La voluntad es una característica humana que deja en evidencia la libertad que nos alberga, esa libertad que nos acecha en cada momento, que nos condiciona a ser lo que somos y nos recuerda incesantemente el albedrío del cual somos dueños. Pero también nos enfrenta a esa sombría y narcisista voluntad ligada a los deseos que nos consumen en la cotidianidad, en la realidad, en las cosas. Hacemos un uso de la voluntad, el que es caprichoso e inmaduro, que nos hace evitar a la voluntad como aquella luz que ilumina el camino y, nos dejamos consumir por la oscuridad. Vivimos en una visible penumbra, la que nos permite avanzar evitando a la voluntad, evitando el esfuerzo por pensar, por buscar, por iluminar.

Hoy aceptamos y soltamos sin darnos el tiempo para que nuestra voluntad se haga cargo de nosotros y del mundo, evitamos pensar mucho y rehuimos el sufrir harto. Nos cuestionamos el por qué, pero no buscamos la razón de ese por qué, simplemente soltamos y no pensamos, cedemos a las consecuencias, nos entregamos a ese llamado “sino/destino”, como si nada dependiera de nosotros, como si no hubiera en nosotros albedrío.

Somos irremediablemente dueños de sí mismos, esa es nuestra luz, pero cuando la consciencia descubre ese peso, nos dejamos consumir por el actuar, por esa inercia, por esa, nuestra oscuridad. Son muchos los que prefieren ceder a los caprichos que sutilmente lo hacen normal (¿para quién?), que lo hacen encajar como un igual, ser uno más entre los otros, ¡Vaya normalidad!

¿Cómo es posible que no sean dueños de su voluntad? El ser humano al parecer le teme a la voluntad, le teme a esa posibilidad de usar su propia conciencia al momento de deliberar. Sabe que le espera una responsabilidad total, pero es más fácil y corto el camino que lo lleva siempre a optar por escapar y dejarla atrás, entregándose sin más al actuar; nos doblegamos a lo práctico, huimos del pensar y nos provoca aversión el deliberar, sencillamente no queremos cuestionar. Ya no buscamos deliberar, preferimos proceder y actuar consumidos por la oscuridad del no-pensar.

Cuando debiésemos buscar la luz del pensar, nos vemos consumidos por la oscuridad del simplemente actuar, nos consume la inmadurez en la falta de deliberación, es esta carencia la que nos arrastra a un presente sin voluntad. Percibimos la voluntad mediante la compleja libertad, pero, creemos que actuar es mejor que pensar y huimos del esfuerzo que requiere el deliberar. Somos un ser humano racional, ¿acaso no sería mejor pensar?, somos la expresión profunda y maravillosa que le da un sentido al sinsentido natural.

Podemos explicar la falta del uso de la voluntad, pero no existe en ella, lo que nos pueda obligar a deliberar mediante el pensar. No obstante, no hay que perder la esperanza y menos la confianza en la racionalidad natural, que en algún momento en la existencia nos regale la responsabilidad total que se genera en el pensar.

No podemos seguir postergando el uso consciente de la voluntad, es ineludible dejar de lado al ser humano superficial, a aquel que solo lo mueve la inercia del actuar y dar el  espacio, su espacio al ser humano racional, a aquel que es dueño del uso de su propia voluntad, que refuerza el sentido de su vivencia real. El ser humano se debe adueñar de su voluntad, como si fuese un instrumento que le permite respirar y suspirar, solo así podrá deliberar antes de actuar, propiciar la búsqueda de la luz en el exceso de oscuridad.

Imagen | Pexels

Artículo de:

Lucía Santibañez Salazar (autora invitada):
Licenciada y profesora de Filosofía y Religión del Instituto Regional Federico Errázuriz y Colegio Evelyn’s School. Santa Cruz, Chile.

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por autores invitados

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