¿Por qué algunos filósofos dicen que todo amor es trágico, incluso cuando termina bien? Porque amar no solo significa encontrar a alguien, sino renunciar a otras posibilidades de vida. La tragedia no depende del abandono o la muerte, sino de la transformación irreversible que implica toda elección amorosa. Esa idea revela una dimensión del amor que suele pasar desapercibida.
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El amor es algo que nos fascina como humanidad. No por nada se han escrito innumerables textos y han corrido ríos de tinta hablando sobre ese tópico. Hay algo en él que hace que nos parezca una cuestión central en la existencia del ser humano y, por ello, no nos cansamos de parlotear sobre él, aunque este sea un tema en extremo trillado. Funciona como sentimiento y como institución. Es un sentimiento en tanto que se experimenta fenomenológicamente en el teatro privado de la conciencia, en una especie de subjetividad inexorable. Y este nivel de experiencia subjetiva no está desligado de una dimensión material del cuerpo: existe una serie de hormonas y neurotransmisores asociados al hecho de amar y de estar enamorado, que terminan cambiando la forma en que pensamos y procesamos las cosas cognitivamente.
Igualmente, el amor es una institución en cuanto regula el deseo. Existen normas, códigos, contratos e incluso estructuras sociales que organizan la forma de amar, que prescriben el deseo y moldean las emociones. En el siglo XXI no amamos de la misma forma que se amaba en el siglo pasado o en épocas anteriores, en las que existía otro sistema político y otra forma de organización social que ahora nos son propias de los libros de historia1.
Pese a estos condicionantes, uno biológico y el otro social, el amor no deja de ser una elección. Yo elijo amar a alguien esperando que me ame de vuelta, que dicho amor sea correspondido. Yo miro a un otro, esperando que ese otro me mire de regreso y que, en ese acto de miradas, se pueda coincidir en un sentimiento amoroso donde puedo reconocerme.
No obstante, el amor no es solo algo bello, idílico y edénico, sino que también tiene una faceta oscura. Entre los enamorados se forma una curiosa dialéctica, cimentada en quién quiere más y quién quiere menos: quien ama menos domina, mientras quien ama más es dominado2. Se produce así un conflicto de libertades, una especie de batalla entre dos sujetos por el reconocimiento del otro como un igual. Por ende, la mirada se transforma en algo funesto3.
El amor esconde entonces un antagonismo soterrado y una dinámica tóxica basada en el sadomasoquismo. Yo quiero conocer a la otra persona y, para ello, deseo hacerla objeto, es decir, poseerla; por otro lado, la otra persona quiere ser conocida y, en ese proceso, también se vuelve objeto. Hay sadismo de un lado y masoquismo del otro, pero el movimiento se invierte constantemente, de modo que ambas partes son, al mismo tiempo, sádicas y masoquistas.
De ahí los celos, en sentido existencial y fenomenológico: un acto de dominación que encubre la fragilidad de quien ama y que circula dentro de una economía sadomasoquista orientada al poder, inscrita en la dialéctica del amo y el esclavo que se da entre quien ama más y quien ama menos.
Quien ama más, el esclavo, únicamente desea ser libre, es decir, ser reconocido como igual dentro de la relación. El amo, en cambio, queda atado a su propio deseo de poder, que depende inevitablemente del vínculo con el esclavo: también él busca ser reconocido, aunque desde una posición de superioridad que lo mantiene en dependencia.
Lo bueno y lo malo, lo hermoso y lo feo, la libertad y los condicionantes son todos los elementos que, a mi parecer, constituyen aquello que llamamos “amor”. Y la forma en que estos se unen es lo que llamamos amor trágico. Este no sería un tipo de amor entre muchos otros, sino que vendría a ser la esencia misma del amor, el único amor realmente existente, porque es el único que da cuenta de la naturaleza existencial del ser humano.
El amor trágico no debe entenderse en un sentido caricaturesco como la no realización de un amor pasional que termina funestamente, como en Romeo y Julieta o más recientemente en Denji y Reze4, sino como el hecho de que, en el acto mismo de amar, se elige un modo de existencia que estrecha otros posibles, cortando así la pura potencialidad previa a la decisión. El amor es trágico porque el sujeto se determina, anclándose a un destino y cruzando un umbral irreversible, más allá de si la relación es monógama o no, o de si se elige amar a una sola persona o a varias.
En Romeo y Julieta, la tragedia no reside en la muerte, sino en el hecho de que, al elegirse mutuamente, sellan un camino del que ya no pueden volver: cualquier otra posibilidad queda excluida. Algo similar ocurre con Denji y Reze: lo trágico no está en la muerte de Reze a manos de Makima, que frustra el intento de escape, sino en la decisión misma de huir juntos, que los encierra en una forma concreta de existencia. Incluso si ese escape hubiera sido exitoso, la estructura trágica se mantiene: la elección ya había reducido el campo de lo posible.
El amor es esencialmente trágico, no por alguna circunstancia particular nefasta, como que sea no correspondido o que ocurra la muerte de alguno de los miembros de la pareja. Su carácter trágico no depende del desenlace, sino de la pérdida que implica en sí mismo, incluso cuando termina en un final feliz. Al elegir amar, independientemente del contexto, se produce una especie de muerte existencial de un yo previo, algo que no ocurre en otras decisiones de la vida con repercusiones existenciales.
Cita este artículo (APA): González, L. (2026, 12 de julio). Toda historia de amor empieza con una pérdida. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2026/07/amor-tragico-eleccion
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