El presente artículo es una traducción de Leticia Prado del texto Happy in a Concentration Camp?, de Michael Hauskeller, que ha sido traducido con autorización del Blog Daily Philosophy como parte de la alianza de colaboración que tenemos con ellos. 

Es posible, según Viktor E. Frankl.

Viktor Frankl fue un neurólogo y psiquiatra austríaco que, debido a su ascendencia judía, pasó los últimos seis meses de la Segunda Guerra Mundial en un campo de concentración alemán, donde a duras penas pudo sobrevivir. Su familia fue asesinada y él pensó que también lo sería, pero esto no ocurrió: murió más de cincuenta años después, a la edad de 92 años tras haber disfrutado de una distinguida carrera internacional.

En 1946, Frankl publicó en alemán un relato de su estancia en el campo y de cómo encontrar sentido a la vida incluso en las circunstancias más adversas. En 1959 se tradujo al inglés con el título From Death-Camp to Existentialism (Del campo de exterminio al existencialismo), pero es más conocido por su título posterior Mans Search for Meaning (El hombre en busca de sentido).

En opinión del propio Frankl, su relato tenía un propósito esencial:

Transmitir al lector, mediante un ejemplo concreto, que la vida tiene un sentido potencial en cualquier condición, incluso en la más miserable.

Entre las cosas que hacían soportables las paupérrimas condiciones de los campos de concentración estaban el amor (incluso hacia las personas que ya no estaban vivas), algo que Frankl describe como “la meta más elevada a la que puede aspirar el hombre”, la belleza —o la posibilidad permanente de ella—, y el humor; todas ellas, modos en los que la vida y la dignidad humana son reafirmadas a pesar de las situaciones concretas creadas para socavarlas y en última instancia, destruirlas.

Ocurra lo que nos ocurra, insiste Frankl, siempre tenemos elección. Puede que no seamos capaces de elegir lo que nos ocurre en este momento, pero, aun así, podemos elegir cómo lidiamos y respondemos ante ello:

A un hombre se le puede quitar todo menos una cosa: la última de las libertades humanas; elegir la actitud que tomamos en cualquier conjunto de circunstancias, elegir nuestro propio camino.

Puede que no podamos evitar el sufrimiento, pero podemos relacionarnos con él y soportarlo de diferentes maneras. Es esta elección —y la libertad interior y espiritual que la hace posible y que no nos pueden arrebatar—, lo que “convierte la vida en algo con sentido y propósito”.

Según Frankl, una vida puede tener sentido (o ser experimentada como tal) de tres maneras distintas: en primer lugar, si proporciona suficiente disfrute, por ejemplo, a través de la experiencia pasiva de “la belleza, el arte o la naturaleza” o la experiencia de “otro ser humano en su propia singularidad, por medio del amor”. También puede ser significativa en su faceta creativa, dándonos la oportunidad de realizar determinados valores. Y, por último, está el sentido que deriva de la actitud que mostramos ante nuestra existencia; este preciso sentido puede lograrse y conservarse, aunque las otras dos fuentes de significado estén bloqueadas.

Una vida significativa, por tanto, es incondicional, en el sentido de que no depende de condiciones externas favorables. La existencia —en este contexto que describe Frankl— significa, ante todo, sufrimiento, que él insiste en que es “una parte que no se puede erradicar de la vida”, de lo que se deduce que la vida solo puede tener sentido si el sufrimiento tiene sentido. El sufrimiento tiene sentido si no dejamos que destruya nuestra humanidad y nos reduzca a meros animales para los que ya nada importa, salvo quizá la supervivencia. Tiene sentido, al fin, si se toma como una oportunidad para sostener ciertos valores humanos.

La forma en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que conlleva, la forma en que asume su cruz, le da una amplia oportunidad —incluso en las más difíciles circunstancias— de incorporar un significado más profundo a su vida. Puede seguir siendo valiente, digno y desinteresado o, en la amarga lucha por la autoconservación, puede olvidar su dignidad humana y convertirse en nada más que un animal. Aquí reside la oportunidad de que un hombre aproveche o renuncie a las oportunidades de alcanzar los valores morales que una situación difícil puede ofrecer. Y esto decide si es digno de sus sufrimientos o no.

Frankl

El sufrimiento puede servir para poner a prueba nuestra fuerza interior. Solo socava el sentido de la vida si no somos capaces de mantenernos firmes ante él.

Más difícil de soportar que el sufrimiento, es la incertidumbre existencial que conlleva la imposición de una “existencia provisional”, como la que nos imponen, por ejemplo, en un prolongado estado de desempleo, o incluso en un campo de concentración en el que nunca sabemos por cuánto estaremos, si moriremos o no y, en caso afirmativo, cuándo. Por tanto, es “imposible prever si esta forma de existencia terminará o cuándo lo hará” y, en consecuencia, no podemos “apuntar a un objetivo último de la vida” ni “vivir para el futuro”. Sin futuro —una perspectiva realista de que los tiempos cambiarán y la vida mejorará y abrirá nuevas oportunidades que ahora están bloqueadas— la vida carece de sentido.

