nunca he querido construir un sitio basado únicamente en la publicación constante de artículos. Desde el principio imaginé algo mucho más amplio: una comunidad donde la filosofía pudiera vivirse desde distintos espacios. Con el paso de los años nacieron la revista académica, el club de lectura, cursos, la biblioteca digital, las colaboraciones internacionales, la FILOCONF y, más recientemente, nuestra comunidad premium. Cada uno de esos proyectos surgió porque había personas que querían pensar más, leer mejor y conversar con otros sobre aquello que les inquietaba.
Sin embargo, detrás de todo eso existe una realidad mucho menos visible. Mantener un proyecto cultural en internet no consiste únicamente en escribir buenos artículos. Hay que pagar servidores, dominios, certificados de seguridad, herramientas de edición, sistemas de respaldo, mantenimiento técnico, licencias y muchos otros servicios que rara vez aparecen cuando alguien entra a leer un texto durante diez minutos. Son gastos permanentes, silenciosos y, en muchos casos, inevitables si uno quiere ofrecer una plataforma estable y profesional.
Quiero aprovechar esta carta para ser completamente transparente, porque creo que quienes forman parte de esta comunidad merecen saber cómo son realmente las cosas. Uno de los proyectos que más me preocupan en este momento es nuestra revista académica. Para muchas personas quizá pase desapercibida, pero representa uno de los mayores orgullos de Filosofía en la Red. Allí investigadoras e investigadores de distintos países publican artículos revisados académicamente, construyendo un espacio serio de difusión filosófica que ha requerido años de trabajo para consolidarse.
Esa revista funciona gracias a Open Journal Systems (OJS), una plataforma utilizada por miles de publicaciones científicas en el mundo. A diferencia de un sitio web convencional, OJS necesita un servidor con características específicas para operar correctamente. Ese servidor tiene un costo constante que debemos asumir mes con mes. Hoy, con toda honestidad, puedo decir que mantener esa infraestructura comienza a convertirse en una preocupación real. No porque falten ganas de seguir publicando, sino porque los recursos simplemente no alcanzan con la misma facilidad que hace algunos años.
Y aquí aparece algo que muchas veces se pierde de vista. Cuando disminuyen las visitas a un sitio, no solamente bajan las estadísticas de tráfico. También disminuyen los ingresos publicitarios que ayudan a sostener proyectos como este. Durante mucho tiempo, la publicidad digital permitió que miles de páginas ofrecieran contenido gratuito. Ese modelo nunca fue ideal y todos conocemos sus excesos, pero funcionaba. Ahora, con menos clics y más respuestas inmediatas dentro de buscadores o inteligencias artificiales, ese equilibrio comienza a romperse.
Por eso decidimos apostar por un camino diferente. La versión Premium de Filosofía en la Red no nació porque quisiera esconder la filosofía detrás de un muro de pago. Si esa hubiera sido mi intención, habría restringido el acceso a la mayor parte de nuestros artículos. Y cualquiera que conozca Filosofía en la Red sabe que hemos hecho exactamente lo contrario. Seguimos publicando una enorme cantidad de contenido abierto porque sigo creyendo que el conocimiento debe ser accesible para quien quiera acercarse a él.
La razón por la que existe la versión Premium es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más importante: necesitábamos construir una forma de financiación que dependiera menos de los algoritmos y más de una comunidad que creyera en el valor del proyecto. Quienes forman parte de ella reciben beneficios concretos: acceso sin publicidad a los artículos recientes, textos exclusivos, cartas editoriales, reflexiones personales, encuentros como los cafés filosóficos y otros contenidos que no publicamos en abierto. Pero, siendo completamente sincero, lo más valioso de una suscripción no es lo que desbloquea para quien la adquiere. Lo más valioso es lo que hace posible para todos los demás.
Cada suscripción ayuda a que podamos seguir pagando el servidor donde vive nuestra revista académica. Ayuda a que podamos continuar invitando a nuevos autores, mantener funcionando la plataforma, desarrollar nuevos proyectos y seguir defendiendo un espacio independiente para la divulgación filosófica. En otras palabras, no solo financia contenido exclusivo; financia la existencia misma de Filosofía en la Red. Y creo que esa diferencia merece ser explicada con toda claridad.
