En Elogio de la ociosidad (1935), ensayo que fue escrito por el filósofo británico Bertrand Russell hace casi un siglo, la premisa de la que se parte es que «la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno1». A decir de Russell: «el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquel2». Si esta reducción encuentra sus resistencias el filósofo británico lo atribuye a una mentalidad anacrónica que perduraría hasta la actualidad, heredada del paradigma ideológico vigente durante la era preindustrial, cuando el trabajo era el medio de supervivencia de la mayoría de la gente, sometida a regímenes laborales extenuantes justificados en concepciones ideológicas que bendecían su explotación. Para Russell, la moral del trabajo es la moral del esclavo, inapropiada para el mundo moderno, del cual la esclavitud ha sido desterrada en términos éticos. El ocio es parte integral de la nueva moral en la que el supuesto de la libertad tiene sentido en la consideración del trabajo como elección y no como imposición. Así, el ocio deja de ser un lujo para ser un derecho que debe ser equitativamente repartido en toda la comunidad.
La revocación del pensamiento preindustrial, que albergaba una ideología del trabajo que nada tenía que ver con un ideal de vida buena al que cualquier ser humano tenía derecho independientemente de su origen social, constituyó una empresa colectiva que tomó cuerpo y adquirió fuerza a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Fueron factores determinantes para superar el viejo paradigma la configuración de un sistema de pensamiento que permitiera que tomara conciencia de su situación toda una masa de trabajadores industriales, además de la acción continuada de ese colectivo organizada en forma de sindicatos.
En Poder y progreso3 (2023) los economistas Daron Acemoglu y Simon Johnson demuestran a través de un recorrido histórico muy pertinente que quiénes son los que salen beneficiados del desarrollo económico mediante los avances técnicos y el incremento de la productividad es algo que depende tanto del contexto institucional como del tipo de tecnología que se implementa. Ambas variables son dependientes de decisiones, no de leyes inexorables, como la que estableció Thomas Malthus. Según la famosa ley alumbrada por el reverendo inglés, la masa de campesinos pobres siempre estarían condenados a morirse de hambre. La «trampa de Malthus4», como la denominan los dos autores del libro antes mencionado, queda expuesta si reconocemos los otros factores que incidían decisivamente en su lamentable situación, a saber: la coacción a la que estaban sometidos y la forma en que el poder social y político decidía quién se beneficiaba de la dirección del progreso5.
Acemoglu y Johnson lo advierten sin ambages6:
La historia nos sugiere que siempre deberíamos examinar cuidadosamente las ideas sobre el progreso, en particular cuando las personas que tienen poder están deseando vendernos una visión concreta.
El éxito de los poderosos en este empeño es el que explica que a pesar de los avances técnicos y el crecimiento de la productividad, los trabajadores no han sido los beneficiados de este progreso económico, sino la oligarquía y sus élites defensoras. Eso cambió en el siglo XIX con la concentración de obreros en las ciudades industriales que propició el desarrollo de poderes compensatorios que la sociedad agrícola no había conocido. Entonces los avances técnicos se conformaron de tal manera que fuesen compatibles con el mantenimiento de la relevancia del papel humano, y desde la política se forzó el diseño de toda una infraestructura institucional que contribuyera a un reparto más equitativo del progreso.
Ahora bien, la política, aunque pueda tener —y los tiene— vasos comunicantes con aquellas creencias en las que vivimos instalados todos los que compartimos una misma cultura, no tiene el poder inmediato de modificar esa cosmovisión que domina, de forma inconsciente la mayor de las veces, nuestra conducta. A este respecto hemos de tener muy presente el legado filosófico de José Ortega y Gasset; en particular su distinción entre ideas y creencias. Estas últimas conforman el subsuelo vital sobre el que tejemos la trama de nuestros actos, los cuales a su vez se tejen sobre el bastidor de las circunstancias que nos vienen dadas, unas, y las que resultan de lo que vamos haciendo, otras7.
Entre esas creencias que en gran medida determinan el marco de posibilidades de cambio de las circunstancias con las que tenemos que habérnoslas a la hora de definir nuestro proyecto vital están las que conforman lo que podríamos denominar la ética del trabajo; es decir, nuestro sistema de creencias sobre lo que, de entrada, consideramos admisible o inadmisible en relación con ese aspecto, principal, de la vida de la mayoría de nosotros. En su antes mencionado ensayo, Russell alude a la persistencia de la creencia de que el ocio es más bien un lujo que un derecho, algo que, en definitiva, únicamente se pueden permitir los ricos. Para él, esa creencia «es la fuente de gran parte de nuestra confusión económica8». No entendía el filósofo ya hace un siglo que fuese necesario prolongar la jornada diaria de un asalariado más allá de las cuatro horas, dado el prodigioso incremento de la productividad lograda merced al vertiginoso avance tecnológico. Para él los beneficios de una reducción del tiempo de trabajo redundarían en un reparto más equitativo tanto del propio trabajo como del ocio, lo que sería muy favorable para el conjunto de la humanidad por cuanto el filósofo británico asocia más tiempo de ocio a mayores niveles de civilización; y concluye:
Solo un necio ascetismo, generalmente vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en cantidades excesivas, ahora que ya no es necesario9.
