¿Puede existir una guerra justa en pleno siglo XXI? Sí, si se mide por criterios éticos como causa legítima, proporcionalidad, protección de inocentes y arbitraje imparcial, principios heredados de la Escuela de Salamanca que aún desafían la política y la conciencia contemporáneas.
La sesión inaugural de Nepantla 2025 —impartida por la Dra. María Martín Gómez (Universidad de Salamanca)— puso sobre la mesa un problema que atraviesa cinco siglos y, sin embargo, sigue sin resolverse del todo: cómo pensar la guerra cuando ya no basta con condenarla en abstracto, pero tampoco queremos normalizarla. Bastó con situar el foco en un momento preciso, 1511, para que las preguntas se abrieran como fisuras en la piedra.
A comienzos del siglo XVI, en la isla entonces llamada La Española, un sermón dominico interrumpió la comodidad de la conquista. No fue un lamento piadoso ni un panfleto político, sino una interpelación moral directa: si los pueblos encontrados son humanos, ¿con qué derecho se les somete?, ¿con qué autoridad se les hace la guerra?, ¿qué justicia cabe invocar para explotar su trabajo? Esas preguntas no pretendían cerrar el debate, sino inaugurarlo: obligaban a mirar el propio espejo europeo y a reconocer que el problema no era solamente práctico, sino filosófico, jurídico y teológico al mismo tiempo.
El eco de aquel llamado se entendía mejor si se ampliaba la escena: 1492 ya no era únicamente descubrimiento, sino el arranque de una serie de encuentros y desencuentros que multiplicaron heridas. Incluso episodios como la muerte de los 39 españoles dejados por Colón, relatados más tarde, alimentaron relatos contrapuestos acerca de quién agredió primero. En esa tensión —defensa o ataque, hospitalidad o expolio— se jugaba algo más que la memoria: se jugaba el sentido de la justicia.
Ese sentido no podía resolverse con una anécdota. El sermón señalaba tres núcleos duros —humanidad, servidumbre, guerra— que cortaban en capas: prácticas coloniales concretas, tradiciones filosóficas heredadas, y una conciencia religiosa que no quería traicionar su propio Evangelio. Esta complejidad dio origen a un itinerario intelectual que ya no se conformó con describir horrores, sino que intentó construir criterios.
Por eso aquella voz no fue un final, sino el principio de una conversación más amplia. La pregunta por la legitimidad de la guerra, nacida en una playa del Caribe, debía ahora atravesar cátedras europeas, disputas cortesanas y conciencias individuales. A cada paso, la grieta se volvía método: interrogar la autoridad, medir la intención, revisar los límites.
De Salamanca al mundo:
una escuela para pensar (y no para obedecer)
Llamamos Escuela de Salamanca a un movimiento intelectual con fronteras difusas; lo cierto es que, alrededor de Francisco de Vitoria, se formó un modo de pensar que articuló teología, derecho y filosofía para enfrentar problemas de su tiempo. Vitoria nunca cruzó el Atlántico, y quizá precisamente por eso su reflexión se orientó hacia criterios universales, no a casuísticas locales. Su herramienta preferida, la relectio, era más que una conferencia: un ejercicio público de razón, diseñado para retomar lo que el curso ordinario dejaba pendiente y someterlo a examen riguroso.
Ese examen no partía de una tabla rasa. Venía de una tradición que pasaba por el derecho romano y por la lectura cristiana del conflicto: Cicerón había insinuado que incluso la guerra debía someterse a reglas; Agustín introdujo la idea de causa justa y de intención recta; Tomás de Aquino añadió la exigencia de autoridad legítima. Salamanca heredó esa arquitectura y la adaptó a un contexto que le pedía respuestas más finas.
