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El siguiente texto fue galardonado en los Premios Filosofía en la Red como el artículo más leído del mes de mayo del 2021.

La noción de soledad que manejamos cotidianamente está estrechamente relacionada con un incómodo deje de victimismo, que bien puede enlazarse con el profundo sentimiento de amargura que, tantas veces, marca la dirección de nuestros pasos. El regusto, entonces, se torna tan viscoso como la realidad y los zarandeos del entorno. El miedo con el que pensamos -reflexionamos- la soledad es resultado de esa tradición occidental que pugna por la ruptura del individuo con el individuo: el abandono de la introspección es uno de los rasgos más notorios. Nos aterra rebuscar en los bajos fondos de lo que conforma el ser. En esos infiernillos que somos, tememos toparnos con las versiones más desagradables y aterradoras de lo que representamos en nuestra propia existencia. Infiernos, por cierto, de los que no queremos apagar las llamas. Dejarse devorar por los fuegos es siempre más sencillo que la deriva de las expediciones metafísicas.

Despegar la soledad de las consideraciones negativas, del pesimismo atroz, sería sencillo si el victimismo emergiera únicamente del solitario, pero la sociedad juega su papel y éste no es precisamente indulgente con los que están solos. Las sociedades occidentales cargan brutalmente contra los individuos que escogen -o no- su soledad, y cuentan con un protocolo detallado, en caso de tener que actuar. Al solitario, no se le permite serlo, o al menos no sin antes pasar por largos procesos que hacen las veces de juicio y condena. Lo primero que se hace es cuestionar el por qué, hilando y tejiendo con las agujas de los prejuicios y lo preconcebido. Llamadas telefónicas, invitaciones para salir e incluso para verse con un especialista; pero escasos argumentos que defiendan la soledad y sus beneficios. El viaje introspectivo está a la altura de cualquier bajeza, del tipo que sea. Se entiende desde la negativa perspectiva de la incomprensión. A todos nos asusta ver el interior de nuestras vísceras.

Ser consciente de la soledad es tan incómodo como tratar de tomar aire a bocanadas, cuando los pulmones están tan hastiados como nosotros. Lejos queda la medianoche cuando, de forma inusitada, caemos en la cuenta de que algo nos golpea desde dentro: pum, pum o tic, tac. Nos cuesta identificar el origen de tan desagradables sonidos e impactos, que golpean aquí y allá: el cuello, las sienes y hasta el interior de los oídos. El zumbido se instala con ganas de permanecer en nosotros más tiempo del deseado, del permitido. El corazón bombea y no lo hace para mantenernos vivos, sino para que sepamos cuál es nuestra condena. Los latidos nocturnos nos recuerdan que estamos solos.

Abordar la soledad -y sus dimensiones- desde la perspectiva de la literatura obliga a referirse y detenerse en la obra del japonés Haruki Murakami y es que, probablemente sea uno de los autores que mejor han sabido retratarla. Cuando escribo mejor, lo hago teniendo en cuenta los rasgos que caracterizan una noción sana de soledad: la capacidad para despegarse el victimismo, que nos atrapa como las telarañas a las moscas; pero también de esa conciencia sobre el sí-mismo que invita a saltar al vacío. Tokio Blues, La muerte del comendador o Kakfa en la orilla son títulos susceptibles de producir elogios en cualquier parte del globo. No obstante, y a pesar de ser mundialmente conocido, ardua tarea es la de averiguar si H. Murakami es también mundialmente reflexionado, pues cuestiones muy dispares son las del nombre y el contenido, incluso cuando se trata de obras literarias. Esta diferencia es similar a la existente entre las superficies tangibles -ésas que pueden pisarse sin reparos- y el reino de lo abisal. Los relatos de Murakami están determinados por un profundo existencialismo, que hace las veces de sustento y guía. La reflexión acerca de la existencia humana -la naturaleza de ésta- gira en torno a la condición de un solitario que no duda ni se queja de esa soledad.

Los protagonistas de las narraciones de Murakami encarnan la figura de un hombre de mediana edad que se enfrenta al mundo y sus realidades desde el sí-mismo. Parten de una tragedia personal, pero cotidiana, que cambiará el curso de su rutina sin alterar lo externo. Se trata de personajes reflexivos, que tienen que encarar la realidad de sus días enfrentándose a unos cambios sustanciales que invitan a la reflexión. La conciencia, entonces, toma forma de otra cosa para tornarse un viaje, un descenso mágico a las profundidades del ser.

La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes, es otra de las obras de referencia si quiere reflexionarse sobre la soledad del individuo. En términos generales, la novela existencial es el mejor modo de acercarse a estas elucubraciones. En esta obra, Delibes se entrega de un modo tan impecable como punzante. A lo largo de sus páginas, asistimos a una continua defensa del desasirse, del huir de todo(s). La angustia que produce el sentimiento de soledad -incluso antes de instalarse en la cotidianidad del individuo- desemboca en un apartarse voluntario: “ […] volví a experimentar la angustia de soledad que me acongojase una hora antes. Encontré mi habitación fría, destartalada, envuelta en un ambiente de tristeza que lo impregnada todo, cama, armario, mesa y hasta mi propio ser” (Delibes, 2020, p. 15). Se marcha el individuo de los otros, los abandona sin haberlos conocido, sin haber querido profundizar en ellos. Pedro, el protagonista de la novela, es preso de una vida marcada por los vaivenes, el dolor y las soledades. Casi desde los albores, existe atrapado en las exigencias de otros, su día a día es resultado de intereses ajenos. Como animal social, se acerca a los otros, pero el propio curso de la vida trunca sus deseos. Hastiado de sufrir, hastiado de ser arrancado de la felicidad que es compartir vivencias, decide romper con su naturaleza de zoon politikon y en el desasirse, halla una puerta de entrada a una soledad que es diferente a la inicial: el miedo a la soledad le atrapa de lleno en ella.

Bibliografía

Delibes, M. La sombra del ciprés es alargada. Destino, Barcelona, 2020.

Murakami, H. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Tusquets Editores, Barcelona, 2001.

Murakami, H. Tokio Blues. Tusquets Editores, Barcelona, 2005.

Murakami, H. Kafka en la orilla. Tusquets Editores, Barcelona, 2006.

Murakami, H. La muerte del comendador (Libro 1). Tusquets Editores, Barcelona, 2018.

Murakami, H. La muerte del comendador (Libro 2). Tusquets Editores, Barcelona, 2019.

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Artículo de:

Esther Sánchez González (autora invitada):
Doctoranda en Filosofía (UNED); y docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Azuay. Maestra en Filosofía Teórica y Práctica en la especialidad de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia; graduada en Filosofía y graduada en Educación Primaria.

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por autores invitados

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