¿Qué leemos cuando leemos?

La palabra “creer” se suele escuchar en frases como: “yo creo que mi equipo es el mejor” o “creo que los ángeles intervienen en la vida de las personas”, pero ¿a qué nos referimos cuando la utilizamos?

Luis Villoro, filósofo mexicano, describe la acción de creer1 como «el acto volitivo de la conciencia por medio del cual actúo como si algo existiera«; es decir, cuando yo creo en algo ese algo es real para mí, voluntariamente acepto su existencia y actúo en concordancia con ella. Puedo creer que la manzana es de color morado, puedo creer que la Tierra gira alrededor del sol, y nadie me puede quitar dicha creencia más que yo mismo.

Si alguien afirma “yo creo que los zombis nos atacarán”, esta creencia no implica que sea cierta; simplemente refleja que, para esa persona, un ataque de zombis es una realidad inminente. Sin embargo, para corroborar dicha creencia, es necesario pedir pruebas, algo que hacemos habitualmente. Por ejemplo, cuando un amigo dice “creo que pasaré el examen”, solemos responder “¿por qué piensas eso?”, es decir, “dame pruebas que contrasten tu creencia con la realidad”.

El papel de los datos
e información

En el mundo cotidiano solemos relacionar las palabras, datos e información con libros o noticias, pero ¿son sinónimos? El Doctor Miguel Ángel Rendón Rojas, describe a la información y a los datos de la siguiente manera2:

Dato: es un registro sensible del mundo percibido por los sentidos y recabado por la conciencia; mientras que la Información: parte de los datos y del mundo sensible, pero no se limita a ellos, es la forma en la cual se interpretan los datos y se les otorga una estructura.

Un dato es algo que se percibe del mundo, pero que en sí ya no es el mundo. Por ejemplo, después de haberme quemado con la estufa, obtengo el dato que dicho objeto, el fuego, genera cierta sensación, dolor. Ese dato fue extraído del mundo, pero ya no es él por sí mismo, sino la captación que poseo de este. La información, por su parte, es el acomodo realizado de los datos. Retomemos el ejemplo de la estufa: con los datos que obtuve puedo generar la información “ese fuego quema”, de igual forma alguien de sus experiencias particulares puede decir “los perros son peligrosos porque tienen dientes”. En los textos lo que podemos encontrar son datos o informaciones recabadas por otros seres humanos.

Cuando alguien dice “los mexicanos no leemos, lo sé porque lo vi en una estadística”, está cometiendo un error, ya que ese “sé” implica un conocimiento verdadero, mientras que ver una estadística es solo observar datos recabados por otros, sin un análisis profundo de su contenido. De manera similar, si alguien afirma que “el país está en perfectas condiciones” basándose en la lectura de un informe de gobierno, tampoco está garantizando un conocimiento, sino simplemente repitiendo la interpretación que se ha dado de esos datos, la cual puede ser verdadera o falsa.

Conociendo
el conocimiento

¿En qué situaciones utilizamos la palabra “conocer”? No lo hacemos cuando simplemente creemos en algo o estamos informados sobre un tema. La usamos cuando algo nos resulta familiar y cercano, como en la frase “yo conozco a Pedro”. No decimos que creemos conocer a Pedro, ni que solo poseemos información sobre él, aunque esto sea cierto. Lo hemos tratado, sabemos dónde vive, quiénes son sus amigos, etc. Esta diferencia en los términos, según los planteamientos de Rendón y Villoro, se debe a que conocer no es solo tener información sobre algo, sino haberla contrastado de primera mano con la realidad y haberla integrado en nuestra vida.

Por ejemplo, si tengo información sobre un idioma, puedo, cuando lo necesite, comparar esa información con la realidad. Si alguien dice “dog” y yo tengo un diccionario, puedo verificar que significa “perro”, un término que sí conozco y con el que puedo interactuar. ¿Qué implica esto? Que en realidad no existen textos de conocimiento, sino textos que acumulan saberes o que facilitan el conocimiento, pero en sentido estricto, solo son información. Si alguien dice “conozco física porque leí un libro”, eso es falso; quizás esté informado, pero no es hasta que se apropia de ese conocimiento y lo integra, que realmente lo conoce.

El conocimiento solo puede captarlo el individuo de su propia experiencia, pero tener una experiencia de todo lo que pasa en el universo es imposible por tres razones: o es muy pequeño para poder ser percibido; o es muy grande para ser percibido; o no se puede recolectar toda la información del mismo. ¿Qué hacer ante esto? Villoro señala3 que podemos recurrir a nuestros conocimientos y juntarlos en una estructura mayor: el saber.

Saboreando el saber

El saber, según Villoro, es la recopilación y estructuración del conocimiento humano. Un ejemplo de este proceso es la teoría de la evolución, que sostiene que las especies que sobreviven son las que se adaptan al medio. Aunque no podemos constatar directamente el cambio de una especie a otra, ya que este proceso dura mucho más que una vida humana, podemos comparar la información recopilada por otras personas con nuestros propios conocimientos y proponer explicaciones para dichos fenómenos. Pensemos en Darwin durante su viaje a las Islas Galápagos: lo imaginamos observando diversas especies de animales —recopilación de datos—, notando sus diferencias y similitudes —generación de información—, y luego comparando esa información con la de otros para generar un conocimiento que le permitiera predecir y explicar su entorno. Aunque no podía constatar directamente el cambio de una especie a otra, apoyó su creencia en conocimientos observables, como el hecho de que los animales tienen huesos, que la edad de esos huesos puede medirse por su color, y que las especies que mejor se adaptan al medio son las que sobreviven.

En síntesis, un saber es una información que puede explicar o predecir el mundo y que se fundamenta en datos comprobables, generando así conocimiento en las personas. Esto significa que un texto que afirma “sabes cómo…” será válido si se basa en información derivada de datos reales, demostrable, y que fomente o genere conocimiento en el lector. Por el contrario, un texto que promete explicar por qué los marcianos son azules, pero no ofrece información confiable, debe ser descartado de inmediato. Del mismo modo, si alguien dice “yo sé matemáticas” pero no puede transmitir ese conocimiento, la afirmación es falsa; quizás posea el conocimiento, pero este es propio y no enseñable.

No todo lo que leemos contiene necesariamente conocimiento. Incluso hay situaciones en las que lo explicado puede promover conocimiento, como en este texto. En este momento, podemos decir que estamos informados sobre lo que es una creencia, el saber, etc. Sin embargo, para que esta información se convierta en conocimiento, debe ser asimilada, contrastada con nuestros propios datos, y aplicada en la realidad particular del lector.

Bibliografía

[1] Villoro, L. (1989). Creer, Saber y Conocer. México: Siglo XXI.

[2] Rendón, M. (2005). Relación entre los conceptos: Información, conocimiento y valor. Semejanzas y diferencias. revista.ibict.br. https://doi.org/10.18225/ci.inf.v34i2.1090

[3] Villoro, L. (1989). Creer, Saber y Conocer. México: Siglo XXI.

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Cita este artículo (APA): Rivera, P. (2024, 18 de septiembre). ¿Qué leemos cuando leemos?. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/09/que-leemos-cuando-leemos

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