El contexto, además, estaba cruzado por tensiones políticas: el papel de la Corona, la autoridad del Papa, la Reforma, las guerras internas y las expectativas imperiales. La Universidad no era un monasterio aislado; era un nodo que dialogaba con el poder y, a veces, lo contrariaba. Los reyes pedían pareceres, pero también escuchaban admoniciones que les helaban la sangre. El pensamiento no se ejercía en el vacío.
De allí la relevancia de una distinción que atraviesa la obra de Vitoria: la autoridad no exime a la conciencia. El príncipe puede declarar una guerra justa; sin embargo, si el ciudadano sabe —no solo sospecha— que esa guerra es injusta, su deber no es la obediencia ciega, sino la fidelidad a una conciencia formada. Esta frase, dicha en el siglo XVI, suena igual de incómoda hoy.
Anatomía mínima de la guerra justa:
causa, intención, autoridad… y algo más
El armazón clásico fue afinado con cuatro aportes que hoy resultan sorprendentes por su vigencia. Primero, la necesidad —cuando hay disputa sobre quién fue agredido— de un tercero imparcial. Si ambas partes se declaran víctimas, nadie puede ser juez en su propia causa. La idea de un árbitro ante el que comparecer no es ingenua: reconoce, al menos, que la justicia no se decide por volumen de cañones.
Segundo, la proporcionalidad. No basta con haber sido herido para responder sin medida. Una guerra que nace defensiva puede volverse injusta por su modo de conducirse. Este criterio, tan simple, sigue siendo el talón de Aquiles de nuestras discusiones públicas: ¿cuándo una respuesta legítima deja de serlo por caer en exceso?
Tercero, la protección de inocentes. Niños, personas ajenas a la decisión bélica, incluso herederos que encarnaban la continuidad institucional, debían quedar fuera del alcance del castigo. Es un principio incómodo porque condena, sin retórica, el recurso a la población civil como moneda de presión. Si un conflicto traga a quienes no pudieron decidirlo, algo esencial se ha roto.
Cuarto, el post bellum. La justicia no se agota en la batalla. Los tratados de paz pueden ser tan injustos que siembran la próxima guerra. Si la victoria humilla, el resentimiento se cocina a fuego lento. Vitoria, teólogo al fin, exigía empatía con el vencido: no por sentimentalismo, sino para evitar convertir la paz en venganza protocolizada.
A todo esto se añade una cautela que rara vez se subraya: incluso con causa, intención y autoridad, una guerra puede ser inconveniente si el mal que inevitablemente traerá supera los bienes que promete restaurar. No es pacifismo de eslogan; es cálculo moral de daños. Y exige frialdad precisamente cuando la ira pide prisa.
Autoridad, república
y el difícil arte de obedecer con la cabeza
Pensar en la guerra obligó a repensar la autoridad. La relectio no era un simulacro académico; era una escuela de ciudadanía. Vitoria desplazó el acento del príncipe a la república: la autoridad legítima no es capricho de uno, sino función del cuerpo político. Dicho así, parece abstracto; llevado a la vida, implica que una orden injusta no obliga, y que una conciencia educada no puede delegarse en la obediencia.
No se trata de fabricar héroes solitarios. En la duda razonable, la tradición pide prudencia: seguir la decisión pública mientras se dilucida la justicia. Pero cuando la evidencia madurada ya no deja dudas, el recurso a la conciencia no es un lujo espiritual, sino una obligación cívica. Nadie puede presentarse ante el juicio de la historia diciendo: solo cumplí órdenes, y esperar que eso baste.
El telón de fondo complicaba todavía más las cosas. La Reforma desafiaba la autoridad papal; la monarquía necesitaba juristas y teólogos que sostuvieran su proyecto; las universidades, a su vez, querían conservar la libertad de pensar. Hubo momentos de reconocimiento mutuo y otros de fricción abierta; hubo pensadores encarcelados y hubo reyes que, inquietos por su alma, aceptaron límites a sus propias ganas de mandar.
