¿Por qué las personas sienten que su nación tiene una identidad permanente? La filosofía, la historia y la psicobiología sugieren que la identidad nacional no surge únicamente de hechos históricos, sino también de una tendencia humana a dividir el mundo entre «nosotros» y «ellos». Comprender ese mecanismo permite mirar el nacionalismo desde una perspectiva mucho más amplia.
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¿La realidad es lo que las cosas son o en lo que devienen? Vaya pregunta para empezar. Tratar de responderla ha producido voluminosos tochos escritos por los más sesudos filósofos a lo largo de la historia de la filosofía. Fue un asunto sometido a ardua polémica, aunque el modelo de pensamiento dominante en el inconsciente colectivo de la cultura europea fue el esencialista, es decir, el que cree que hay algo, más allá de los cambios y las circunstancias más o menos azarosas, estable y permanente, que define lo que cada cosa es: su esencia. Esta es la gran herencia de la filosofía clásica griega. Algo así como dos milenios después, Friedrich Nietzsche la convirtió en uno de los objetivos de su vitriólica crítica contra los cimientos de la civilización europea. En el libro de 1889 que tituló El ocaso de los ídolos, el filósofo alemán despotricó contra el «egipticismo» propio de la idiosincrasia del filósofo tradicional. Desde ese punto de vista distorsionador de la realidad, las cosas son sustancias que, en esencia, no cambian; poseen, por así decir, identidad diamantina con vocación de eternidad, igual que las pirámides egipcias.
Así que tenemos dos paradigmas ontológicos –es decir, dos formas de pensar sobre lo que hace que las cosas sean lo que son– que así planteados conforman una antítesis conceptual: esencialismo versus historicismo. El primero es el fundamento de la creencia en las identidades graníticas; el segundo nos debería llevar a aceptar la diversidad plural y mutante de todo cuanto existe; el primero promueve una visión simplista de las cosas; el segundo reconoce su complejidad.
Creer en la existencia de las naciones significa creer en las esencias inmutables. La nación es un animal metafísico que trasciende la pluralidad y diversidad mutable de los individuos que la componen. Pero es una creencia imprescindible para que les sea posible medrar a quienes se dicen patriotas. La nación implica la existencia de una esencia fija que hay que conservar a toda costa porque de ella depende que seamos lo que somos.
La reciente celebración1 del 250 aniversario de la independencia de las trece colonias que, en 1776, proclamaron la ruptura de vínculos con la corona británica ha sido la excusa para confirmar un año más el autoengaño de la identidad nacional estadounidense. El planteamiento filosófico subyacente a la organización de los fastos conmemorativos no ha sido el congruente con el paradigma ontológico historicista, sino con el esencialista. Y si dijésemos que, más allá de la inspiración metafísica, ha sido más bien una de índole teológica la que ha dado cobertura a la exaltación de la nación norteamericana, nadie podría acusarnos de incurrir en exageración. En la mentalidad nacionalista no ha penetrado la revolución darwiniana; se mantiene fiel al fijismo que dominó el inconsciente cultural colectivo hasta mediados del siglo XIX. Es congruente con la resistencia al evolucionismo que se mantiene en un parte significativo de los Estados que conforman la República Federal de Norteamérica. El diseño ontológico es de designio divino y, por tanto, de naturaleza inmutable, aun a pesar de lo que la historia muestre de forma innegable. Como existen especies de seres vivos que se mantienen idénticas a sí mismas desde su creación por dios, hay naciones, cada una con su identidad pétrea desde la noche de los tiempos.
La enorme relevancia de la historia en la definición del concepto de nación es destacada por el filósofo Roberto Augusto2:
Los cimientos de una comunidad no deben fundamentarse nunca en el olvido […] Que la base de la memoria colectiva sea la falsedad, que los recuerdos de una nación no se correspondan con lo realmente acaecido, sino con un relato selectivo y, por tanto, manipulador, es construir unos cimientos basados en la mentira. Pienso que conocer la historia de manera veraz y ajustada a los hechos no va, en ningún caso, en contra de la unidad de un país, siempre que esos conocimientos no se utilicen para dividir y para enfrentar.
