Esta reflexión tiene como propósito exponer el origen del sentimiento de inferioridad en el mexicano, con base en la argumentación presentada por el filósofo Samuel Ramos en su texto Psicoanálisis del mexicano. Para lograrlo, el trabajo se dividirá en dos partes: la primera será meramente expositiva y sintética; la segunda funcionará a manera de comentario crítico. Finalmente, se expondrán las conclusiones pertinentes.

I

Para comenzar, podemos divisar el origen del sentimiento de inferioridad cuando Ramos nos dice que el niño se da cuenta de «lo insignificante de su fuerza en comparación con la de sus padres» (1990, p. 154). El padre del mexicano no es un ser, literalmente, de carne y hueso, sino que podría entenderse metafóricamente como un “impulsor” cultural e ideológico, conocido como “europeo”. Dicho padre metafórico vio nacer a un país débil y de espíritu infantil.

En segundo lugar, después del origen del problema viene su agravación, entre cuyos motivos pueden enumerarse la conquista, el mestizaje, y la magnitud desproporcionada de la naturaleza. Dicho sentimiento de inferioridad comienza a actuar solo a partir de la Independencia (Ramos, 1990, p. 154). El sentimiento de inferioridad en el mexicano se ve reflejado de muchas maneras, pero se encuentra, principalmente en lo que Samuel Ramos denomina “el pelado”: un ser que lleva su alma al descubierto y ostenta anímicamente ciertos impulsos que otros disimulan.

Este peculiar sujeto, dice el autor, se afirma a sí mismo en un lenguaje agresivo y grosero, en él se ve la naturaleza explosiva que caracteriza el complejo de inferioridad en su máximo esplendor y representa el desecho de la gran ciudad; no obstante, es cobarde y alude constantemente a símbolos fálicos (1990, pp. 156-158). Por otro lado, se puede hallar al mexicano de la ciudad: desconfiado, su idealismo está por los suelos -aunque no por ello es realista, sino más bien mediocre-, parece estar seguro de su sentido práctico (no siendo un profesional en el acto); sumando a la acción su nulo entendimiento del mundo, Ramos nos dice que es un hombre torpe (1990, p.161).

Como podrá observarse, el complejo de inferioridad, según el autor, puede manifestarse de formas muy diversas, aunque todas ellas tienen cosas en común, como la tendencia a la violencia, la torpeza, la mediocridad y sobre todo la necesidad de autoafirmación. Ahora bien, posicionándome de la manera más objetiva posible, me arriesgo a afirmar que Samuel Ramos se presenta como un autor sumamente provocador, la postura polémica que toma me parece muy acertada, pues logra su función objetiva: seguramente aquel que haya leído alguna vez el texto en cuestión ha fruncido el ceño o ha sostenido una dura negación ante tales injurias.

Si una consecuencia así ha tenido lugar alguna vez, entonces la argumentación de Ramos tiene implícita una gran verdad: el mexicano está constantemente a la defensiva. Formamos parte de un territorio nacido desde nuestra caída ante un mundo ya formado, llamado hoy en día “Europa”. Escribo “nuestra” porque, a fin de cuentas, cada personalidad individual nacida en México arrastra consigo una conciencia histórica, o al menos, el conocimiento de un pasado cultural, la cual es innegable e irrefutable en cierta medida. Por la anterior razón, el mexicano se siente identificado con su pasado, y la consecuencia se bifurca en dos opciones factibles: pretende negarlo o reafirmarlo; si lo niega, se esfuerza por apegarse a la cultura europea, si lo reafirma, rechaza todo lo que parezca extranjero1.

En tercer lugar, considero que la postura del filósofo es precisa y se mantiene firme hasta nuestros días, desde el origen del sentimiento de inferioridad hasta la división que de dicho sentimiento se produce, pues el “pelado” resulta ser estereotipo clásico del ciudadano mexicano. Tal estereotipo se ve reflejado en el constante machismo, en la exagerada violencia y la falta de respeto hacia toda autoridad2.

II

Puede divisarse claramente la manera en la que los mexicanos, al molestarse, desempeñan las actitudes que Samuel Ramos les adjudica, desde combates verbales hasta golpes. No falta aquel que, con la intención de mostrar su superioridad, acepta la triste opción de sobajar y humillar al desprotegido, o de agredir quien es considerado inferior. Ahora bien, dicho sentimiento de inferioridad es una posibilidad de interpretación, pues si buscamos respuesta en vertientes distintas, todas las manifestaciones y actitudes descritas por el filósofo no son implicadas necesariamente por un complejo de inferioridad: podrían ser el resultado de un contexto surgido en pasado y que evoluciona hasta el presente, el cual impide la nutrición cultural del individuo.

En este sentido, México es un país que nunca ha disfrutado periodos de paz prolongados; incluso aún después de la ocurrencia de sus “grandes puntos de quiebre”, como podrían ser la guerra de Independencia o la Revolución, el desenlace ha sido tremendamente enredado y contraproducente. En este temor, se podría intervenir en favor del mexicano (y a su vez, podría explorarse esta otra vertiente posible) describiéndolo no como alguien con un sentimiento de inferioridad, sino como un ciudadano sin oportunidades de superación: un ciudadano impotente3.

La impotencia podría representarse con lo que conocemos como desesperación, la consciencia de no poder alcanzar lo deseado; es posible que el mexicano desee completarse, superarse a sí mismo sin posibilidad alguna de lograrlo, y que esta situación genere las actitudes que Samuel Ramos describe en su ensayo. Es claro y evidente que los momentos gobernados por la necesidad cohíben la paciencia de los sujetos, el respeto y la posibilidad de educarse no se iluminan como posibilidades de elección: es imposible reflexionar si se tiene el estómago vacío.

En este sentido, ha sido un error general de los filósofos el pensar en asuntos del cielo sin poner los ojos en la tierra, atender la posibilidad de entes inmateriales sin antes mirar a su connatural, que está muriendo de hambre. La descripción del mexicano realizada por Samuel Ramos a través del texto, claramente continúa vigente hasta nuestros días; es un escrito que pone sobre la mesa la conducta del mexicano a grandes rasgos.

En este sentido, el texto del filósofo resulta vestido de polémica y, sin duda alguna, permanece fiel a la realidad visible del entorno nacional: el pelado, el hombre de la ciudad y el burgués. Ahora bien, podría ramificarse como futura discusión el hecho de que, aunque la descripción de las actitudes de dichos mexicanos es quizás, evidente, el motivo de dichas actitudes podría cuestionarse: quizás el mexicano no se siente “inferior” en el amplio sentido de la palabra, sino que es la impotencia la que lo mantiene inmóvil. Samuel Ramos parece no atender suficientemente el contexto actual del entorno nacional, parece que evade hasta cierto punto las consecuencias del revuelo y el constante cambio que México ha vivido a través de los años.

Notas al pie

[1] Algo similar a la explicación que realiza Ramos en El perfil de la cultura en México.

[2] No se entienda esta actitud como anárquica, sino como simple búsqueda de implantar nuestra voluntad individual a otro sujeto.

[3] “Impotencia” no es equivalente a “sentimiento de inferioridad”.

Bibliografía

Ramos, S. (1990). “Psicoanálisis del mexicano”, en El perfil del hombre y la cultura en México. México: UNAM.

Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Bryan Iván González Islas (autor invitado):
Mexicano. Pasante de Filosofía y estudiante de Derecho por la UNAM. Coordinador del Seminario de Investigación en Filosofía del Lenguaje y del Seminario de Investigación en Filosofía de la Ciencia. Miembro activo del Proyecto Delfos: Filosofía Aplicada.

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