También quiero detenerme un momento en otro tema que suele pasar inadvertido: la publicidad y los bloqueadores de anuncios. Entiendo perfectamente por qué tantas personas utilizan herramientas como AdBlock. Yo también prefiero una experiencia de lectura limpia, sin ventanas invasivas ni anuncios que interrumpan constantemente la navegación. Por eso siempre hemos procurado que la publicidad en nuestro sitio sea lo menos molesta posible. Pero también es cierto que, cuando un lector bloquea completamente esos anuncios, desaparece una de las pocas fuentes de ingreso que todavía ayudan a sostener el contenido gratuito.
No quiero que nadie desactive su bloqueador por culpa o por compromiso. Mucho menos quiero convertir esta carta en una lista de peticiones. Lo único que deseo es compartir una realidad que pocas veces se explica. Si en este momento no puedes apoyar económicamente el proyecto, seguir leyendo nuestros artículos completos, compartirlos con otras personas o permitir que la publicidad discreta del sitio cumpla su función ya representa una ayuda importante. Y si algún día decides convertirte en suscriptor premium, estarás contribuyendo de la forma más directa y sostenible posible.
Hay algo que he repetido muchas veces a quienes colaboran en Filosofía en la Red y que hoy quiero compartir también con nuestros lectores. Ningún proyecto cultural sobrevive únicamente gracias al entusiasmo de quien lo dirige. La pasión puede sostener los primeros pasos, incluso los primeros años, pero llega un momento en que el compromiso necesita encontrar una estructura que lo haga viable. De lo contrario, los proyectos terminan agotándose no por falta de ideas, sino por falta de condiciones para seguir desarrollándolas.
Quizá por eso esta carta no pretende convencerte de que apoyes únicamente a Filosofía en la Red. Ojalá lo hagas, por supuesto, porque significa mucho para nosotros y porque realmente necesitamos ese respaldo. Pero, incluso si decides apoyar a otro medio, a otra revista, a un periódico independiente, a un divulgador o a cualquier proyecto que produzca conocimiento original, sentiré que esta reflexión habrá cumplido su propósito. El problema del que he hablado aquí no nos pertenece solo a nosotros. Es un desafío que atraviesa a todo el ecosistema del conocimiento en internet.
Vivimos un momento extraordinario. Nunca había sido tan fácil encontrar respuestas. Nunca había existido una tecnología capaz de acercarnos tanta información en tan poco tiempo. Sería absurdo renunciar a esos avances. Pero precisamente porque valoro profundamente esas herramientas, creo que también debemos preguntarnos cómo aseguraremos la supervivencia de quienes producen el conocimiento del que esas herramientas se alimentan. Porque una sociedad que solo consume ideas, pero deja de sostener a quienes las crean, termina empobreciéndose mucho antes de darse cuenta.
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Yo seguiré utilizando inteligencia artificial. Seguiré celebrando todo aquello que pueda aportar al aprendizaje y a la divulgación. Pero también seguiré defendiendo algo que considero irrenunciable: el valor de la lectura profunda, de los textos originales y de las comunidades que hacen posible que esos textos existan. Ninguna tecnología debería hacernos olvidar que detrás de cada buena idea siempre hay una persona que decidió dedicar parte de su vida a comprender el mundo para compartir esa comprensión con los demás.
Si has llegado hasta aquí, quiero darte las gracias. Gracias por dedicar tu tiempo a leer una carta tan larga en una época que parece premiar únicamente la velocidad. Gracias por demostrar que todavía hay personas dispuestas a detenerse frente a un texto y recorrerlo hasta el final. Y, si además formas parte de la versión Premium de Filosofía en la Red o en algún momento decides hacerlo, gracias por entender que tu suscripción no compra únicamente contenido exclusivo: ayuda a mantener vivo un proyecto que lleva más de una década intentando demostrar que la filosofía sigue teniendo un lugar necesario en internet.
Porque, de verdad, el conocimiento nunca se ha sostenido solo. Siempre ha necesitado de personas que lo escriban, de personas que lo lean y de personas que decidan que vale la pena cuidarlo para que otros también puedan encontrarlo. Mi deseo es que, dentro de diez o veinte años, internet siga siendo un lugar donde todavía existan proyectos independientes capaces de hacer precisamente eso. Y estoy convencido de que ese futuro no dependerá únicamente de la tecnología que utilicemos, sino de las decisiones que tomemos hoy como lectores, como autores y como comunidad.
