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Hay dos clases de personas en este mundo: las que se atreven a soñar y las que se resignan al eterno absurdo de la existencia.

Albert Camus, el filósofo que dio vida a esta teoría hace ya varias décadas, bien podría haber tomado un rumbo muy distinto al de la filosofía y la literatura. Nacido en el seno de una familia humilde en Argelia, perdió a su padre en la Primera Guerra Mundial cuando apenas contaba con un año de edad. Este golpe del destino lo dejó al cuidado de su madre y su abuela, moldeando sin duda su visión del mundo.

Pero, ¿cómo se manifiesta el absurdismo en nuestra vida diaria? Imaginemos una escena común:

Es un día radiante, pero te encuentras atrapado en un embotellamiento que parece no tener fin. Estás en un autobús público, rodeado de rostros que reflejan frustración y ansiedad. Todos desean llegar a tiempo a sus destinos, pero el reloj sigue su marcha implacable, ajeno a nuestros deseos.

En este escenario cotidiano, el absurdo se hace presente cuando nos damos cuenta de que la situación está completamente fuera de nuestro control. A pesar de nuestros esfuerzos y deseos, no podemos alterar la realidad del tráfico. Nos encontramos en una especie de limbo donde la lógica y el propósito se desvanecen, dejándonos cara a cara con lo absurdo de nuestra condición humana.

¿Qué es el absurdo?

Adentrémonos en el tema evocando el mito de Sísifo, aquel hombre que, según la mitología griega, estaba condenado a una tarea tan ardua como interminable. Su destino: empujar una enorme roca hasta la cima de una montaña, solo para ver cómo, al llegar a la cumbre, una fuerza invisible la hacía rodar de vuelta al valle. Y así, sin descanso, por toda la eternidad.

A primera vista, vivir sin frutos ni esperanza parece el castigo más cruel. Sin embargo, Camus nos habla de una alegría silenciosa que nace cuando el hombre comprende que su esfuerzo no tendrá fin. Paradójicamente, es en este conocimiento de su realidad donde encuentra una forma peculiar de felicidad.

Camus sugiere que cuando Sísifo reconoce lo absurdo de su esfuerzo, se adueña de su propio destino. Así, el hombre absurdo descubre que, en medio de lo que parece un tormento sin fin, hay una chispa de liberación. Sísifo, lejos de hundirse en la desesperación, acepta y hasta agradece su eterno destino.

Al abrazar lo absurdo, el hombre logra aceptar lo ilógico de la existencia. Comprende que su vida puede carecer de un significado preestablecido y que no existe una escala de valores universal. Y en esta aceptación, curiosamente, encuentra una forma de libertad y, quizás, hasta de rebeldía contra el sinsentido del universo.

El hombre absurdo

Para Camus, el “hombre absurdo” es aquel que toma las riendas de su existencia de una manera única y profunda. No lo hace a través de la negación o la evasión, sino mediante la aceptación plena de todos los elementos adversos que puedan presentarse en la vida. Esta aceptación no es ciega ni pasiva; por el contrario, nace de un conocimiento profundo de la naturaleza absurda de la existencia.

El hombre absurdo, en la visión de Camus, es quien mira de frente la realidad sin adornos ni ilusiones. Reconoce la falta de un sentido inherente en el universo, pero en lugar de desesperarse, encuentra en esta misma ausencia una fuente de libertad y, paradójicamente, de significado.

Entonces, surge una pregunta crucial: ¿es el sufrimiento lo que posibilita la existencia del hombre absurdo? La respuesta no es simple. El sufrimiento, en sí mismo, no es el objetivo ni el fin último. Más bien, es la conciencia del sufrimiento, junto con la comprensión de la naturaleza absurda de la existencia, lo que abre la puerta a esta nueva forma de ser.

