La reciente aparición en la tribuna de oradores de una masiva concentración ciudadana1 de un filósofo al que siempre he admirado me ha colocado en la necesidad de reflexionar acerca de lo que significa eso que llamamos libertad de pensamiento. Fernando Savater, que así se llama el filósofo en cuestión, muestra ahora unas posiciones, sobre todo en lo referente a los asuntos políticos, que se alejan mucho –por no decir que se hallan en las antípodas– de las que defendía en su juventud. Su participación hace un par de semanas en una manifestación multitudinaria contra el gobierno democráticamente constituido tras las últimas elecciones generales en España, sus palabras de un cariz escandalosamente dogmático, volvieron a llamar la atención a quienes, como es mi caso, hemos compartido con él un talante justamente opuesto, es decir, crítico y, por supuesto, autocrítico, coherente con lo que considero es un ingrediente necesario en quien quiera tenerse a sí mismo por librepensador, y que no es otro que el escepticismo racional.

A Fernando Savater le llevo leyendo hace décadas, he utilizado multitud de sus textos en mis clases de filosofía, le he escuchado conferencias y he valorado siempre su compromiso ciudadano. De un tiempo a esta parte, sin embargo, me incomodan muchos de sus mensajes y, sobre todo, el estilo que adopta a la hora de exponerlos públicamente. Su estilo, desde siempre irónico, sanamente irreverente, ha devenido últimamente en una forma despreciativa de ponderar las ideas, gustos y decisiones de personas o colectivos que contradicen las suyas, gentes en definitiva que no siempre tienen el privilegio del que él goza –merecido, sin duda– de difundir sus puntos de vista en el ágora de la opinión pública. Me temo que pueda haber llegado a administrar de forma un tanto frívola ese poder.

Lo he detectado, al margen de las declaraciones orales más recientes vertidas en diversos medios, en varios de sus últimos artículos publicados en prensa en el diario de mayor tirada en España, el periódico El País. En uno que lleva por título Calabazas2, el autor, dando pruebas de su inagotable ingenio, aludía a la joven activista medioambiental Greta Thunberg con el alias de «Greta sin Garbo». Allí mismo tachaba al movimiento que la joven sueca lideraba de «nueva cruzada de los niños que trivializa un asunto muy complejo», mostrando un desdén que rozaba la falta de respeto hacia quienes tienen la lucha contra la crisis climática por su causa prioritaria, acertada o equivocadamente. En otra columna más reciente, bajo el título de Hipocresía3, desprecia, esta vez sí descaradamente, lo que revela el informe del Defensor del Pueblo español, que muestra en toda su gravedad la existencia de la comisión sistémica de abusos sexuales en el seno de la Iglesia Católica. Cuando el escritor Alejandro Palomas, él mismo víctima cuando era niño de abusos perpetrados por un religioso, publicó un texto en el que denunciaba la falta de empatía del filósofo, este protestó a la defensora del lector del periódico por permitir que se publicara un artículo así, demostrando de esta forma una actitud asimétrica respecto del derecho de libertad de expresión: para mí sí, aunque lo que escriba para muchos sean burradas, para el otro no, si yo creo que las ideas que expone lo son4. Denota –insisto– un dogmatismo que no es admisible en quien pretende ejercer de librepensador.

La evolución del pensamiento de Fernando Savater, particularmente en lo político, llegó a ser tema de debate en el contexto de la opinión pública hace unos años. Nada extraño tratándose de un intelectual de largo recorrido y de continuada presencia en el ágora no solo académica sino también mediática, y porque durante bastantes años se significó de manera admirable en la resistencia contra el fascismo en sus diversas manifestaciones.

La evolución del afamado filósofo fue tratada en un artículo de opinión del profesor José Lázaro5, autor de un libro titulado Vías paralelas: Vargas Llosa y Savater, un ensayo dialogado. El artículo se tituló sin más La evolución de Savater. En él, su autor destacaba la figura del intelectual como la de un librepensador ante todo. Como tal era natural en él cambiar de ideas, lo que implica no poder ser siempre fiel a las propias. Imagínese en el caso de Savater, que publicó su primer libro hace más de medio siglo6, si no es comprensible que ya no piense igual, tratándose de alguien de una muy considerable actividad intelectual que siempre se ha desarrollado de manera comprometida con las circunstancias que le han ido tocando vivir, al modo que defendió José Ortega y Gasset que debía ser la filosofía, ante todo una actividad de reflexión comprometida con la vida.

