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Artículo publicado el 12 de mayo de 2021 en Στοά, nuestro newsletter. Se comparte debido a que cambiamos de gestor. 

Junto con la pregunta por el sentido de la existencia del ser humano, la felicidad ha sido un tema ampliamente debatido a lo largo de la historia no solo por la filosofía, sino por múltiples disciplinas. 

Sócrates creía que la felicidad podía ser encontrada a través del conocimiento de nosotros mismos, “Nosce te ipsum”, decía. Platón pensaba de una manera similar, sin embargo, para él la felicidad solo podía alcanzarse de manera auténtica en el mundo de las Ideas, de donde nuestra alma era originaria y hacia donde partía una vez que el cuerpo de cada uno muriera. Por su parte Aristóteles, concebía a la felicidad como un estado que natural del ser humano. Él lo llamó eudaimonía (ευδαιμονια) y señaló que la consecución de la felicidad es el objetivo mismo de la filosofía, que se alcanza a través de las virtudes.

La deconstrucción de la felicidad

A raíz de la primera vez que leí a Freud, no pude parar. Cuando estudiaba el primer semestre en la universidad llegó a mis manos su famoso ensayo El malestar en la cultura, de 1930. En este libro, Freud aborda distintos fenómenos que se dan en la sociedad, y entre ellos la felicidad.

El ensayo se desarrolla alrededor de una frase contundente: la felicidad no existe tal como la pensamos. Hoy en día —dice Freud— nos conformamos con el hecho de simplemente no experimentar sensaciones desagradables, y a eso le llamamos felicidad. Y aquellos que no conciben la felicidad así, hacen de ella una especie de quimera imposible de alcanzar.

Por la naturaleza misma de la felicidad y de nosotros mismos, ésta sólo puede ser momentánea. Reducirse a un instante fugaz.

Pedirle a la vida y a la existencia misma que la felicidad pueda experimentarse de manera prolongada sin un fin en específico, sería como decir que el ser humano no es libre por el hecho de tener que vivir sujeto a un contexto específico. Por otro lado, -señala- lo que si podemos experimentar por largos periodos de tiempo, es el sufrimiento. Y curiosamente es este último el que nos da la capacidad de poder apreciar y experimentar con una lúcida intensidad los momentos felices en nuestra vida. Aquí es inevitable no pensar en Sócrates con el diálogo Fedón, cuando instantes antes de suicidarse con la cicuta, le narra a sus discípulos como sería imposible experimentar la felicidad si antes no ha habido dolor.

Todo esto tiene un fundamente psíquico: todo ser humano expuesto a la realidad, debe desarrollar a lo largo de su vida un Yo que le permita navegar a través de un mar de experiencias sin volverse loco. Este caparazón o yo, sólo es posible en la medida en la que experimentamos sensaciones desagradables y displacenteras. 

El dolor, entonces, adquiere un sentido totalmente diferente en Freud. La felicidad no puede ser y no es, sin antes haber experimentado el dolor. Y lo mismo pasa con el dolor: no puede ser sin la felicidad. Esto no es contradictorio ni contra intuitivo, por el contrario. Es la piedra sobre la que se comenta toda la vida.

Quizá para esto, Nietzsche pueda ser un faro que nos ilumine cuando señala en La Gaya Ciencia:

No sé si el dolor nos mejora, pero sé que nos profundiza.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Aranza Sánchez Romero (autora invitada):
Lic. en Filosofía (Universidad La Salle), maestrante en Psicoanálisis. Le gusta escribir y enseñar, imparte clases de Filosofía y participa activamente en distintos medios digitales para la difusión de la filosofía.

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por autores invitados

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