¿Puede existir moral sin creer en otra vida? Sí. Una ética secular puede sostenerse en la dignidad, la responsabilidad y la fidelidad a la humanidad, aunque deba aceptar una verdad incómoda: no siempre habrá castigo, reparación o justicia final.
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En su libro titulado La felicidad desesperadamente, el filósofo francés André Comte-Sponville propugna una sabiduría de vida liberada del lastre pernicioso –según él– de la esperanza; es decir, de la espera, del aplazamiento de la felicidad confiada a un momento y unas condiciones distintas a las que vivimos en el presente. Habría que liberarse de la ilusión según la cual las cosas buenas se hacen esperar. En su lugar hay que construir una vida basada en la verdad, el amor y la aceptación de la realidad1.
Esta tesis presupone lo que Martin Hägglund denomina «fe secular». El filósofo sueco sostiene2 que la libertad en sus facetas espiritual y existencial depende de que reconozcamos la finitud de nuestra existencia. Mientras que la fe religiosa exige la creencia en una vida eterna despreciando la realidad de nuestra existencia (inmanente), la fe secular reconoce nuestra finitud haciendo evidente la necesidad de su cuidado. Nada más lejos de esta visión que la novela San Manuel Bueno, mártir, escrita por Miguel de Unamuno hace un siglo más o menos. En ella3, el cura protagonista, un sacerdote de fe valetudinaria, se esfuerza por dar la apariencia de creer a pies juntillas, de manera que su feligresía conserve intacta la creencia en una vida más allá de la muerte en la que serán corregidas todas las injusticias de su sufrida existencia terrenal. La esperanza en este caso es clave para poder sobrellevar las penurias de este valle de lágrimas que es la vida, y dotarlas de una firme brújula moral. Esta idea forma parte del repertorio esencial de una concepción ética de venerable tradición filosófica, como lo demuestra que su más destacado valedor sea Immanuel Kant, para quien la vida después de la muerte es un postulado de la razón práctica necesario para la moralidad.
En efecto, resulta duro de asumir que individuos como Donald Trump, Benjamin Netanyahu o Vladímir Putin, y tantos más —de renombre y anónimos—, a los que nuestra intuición moral nos lleva a calificar de «malas personas», puedan vivir en paz con tantas atrocidades a sus espaldas y sin que se haga justicia con ellos. Algo en lo más íntimo de nuestra conciencia moral se rebela contra esa posibilidad —bastante cierta, por otro lado— y clama a gritos justicia; como ese gladiador hispano de la película de Ridley Scott que repite una y otra vez que obtendrá su venganza por el daño que injustamente se le ha infligido «en esta vida o en la otra».
Los no creyentes en esa otra vida, sin embargo, tenemos que afrontar la realidad de que el mal cometido quede impune. Hemos de asumir que no cabe esperar la reparación moral trascendente, es decir, la que se hace efectiva más allá del límite de la existencia corpórea. La amarga desolación moral que ello acarrea queda muy bien reflejada en dos películas del mejor Woody Allen. Una es Delitos y faltas4 y la otra es Match Point5, que es una variación sobre la misma cuestión moral que planteaba la primera, a saber: es un hecho que el mal moral puede quedar impune con lo que conlleva de lacerante injusticia. No solo eso, sino que el culpable puede disfrutar de una vida buena, como se muestra en ambos filmes, en los que el asesino (en el primer caso interpretado por Martin Landau y en el segundo por Jonathan Rhys Meyers) enfrenta su culpa desde la experiencia de una vida que le sonríe, en la que nada parece reprocharle su conducta criminal y, por supuesto, no hay la más mínima señal de castigo divino.
Es esta una cuestión que atañe a los fundamentos de la moral y que empieza a tener relevancia con el advenimiento de la modernidad y el proceso de secularización que conlleva, y que acaba desembocando en una corriente de nihilismo ético que encontramos ya en el ámbito de la literatura encarnado en la figura del Marqués de Sade. Filosóficamente menoscabado el trascendental ético kantiano de inspiración judeocristiana, al que antes me he referido, la virtud moral queda expuesta a la intemperie de una concepción naturalista de la vida que exige una nueva fundamentación desde la perspectiva ética, so pena de dejar abierta la caja de Pandora del mal moral, liberado del sentimiento de culpa y al margen de cualquier reparación en forma de merecido castigo. Es lo que justamente sabe reflejar tan bien Woody Allen en las dos películas mencionadas, las cuales conectan con dos obras señeras de la literatura universal: Crimen y castigo de Fiodor Dostoievski y El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde.