Como en otros aspectos del mundo humano, el mito de la nación tiene su raíz y al mismo tiempo es una forma de dotar de significado a una pulsión de carácter psicobiológico. El neurobiólogo Robert Sapolsky nos ofrece las claves de esa dicotomía que encontramos en todos los grupos humanos, la que separa el nosotros del ellos. Surge de manera espontánea, como cualquiera puede observar mirando el comportamiento de los niños en un patio de colegio. Sirva una anécdota que el propio Sapolsky trae a colación en su libro Compórtate, donde nos ofrece una exposición general de la biología que hay detrás de nuestros mejores y peores comportamientos. El científico neoyorquino recuerda la observación de alguien durante el rodaje de El planeta de los simios (1968) que le permitió percatarse de que en las pausas de filmación los actores se repartían para comer en dos grupos espontáneamente conformados: los que interpretaban a humanos por un lado y los que hacían de simios por otro. Este es un ejemplo de la manifestación conductual de algo que nuestro cerebro hace de forma automática, a saber: crear dicotomías del estilo «Nosotros-Ellos».
El test de asociación implícita (IAT por sus siglas en inglés) demuestra «la existencia de prejuicios rápidos y automáticos contra miembros de los demás grupos (Ellos)3». El test en cuestión revela que nos resulta fácil emparejar calificaciones positivas con los nuestros, pero no así con los otros. Y ello sin que medie la conciencia. En unos pocos milisegundos, la amígdala de nuestro cerebro –una especie de interruptor que pone en situación de alerta a nuestra mente– se activa ante un rostro de otro color, una cara que identificamos con uno de «ellos», mientras que es el área facial fusiforme –la estructura del cerebro que reconoce los rostros– la que funciona si los rasgos que vemos corresponden a los de «nosotros». Asimismo, la oxitocina tiene un curioso efecto selectivo que refuerza la dicotomía nosotros-ellos. Advierte Sapolsky:
La hormona promueve la confianza, la generosidad y la cooperación hacia los miembros de nuestro grupo (Nosotros) y un comportamiento desagradable hacia los otros grupos (Ellos); una agresividad preventiva en los juegos experimentales económicos, un mayor fomento de sacrificarles a Ellos (pero no a Nosotros) por un bien mayor. La oxitocina exagera la dicotomía Nosotros-Ellos4.
No se debe desconectar la dimensión cultural, intrínsecamente humana, de su sustrato biológico. Toda manifestación cultural tiene sus raíces en determinadas predisposiciones innatas, regulándolas en algún sentido, potenciándolas, encauzándolas o limitándolas. Existe un continuo entre lo orgánico, lo social y lo cultural. Consecuentemente, para comprender nuestro mundo en toda su complejidad, se precisa una mirada multidisciplinar; y esa mirada debiera ser parte integrante de la educación que recibimos, de tal manera que se incorporara de manera temprana en el juicio de todos y cada uno de los seres humanos. Ello nos permitiría desactivar aquellas pulsiones más dañinas para nuestra convivencia y contribuiría al sabio diseño de las instituciones que deben dar forma a una vida civilizada.
La psicobiología nos demuestra que el sentido de pertenencia a un grupo está en nuestra naturaleza. Esta es la raíz de la identificación con ese animal metafísico que es la nación, al que tanta gente atribuye, como a las criaturas de las especies tal como las concebía la cultura predarwiniana, una esencia eterna e inmutable. La configuración institucional de la nación, tal como está concebida en la actualidad, es el Estado. No debiéramos perderlo de vista para paliar los efectos dañinos que tiene la creencia en que la relación de la ciudadanía con su país se basa en valores sagrados5. Este es el antídoto filosófico a asimilar por las mentes contra los mitos nacionalistas y sus peores efectos: la xenofobia y las guerras.
Notas
[1] Estados Unidos conmemoró el 4 de julio de 2026 su 250 aniversario o cuarto de milenio de la Declaración de Independencia, destacando Filadelfia, Washington y eventos nacionales. La fecha marcó el histórico documento de 1776 que unió a las trece colonias contra el dominio británico.
[2] Augusto, R. (2012). El nacionalismo ¡vaya timo! La decadencia de una ideología. Editorial Laetoli; pág. 45.
[3] Sapolsky, R. (2018). Compórtate. La biología que hay detrás de nuestros mejores y peores comportamientos. (Traducción de Pedro Pacheco González). Capitán Swing; pág. 554.
[4] Ibídem, pág. 555.
[5] Ibídem, pág. 558.
Referencias
Nietzsche, F. (2013). El ocaso de los ídolos. O cómo se filosofa a martillazos (Traducción de A. Sánchez Pascual). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1889).
Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2026, 27 de julio). La nación empieza donde termina la historia. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2026/07/mito-identidad-nacional
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