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Entre el crepúsculo de 1939 y los albores de 1940, mientras la sombra del nacionalsocialismo se extendía sobre Europa, Walter Benjamin habitaba el vértigo de la persecución y de la desesperación. En ese estado de excepción permanente, el filósofo errante no se dedicó a la escritura de un tratado sistemático. Lo que entregó a Gretel Adorno —esposa de Theodor Adorno y colaboradora intelectual de la Escuela de Frankfurt— fue algo mucho más frágil —pero vital— que un tratado sistemático escrito por un académico: un «manojo de hierbas juntado en paseos pensativos», tal como él mismo lo describió1. Eran notas rescatadas de los márgenes de periódicos y cuadernos dispersos; fragmentos que, en la mirada de Bolívar Echeverría, constituyen el «escrito de un náufrago».
Esas notas inconexas eran sus famosas Tesis sobre la historia, un verdadero mensaje en una botella lanzado desde el abismo de su tragedia personal, pero que prefiguraba el naufragio de toda la civilización occidental. Benjamin concibió las Tesis como el armazón teórico destinado a sustentar su inconclusa obra monumental, Los pasajes de París. Nuestro autor trabajó durante trece años en dicha obra, desde 1927 a 1940, año de su muerte.
Este proyecto fue vasto y ambicioso, tanto por sus fuentes como por su intención filosófica e histórica. Walter Benjamin buscaba comprender la experiencia del capitalismo de su tiempo mediante la articulación de las relaciones entre pasado y presente. Su método aspiraba a fundar una nueva historiografía materialista con un propósito político. El fragmentario y «ruinoso» carácter de la obra no es solo un signo de inacabamiento; es también un signo del paradigma de la constitutiva incompletud del conocimiento moderno.
El estatus de «ruina» de la obra es, en realidad, un paradigma o signo de la modernidad. Bajo las condiciones del capitalismo actual (o, al menos, del capitalismo del tiempo de Benjamin), el conocimiento no puede presentarse como un sistema cerrado o completo al estilo de la filosofía tradicional, ya que, para Benjamin, la modernidad es como una crisis de la experiencia donde el individuo está rodeado de fragmentos y «shocks» constantes. Por ello, su método se aleja de la teoría sistemática explícita y se centra en la construcción a partir de fragmentos, citas y «trapos» históricos. En otras palabras, la obra debe ser fragmentaria porque la realidad que intenta descifrar también lo es.
El ángel de la historia
y la fe en el progreso
Benjamin sentía que, para que su estudio sobre París funcionara como una historia crítica de la génesis de la sociedad moderna, necesitaba un discurso teórico marxista que integrara elementos teológicos y mesiánicos. La historia que él buscaba construir no debía limitarse solamente a los hechos, ya que debe servir como herramienta de redención y despertar político. Walter consideraba que el discurso marxista «oficial» de su época —la socialdemocracia— estaba «corrompido» por una fe ciega en el progreso técnico y en la idea de que la historia avanzaba de forma automática por un «tiempo homogéneo y vacío»2.
Esto ocasionaba el efecto placebo de hacer creer al proletariado o clase trabajadora que está bien «nadar a favor de la corriente» y que la revolución llegará por sí sola3. Esta fe ilusa anestesió a la izquierda frente al ascenso del fascismo, al asumir que este no era más que un retroceso temporal dentro de una marcha triunfal hacia la liberación.
En su célebre alegoría sobre el cuadro Angelus Novus de Paul Klee, Benjamin dibuja la imagen del ángel de la historia, quien contempla aterrado el pasado4. Donde nosotros vemos una cadena de acontecimientos, él ve una sola y gigantesca catástrofe que acumula ruina sobre ruina. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y reparar lo destruido, pero un huracán que sopla desde el Paraíso —y al que nosotros llamamos «progreso»— lo arrastra irresistiblemente de espaldas hacia el futuro.
En contra de esto, Walter Benjamin creía que el materialismo histórico solamente podía ser efectivo si dejaba de ver la revolución como una meta lejana y la entendía como una urgencia inmediata. Como solución a este conformismo, el materialismo histórico debe poner a su servicio a la teología5. De hecho, sin eso, el materialismo histórico no triunfará de ningún modo. Benjamin considera que el poder de la teología radica en su tendencia al mesianismo. Este concepto lo toma Benjamin del judaísmo.
El mesianismo judío concibe la realidad como una lucha constante entre el bien y el mal. La vida humana aparece marcada por la victoria parcial del mal, fruto del pecado original, lo que impide al ser humano acceder a la plenitud del mundo. La historia, dominada por el mal, se percibe como desastrosa, pero guarda la posibilidad de un momento redentor: un sacrificio mesiánico capaz de integrar el mal en el bien universal, revertir el rumbo de la historia y reabrir el paraíso.