La actitud del hombre absurdo se convierte en un puente entre dos extremos: por un lado, el hombre común, que vive inmerso en la ilusión de un sentido predeterminado y, por otro, el absurdo mismo, esa realidad cruda y sin propósito intrínseco. El proceso de transformación implica dejar de lado el velo de la “voluntad de vivir” —esa tendencia instintiva a aferrarse a la vida sin cuestionamientos— para reconocer plenamente todo el sufrimiento y la falta de sentido inherente a la existencia.

Sin embargo, el hombre absurdo no se detiene en este reconocimiento. Va más allá: acepta y se apropia totalmente de lo absurdo. En esta apropiación encuentra una forma de libertad y autenticidad que, paradójicamente, da sentido a su vida. No es un sentido impuesto desde fuera, sino uno creado a partir de la confrontación honesta con la realidad absurda.

La Catarsis

El sufrimiento se convierte en un puente entre la realidad del “hombre común” y la “catarsis” que libera de las perturbaciones. Es en este camino donde el hombre puede alcanzar la comprensión del absurdo.

Nuestra “voluntad de vivir” nos empuja a seguir adelante, pero ¿no es un poco absurdo tratar de esquivar los problemas que la vida nos lanza? O al menos, ¿no deberíamos cuestionarnos sobre nuestra forma de vivir? El “hombre absurdo” no huye; encara la realidad de frente. Sigue actuando, pero con los pies en la tierra, consciente del sinsentido de la existencia. Es como Sísifo, que aceptó su destino con esa enorme roca, sin renunciar a su tarea.

Si nos fijamos en la tragedia griega, vemos cómo logra canalizar parte de ese sufrimiento humano. A través de la imitación literaria, nos ayuda a entender el dolor como una pieza más del rompecabezas de la experiencia humana. Nos hace sentir menos solos en nuestro sufrir.

Pero, ¿qué pasa cuando el ser humano no se para a reflexionar sobre su existencia?

Cuando vivimos en piloto automático, dejamos que la sociedad nos dicte las normas. Y de repente, nos golpea la angustia, la tristeza o el aburrimiento. La realidad pierde su sabor, se vuelve insípida. Es lo que Camus llama el “derrumbe de las decoraciones“.

La monotonía de la vida diaria, que antes pasaba desapercibida, de pronto se hace evidente:

Levantarse, tomar el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la comida, el sueño, con el mismo ritmo, es una ruta que se sigue fácilmente durante la mayor parte del tiempo1.

Y un día, como si nada, aparece ese “derrumbe de las decoraciones“. De repente nos preguntamos “¿por qué?”, y todo empieza a parecer absurdo. Nos vemos obligados a reflexionar sobre nuestras costumbres, sobre por qué vivimos, como vivimos, sea en lo personal o en lo laboral.

Entonces surge la pregunta: ¿con qué fin hacemos todo esto?, ¿para qué nos esforzamos tanto? No hay respuestas fáciles, pero quizás el simple hecho de plantearnos estas preguntas ya sea un paso hacia una existencia más auténtica, más consciente del absurdo que nos rodea. Y quién sabe, tal vez en esa conciencia encontremos una forma de libertad que antes no conocíamos.

Notas

Camus, A. (1997). El mito de Sísifo. Pág. 22-23. Losada, Buenos Aires

Bibliografía

S/A. La filosofía de Albert Camus: El absurdo de la vida. (2023, 16 de junio). Sitio web: https://www.tomorrow.bio/es/post/la-filosof%C3%ADa-de-albert-camus-el-absurdo-de-la-vida-2023-06-4603406902-philosophy

Guillermo, S. (2022). Un camino hacia el absurdo: sufrimiento y catarsis en el extranjero de Albert Camus. Universidad del Norte. https://manglar.uninorte.edu.co/handle/10584/11400

Flores, M. (2021). El absurdo y la rebelión metafísica en Albert Camus. Revista Latinoamericana de Difusión Científica, 3(5), 36-47. https://doi.org/10.38186/difcie.35.04

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Cita este artículo (APA): Silva, C. (2024, 07 de julio). Albert Camus y lo absurdo de la vida. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/07/albert-camus-y-lo-absurdo-de-la-vida

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