Mientras tanto, desde América llegaban voces con el polvo real en los zapatos: Las Casas, Alonso de la Veracruz, debates que no podían resolverse en bibliotecas. Ellos recordaron que las alianzas indígenas, las identidades definidas por oposición y la violencia dispersa no cabían enteras en un esquema europeo. La teoría debió aprender a escuchar; el mapa, a llenarse de matices.
2025: guerras asimétricas, relatos de defensa
y los silencios que importan
Parece fácil decir: apliquemos los criterios de entonces hoy. No lo es. Las guerras contemporáneas no son choques nítidos entre Estados homogéneos en campos abiertos; son conflictos asimétricos, urbanos, saturados de propaganda, con actores difusos y tecnologías que multiplican el alcance del daño. Aun así, los cuatro hilos de la tradición siguen tirando de nuestro juicio.
El primero es el relato. Todas las partes se presentan como agredidas; todas dicen nos defendemos. Sin un árbitro creíble, la conversación pública se degrada en grito. La exigencia de un tercero no es un romanticismo jurídico: es la única forma de evitar que la fuerza se disfrace de razón por default.
El segundo es la proporcionalidad. Cuando la respuesta arrasa indiscriminadamente, deja de ser respuesta y se convierte en castigo ejemplarizante. A veces un país puede invocar una causa justa y, sin embargo, perder la legitimidad en el modo de proceder. Ese cómo es donde se juega hoy la credibilidad ética.
El tercero es la protección de inocentes. La ciudad contemporánea, donde combatientes y civiles comparten ascensor, vuelve este criterio casi imposible. Precisamente por eso es un límite que no conviene relativizar: si lo cedemos, aceptamos que la vida ajena se vuelva argumento táctico. Y ese día habremos olvidado por qué queríamos defender valores.
El cuarto, por último, son los silencios. No solo el de los vencidos; también el de quienes ganan y no aparecen en la foto. La experiencia de tantas mujeres, relegadas después de arriesgar la vida, o de comunidades rurales cuyas voces raras veces llegan al micrófono, muestra que la justicia no termina con un alto al fuego. Llevar estos criterios a la escuela —sí, también a la escuela rural— puede significar enseñar a deliberar con empatía, a medir consecuencias y a reconocer límites, incluso cuando tenemos razón. Es un aprendizaje político de base: nombrar lo que no debe normalizarse.
Cerrar, sin clausurar
Lo que quedó de la sesión de Nepantla no fue una moraleja, sino un léxico. Un conjunto de palabras que nos permiten resistir simplificaciones: causa, intención, autoridad, proporcionalidad, inocencia, juez imparcial, post bellum, conciencia. Con ellas es posible negarse a elegir entre dos caricaturas: la apología y la leyenda negra. Con ellas, también, podemos discutir la actualidad sin volverla un torneo de frases hechas.
¿Sigue teniendo lugar la “guerra justa”? Más que un permiso, el concepto ofrece un mínimo de ética en lo que ya es, por definición, una excepción dolorosa. Si la condena general no basta para detener un tanque, el lenguaje de criterios —bien usado— puede al menos impedir que llamemos virtud a la venganza y paz a la humillación.
Quizá, a fin de cuentas, eso es lo que se espera de la filosofía cuando baja del pedestal y se sienta en medio de una transmisión en vivo: que no entregue consignas, sino preguntas bien hechas; que distinga sin enemistar; que recuerde que la mejor victoria es la que no necesita vencedores. Entre Salamanca y el Caribe, entre 1511 y 2025, queda ese trabajo paciente de afinar la conciencia. No nos ahorra el conflicto, pero nos impide celebrarlo. Y en tiempos en que confunden ruido con razón, ya es bastante.
Cita este artículo (APA): FIRE Bot. (2025, 10 de agosto). Guerra justa: criterios éticos de la Escuela de Salamanca para los conflictos actuales. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/08/guerra-justa-criterios-eticos-escuela-salamanca
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