De este modo, la teología nos capacita para reconocer que en cada instante del presente está depositada una débil fuerza mesiánica que el pasado reclama6. Al olvidar esto, nos complacemos del ahora, pero esto no es más que una ilusión: nuestra felicidad presente está habitada por fantasmas. En la segunda tesis, sostiene que no somos dueños absolutos de nuestro tiempo; por el contrario, hemos sido esperados sobre la tierra.
La débil fuerza mesiánica es un hilo invisible que nos liga con el pasado y mediante el cual este nos reclama. El pasado no es una acumulación de datos muertos, sino un clamor que nos roza como una ráfaga de aire. Nuestras vidas fueron esperadas por quienes sufrieron antes, y ellos tienen un derecho de reclamar justicia sobre nosotros.
Esto se liga con la perspectiva de Benjamin sobre la felicidad, la cual expone en la segunda tesis. Este es un concepto histórico; la felicidad lleva la huella del tiempo que vivimos. Solo envidiamos la felicidad que se dio (o pudo darse) en el «aire que hemos respirado» con otros seres humanos con los que pudimos haber hablado o compartido vínculos. ¿Por qué? Porque no deseamos cualquier felicidad posible o abstracta, sino que siempre es una felicidad concreta. Pero esta felicidad está ligada también con la felicidad que no se dio, la felicidad que pudo haber sido. Si la felicidad plena requiere reconciliación con las posibilidades perdidas de nuestros antepasados, entonces la felicidad actual es inseparable de la tarea de redimirlos; he ahí el elemento teológico del materialismo histórico.
Así, redimir la historia no es avanzar ciegamente hacia adelante, sino ser capaces de escuchar el eco de las voces que fueron silenciadas y entender que el presente tiene una deuda de justicia con cada una de ellas. El pasado se redime al impedir que los opresores del presente vuelvan a vencer sobre la memoria de los muertos.
Sin embargo, nos dice Benjamin en la quinta tesis que el pasado es frágil. El pasado se nos aparece como algo que se nos pasa de largo velozmente, ya que la imagen del pasado solo se entrega a un presente que se reconozca aludido o interpelado por ella. Si el presente no se siente reflejado en ese fragmento del pasado, la imagen amenaza con desaparecer definitivamente. Por ello es que, en la cuarta tesis, utiliza la metáfora del heliotropismo: así como las flores vuelven su corola hacia el sol, Benjamin afirma que «todo lo que ha sido, en virtud de un heliotropismo de estirpe secreta, tiende a dirigirse hacia ese sol que está por salir en el cielo de la historia»7. El sol representa al presente que tiene el poder de redimir. El pasado gira hacia nosotros porque espera que cumplamos con nuestra responsabilidad mesiánica.
Conclusión
No puedo detenerme a pensar que, estando ahora Benjamin muerto y cuyo último mensaje nos fue por fortuna legado, este mensaje es parte del pasado y que él mismo nos urge a replantear el presente. Benjamin lanzó su botella al mar, esperando que quienes llegaran a su mensaje tomen conciencia de que el tren de la historia no va hacia un destino glorioso y radiante. Va hacia un abismo.
Marx pensó que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial, pero, para Benjamin, las revoluciones son quizás el manotazo hacia el freno de emergencia que da la humanidad que viaja en ese tren8. La política es, en realidad, la valentía de interrumpir el curso catastrófico del tiempo para evitar que las ruinas sigan creciendo.
En suma, Benjamin nos dice que tengamos ánimo para reconocer que el pasado nos ha estado esperando. Redimir la historia no consiste tanto en llegar a una meta final; la historia consiste, más bien, en tener la valentía de detener el tiempo para que, por fin, las voces silenciadas puedan ser citadas en el cielo de la historia.
Notas
[1] Walter Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos, trans. Bolívar Echeverría (Ciudad de México: Editorial Ítaca, 2008), 11.
[2] Benjamin, Tesis sobre la historia, 50-51.
[3] Véase la XI tesis del texto citado.
[4] Véase la IX tesis del texto citado.
[5] Véase la I tesis. Recomiendo leer el artículo escrito por Alejandra Nava Hernández para este mismo sitio sobre esta tesis.
[6] Véase la II tesis.
[7] Benjamin, Tesis sobre la historia, 39.
[8] Benjamin, Tesis sobre la historia, 70.
Cita este artículo (APA): Arce, E. (2026, 17 de agosto). El ángel que vio ruinas donde vimos progreso. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2026/08/benjamin-angel-historia-progreso
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