“Es una peculiaridad del hombre que solo puede vivir mirando al futuro – sub specie aeternitatis”. Si hay un por qué, el cómo de la existencia inmediata pierde su significado. Con un objetivo, un propósito, la vida vuelve a merecer la pena. Y si sentimos que la vida ya no tiene nada que ofrecernos, tenemos que cambiar la forma en que entendemos nuestro lugar en ella centrándonos menos en lo que podemos obtener de ella que en lo que podemos proporcionar.

Lo que realmente hacía falta era un cambio fundamental en nuestra actitud ante la vida. Teníamos que aprender nosotros mismos y, además, teníamos que enseñar a hombres desesperados, que en realidad no importaba lo que esperábamos de la vida, sino lo que la vida esperaba de nosotros […] La vida significa, en última instancia, asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta adecuada a sus retos y realizar los cometidos que constantemente plantea a cada individuo.

Y siempre hay cometidos que cumplir. Sin embargo, como estos difieren de un individuo a otro, no hay una respuesta general a la pregunta sobre el sentido de la vida. Preguntar cuál es el sentido de la vida tiene tanto sentido como preguntar cuál es la mejor jugada de ajedrez. Cada situación es única, y cada individuo tiene su propia tarea específica, su propio destino. El sufrimiento y la muerte siempre forman parte de él: “para nosotros, el sentido de la vida abarcaba los ciclos más amplios de la vida y la muerte, del sufrimiento y la muerte”.

Debido a que cada individuo es único, lo que puede hacer con su vida y lo que puede dar a la vida también es único, lo que hace al individuo insustituible. Hay cosas que solo yo puedo hacer, y personas que me quieren a mí y no a otra persona. El sentido de la vida de una persona está ligado a este carácter irremplazable porque al ser insustituibles, incurrimos en cierta responsabilidad por nuestra existencia continuada. Perder la esperanza y rendirse, por tanto, no es una opción, sobre todo porque “ningún hombre sabía lo que le depararía el futuro, y mucho menos la hora siguiente”.

Curiosamente, sin embargo, aunque Frankl afirma en un punto de su obra que vivir en el pasado es lo que hace que la vida parezca carecer de sentido, poco después, subraya que el pasado también puede ser una fuente de significado si se comprende correctamente. El pasado bien entendido no es realmente pasado, sino una especie de eterno presente. Frankl insiste en que lo pasado no está perdido, precisamente porque ha sucedido y lo hecho nunca puede deshacerse: “Haber sido es también una especie de ser, y quizá la especie más segura”.

Supongo que Frankl hace esta insólita afirmación porque reconoce que cuando morimos todo se convierte en pasado para nosotros y que solemos ver la transitoriedad de nuestra existencia como una amenaza para el sentido. Para contrarrestarlo, subraya que solo las potencialidades son transitorias, mientras que las actualidades nunca lo son. Solo lo que se ha actualizado puede convertirse en pasado, o más bien, su convertirse en pasado es su actualización. Tan pronto como las potencialidades se actualizan, “se convierten en realidades en ese mismo momento; son salvadas y entregadas al pasado, donde son rescatadas y preservadas de la transitoriedad. Pues, en el pasado, nada se pierde sin remedio, sino que todo se guarda inevitablemente”. De hecho, precisamente por eso es tan importante tomar las decisiones correctas en la vida, porque el que hagamos esto, en lugar de aquello, realmente significa algo. Cada decisión que tomamos es como una “huella en las arena del tiempo”:

Nada se puede deshacer, y nada se puede eliminar. Diría que haber sido es la forma más segura de ser.

En cualquier caso, nuestra actitud ante la vida debería ser en general la de un “optimismo trágico”, lo que significa que debemos seguir siendo optimistas a pesar del dolor, la culpa y la muerte (la “tríada trágica”), que debemos decir sí a la vida sean cuales sean las circunstancias en las que nos encontremos, que debemos “sacar lo mejor de cualquier situación”. El optimismo se justifica porque cada sufrimiento puede convertirse en un logro humano, cada caso de culpa en una oportunidad para cambiar uno mismo, y la transitoriedad de la vida en “un incentivo para emprender acciones responsables”. Así pues, el sufrimiento no es algo por lo que debamos sentirnos infelices, ya que nos recuerda y nos reta a “aprovechar al máximo cada momento de nuestras vidas”.

Más que felicidad, anhelamos una razón para ser felices, y esas razones —sugiere Frankl—, siempre pueden encontrarse.

Artículo original de:

Michael Hauskeller:
Profesor de Filosofía y Responsable del Departamento de Filosofía de la Universidad de Liverpool. Filósofo generalista cuyo interés principal es entender el mundo y nuestro lugar en él.

Traducido por:

Leticia Prado (Filosofía en la Red):
Titulada en Filosofía y Sociología Cultural. Sus intereses son la Ética, la Política y los Movimientos Sociales

Imagen | Unsplash

El presente artículo es una traducción de Leticia Prado del texto Happy in a Concentration Camp?, de Michael Hauskeller, que ha sido traducido con autorización del Blog Daily Philosophy como parte de la alianza de colaboración que tenemos con ellos. 
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por Daily Philosophy

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