Añadamos a ese «necio ascetismo», que sin duda aún resiste en el subconsciente colectivo (recordemos la fábula de la cigarra y la hormiga), el mito de la meritocracia como un ingrediente ideológico fundamental para justificar la implantación del paradigma económico que se ha erigido en el predominante en las últimas décadas congruente con el proceso de globalización neoliberal. Un ejemplo, el de la meritocracia, de «visión concreta» sobre el trabajo que —como apuntan Acemoglu y Johnson— los poderosos nos quieren vender; y falsa, como demuestra el filósofo norteamericano Michael J. Sandel en su libro La tiranía del mérito (2020).
El mejor planteamiento crítico de ese complejo de creencias que se reúne bajo la etiqueta de «ética del trabajo» desde una perspectiva científica seguramente se encuentre en el libro El arte y la ciencia de no hacer nada10. Así lo presenta su autor, Andrew J. Smart, joven científico estadounidense investigador en el área del factor humano:
La muy mentada ética del trabajo es, como la esclavitud, una invención cultural sistemática resultante de una idea difundida, aunque errada, respecto de los seres humanos11.
Igual que, en retrospectiva, la ideología que justificaba la esclavitud antaño nos parece una barbaridad, cuando al mismísimo Aristóteles —sin duda un tipo inteligente— le parecía de lo más normal, dentro de un tiempo, probablemente, echen nuestros descendientes la vista atrás y juzguen nuestra ética del trabajo del mismo modo. Ya hubo quien puso a prueba las consecuencias reales, en la vida concreta de las personas, del imperio de esa ética del trabajo. Ese fue, por así decir, uno de los experimentos filosóficos que llevó a cabo la filósofa, militante y mística Simone Weil cuando quiso compartir los sufrimientos de una cadena de montaje, tan magistralmente representada, con toda su alienación, por Charles Chaplin en esa película ejemplo de compromiso artístico y político que es Tiempos modernos12. A través de su experiencia de obrera en la fábrica, Weil:
Descubrió el embrutecimiento salvífico del trabajo penoso y extremo: el trabajo mismo, con su inmanencia brutal, pone a los trabajadores “fuera del mundo”13.
Un elemento constitutivo del capitalismo desde sus orígenes en la incipiente Inglaterra industrial, por no superarlo tras el final de los paradigmas económicos anteriores, y en el que se insiste con la globalización neoliberal y con cada crisis, es el condicionamiento de los trabajadores para que acepten su explotación como si fuera normal. No parece esta una ética humanamente aceptable cuando, al menos en el así llamado mundo desarrollado, se dan las condiciones para pensar en cómo crear institucionalmente la sociedad postrabajo —como anuncia Smart en su libro— «que libere las energías humanas14».
¿Y si ese sistema de creencias tan conveniente para los intereses de la oligarquía global, que es la más beneficiada del trabajo de la gran mayoría de la humanidad, influyese sobre nuestro comportamiento con el mismo poder irracional de una religión? Así lo pensaba la escritora belga de origen surcoreano Yun Sun Limet, quien escribiera pocos años antes de su fallecimiento:
La actual “religión del trabajo” no tiene otro horizonte que el trabajo en sí mismo como instrumento y testimonio del éxito económico […] Y ahí estamos nosotros, completamente cautivos. Y vemos bien hasta qué punto no hay alternativa posible, ni tan siquiera anhelada por la gente15.
Notas
[1] Russell, B. (2010). Elogio de la ociosidad. (María Elena Rius, trad.) Edhasa. (Originalmente publicado en 1935). Pág. 14
[2] Ibídem.
[3] Acemoglu, D. y Johnson, S. (2023). Poder y progreso. Barcelona. (Alexandre Casanovas, trad.). Deusto.
[4] La trampa maltusiana describe una situación que mantiene el crecimiento de la población en línea con los recursos disponibles. El aumento de los ingresos por persona no es sostenible a largo plazo, ya que el crecimiento económico es inevitablemente consumido por el aumento de la población.
[5] Acemoglu, D. y Johnson, S. (2023). Poder y progreso. Barcelona. (Alexandre Casanovas, trad.). Deusto.
[6] Ibídem, pág. 148.
[7] Ortega y Gasset, J. (1997). Ideas y creencias y otros ensayo. Alianza editorial. (Originalmente publicado en 1942).
[8] Russell, B. (2010). Elogio de la ociosidad. (María Elena Rius, trad.) Edhasa. (Originalmente publicado en 1935). Pág. 20.
[9] Ibídem, pág. 22.
[10] J. Smart, A. J. (2014). El arte y la ciencia de no hacer nada. (Elena Luján Odriozola, trad.) Clave intelectual.
[11] Ibídem, pág. 40.
[12] Director: Charles Chaplin, United Artist, 1936.
[13] Alba, S. (2020). ¿Esto nos está pasando realmente? Eldiario.es https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/pasando-realmente_129_1001869.html
[14] J. Smart, A. J. (2014). El arte y la ciencia de no hacer nada. (Elena Luján Odriozola, trad.) Clave intelectual. Pág. 169.
[15] Limet, Y. (2016). Sobre el sentido de la vida en general y el trabajo en particular. (Sara Álvarez Pérez, trad.). Errata Naturae. Págs. 45-46.
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Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2024, 04 de agosto). Apuntes críticos en torno a la ética del trabajo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/08/que-es-la-etica-del-trabajo
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Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.