En el artículo de José Lázaro encontramos satisfactoriamente enumerado lo que conformó su filosofía de juventud:

La identificación del Estado como enemigo abstracto, el énfasis en el carácter puramente negativo del pensamiento crítico, el abuso de las mayúsculas para identificar objetivos más o menos fantasmáticos a los que combatir […]7

En efecto, todo esto me lo encontré cuando leí uno de sus primeros libros, Panfleto contra el todo (1978); «un libro de combate» etiquetado así por su propio autor con ocasión de que se le concediera el premio Mundo de ensayo, hará en breve cincuenta años8. Un texto con vocación heterodoxa y de incidencia política masiva que nace de una crítica sin cuartel al poder que termina materializando el Estado. Pero también –como advierte el profesor Lázaro– desde los inicios de su producción ensayística aparecen sus constantes:

La búsqueda de una perspectiva plural, la denuncia de los muchos disfraces del Dios Único, la defensa de la multiplicidad de valores posibles que cualquier totalitarismo niega, la síntesis de pensamiento teórico y narrativa literaria, la libertad individual autónoma frente a todos los gregarismos (religiosos, militares, ideológicos, nacionalistas…)9.

A mí me parece, empero, que con sus más recientes actuaciones incurre en la traición de algunos de esos principios al convertir en hipóstasis lo que no dejan de ser posiciones ideológicas que entran dentro de los márgenes del debate político razonable. Al pretender salvarlas de él no hace sino sacralizarlas. Aquí entiendo –y se me puede discutir– que tropezamos con una línea roja del pensamiento que pretende ser radical, es decir, que no tiene reparos en ir hasta la raíz de las cosas y que entiendo es una seña de identidad del genuino libre pensar: en él lo único sagrado es la dignidad humana; todo lo demás es cuestionable.

¿Tiene el librepensador derecho a cambiar de ideas? Por supuesto. Lo contrario sería la muerte del pensamiento mismo, encapsulado y reservado estérilmente de la crítica y la autocrítica. El compromiso del librepensador tiene que ser siempre con la razón y con el respeto de quien expresa sus ideas siempre y cuando se expongan para la pública deliberación y nunca como una imposición dogmática que viole la dignidad humana. No creo que el ejercicio del librepensamiento se compadezca con anatemizar el error ajeno, que en todo caso no es sino un elemento intrínseco al ejercicio de la búsqueda autónoma de la verdad a la que tiene derecho todo ser humano por el mero hecho de serlo. Pierde asimismo su condición de librepensador el que habla en términos de oráculo por haber olvidado que la sombra que siempre acompaña a quien persigue el conocimiento es la posibilidad de incurrir en error. A esa sombra nunca debe ser ciego.

Soy consciente, en cualquier caso, de la dificultad que entraña el asumir la responsabilidad de ser un intelectual comprometido con los asuntos de la realidad que le ha tocado vivir. Un filósofo que no quiera aislarse –como se suele deciren su torre de marfil tiene que ofrecer a las gentes una referencia relativamente estable, porque de alguna manera quienes lo sigan demandan de él la aportación de certezas. Lo quiera o no se le ha conferido el rol de guía. Diríase que el intelectual público tiene la función adjudicada, aun en contra de su voluntad, de pensar –un lujo a fin de cuentas que no muchos se pueden permitir– por los demás. Colocado en tal tesitura, qué fácil es flaquear e incurrir en traición a su condición de libre pensador y dejar sin reconocimiento a aquello para lo que no se tiene respuesta. Creo que tal condición es especialmente incómoda para el filósofo, que si lo es de verdad, no puede dejar de ser consciente de lo escueto del reino de las certezas y lo inabarcables que son los dominios de lo meramente probable.

Notas

[1] García, M. (2023, 18 de noviembre). Fernando Savater en la manifestación de Cibeles: “Hay que escoltar a Puigdemont y llevarlo hasta Alcalá Meco.” La Razón. https://www.larazon.es/cultura/fernando-savater-manifestacion-cibeles-hay-que-escoltar-puigdemont-llevarlo-alcala-meco_202311186558df8fb276150001bc97c0.html

[2] Savater, F. (2019, 01 de noviembre). Calabazas. El País. https://elpais.com/elpais/2019/10/31/opinion/1572525757_327240.html

[3] Savater, F. (2023, 03 de noviembre). Hipocresía. El País: https://elpais.com/opinion/2023-11-04/hipocresia.html

[4] Alcaide, S. (2023, 11 de noviembre). Un dilema ético entre la libertad de expresión y la víctima de abusos. El País: https://elpais.com/defensor-a-del-lector/2023-11-12/un-dilema-etico-entre-la-libertad-de-expresion-y-las-victimas-de-abusos.html

[5] Lázaro, J. (2010, 26 de noviembre). La evolución de Savater. El País: https://elpais.com/diario/2010/11/26/opinion/1290726011_850215.html

[6] Nihilismo y acción, en 1970.

[7] Lázaro, J. (2010, 26 de noviembre). La evolución de Savater. El País: https://elpais.com/diario/2010/11/26/opinion/1290726011_850215.html

[8] Ibídem.

[9] Ibídem.

Imagen | Wikipedia

Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2023, 20 de diciembre). La flaqueza del librepensador. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/12/la-flaqueza-del-librepensador
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por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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