En ambas, el agente moral se enfrenta a la toma de decisiones desde la liberación del dogma ético basado en un concepto de virtud apriorístico judeocristiano que trasciende la consideración de las condiciones concretas en las que aquel se desenvuelve. El individuo, asistido por su propia conciencia promovida a máxima autoridad moral, toma en sus manos la antorcha que ha de iluminar los claroscuros entre el bien y el mal, desafiando los dictados divinos que hacían innecesarios los discernimientos subjetivos. El crimen se torna justificable dado que el propio agente está legitimado para dar con las razones que desactiven la culpa. Sigmund Freud, ese explorador de los bajos fondos de nuestro fuero interno que seguirá la inspiración angustiosa de los escritores mencionados, llamará racionalización al mecanismo de defensa por el que tratamos de justificar lo que nuestro superyó nos dice que es injustificable. La complejidad de la conciencia moral moderna está plasmada en El retrato de Dorian Gray, donde el espíritu romántico aún se encuentra latente. El retrato pintado del protagonista refleja de manera visible la maldad que ha ido mancillando su alma invisible. Se mantiene la idea de que el mal es una mácula que toma peso por el mero hecho de ser conscientes de ella.
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En esta ética sin esperanza a la que nos aboca irremediablemente la modernidad, el ser humano es juez y parte; ¿y debiera ser también el justiciero? ¿Hemos de confiar en que el destino ponga a cada cual en su sitio? ¿O hemos de asumir que es el azar el que predomina sobre la moralidad? Es lo que insinúa el mismo Woody Allen en películas más recientes, como El hombre irracional6 y Golpe de suerte7. Pero esa creencia desactiva tanto la agencia como el juicio moral humanos.
Propongamos con André Comte-Sponville la fidelidad a la humanidad para salvar la carencia de fe en esa instancia trascendente que da firmeza a las convicciones morales. La fidelidad a la humanidad es la raíz de la dignidad, que constituye la línea roja de lo que nos permite nuestra conciencia hacer: ¿qué es digno de mí (o de lo que quiero ser) o de la educación que he recibido o de ese ideal de humanidad? La raíz de convicciones como que la sinceridad es preferible a la mentira, la justicia es preferible a la injusticia y la compasión y la dulzura, preferibles a la violencia y la crueldad8. Ahora bien, la fidelidad a la humanidad exige conocerla en su realidad más oscura y más salvaje para protegernos contra lo peor de ella. Si no hay razones para la esperanza, sí las hay a montones para el conocimiento. Sin conocimiento, la ética se torna un estéril ejercicio de reflexión desnortada. Sobre la base del conocimiento, hay que trabajar para crear las condiciones que reduzcan al mínimo la probabilidad de que alguien actúe para traicionar esa fidelidad a la humanidad, promoviendo en todos y cada uno de sus miembros los más nobles sentimientos y los más altos ideales.
Notas
[1] Comte-Sponville, A. (2010). La felicidad desesperadamente (trad. Enrique Folch González). Paidós.
[2] Hägglund, M. (2022). Esta vida: por qué la religión y el capitalismo no nos hacen libres. (trad. Mercedes Vaquero Granados). Capitán Swing.
[3] De Unamuno, M. (1931, 2022). San Manuel Bueno, mártir. Ediciones SM.
[4] Allen, W. (1989). Crimes and Misdemeanors. Jack Rollins and Charles H. Joffe Productions.
[5] Allen, W. (2005). Match Point. BBC FILM y DreamWorks SKG.
[6] Allen, W. (2015). Irrational Man. Sony Pictures Classics, Gravier Productions.
[7] Allen, W. (2023). Coup de Chance. Petite Fleur Productions, Gravier Productions, Perdido Productions, Deippermouth.
[8] Comte-Sponville, A. (2006). El alma del ateísmo. (Trad. Jordi Terré). Paidós; págs. 57-58.
Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2026, 3 de mayo). ¿Y si los malos nunca pagan? La pregunta que destruye nuestra idea de justicia. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2026/05/mal-sin-castigo/
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