¿Qué distingue al arte de acción del arte tradicional? La performance no representa ni ilustra: irrumpe en lo sensible como acontecimiento efímero y político, donde el cuerpo expuesto transforma, desestabiliza y crea sentido en el instante, activando una experiencia estética y política que desafía los marcos normativos y lo previsible.
En el campo del arte contemporáneo, la escena se ha vuelto cada vez más difícil de nombrar. Las categorías tradicionales que distinguían entre obra, autor, público y objeto ya no alcanzan para dar cuenta de lo que ocurre cuando nos enfrentamos a prácticas que no dejan huella material, que rehúyen la representación y que acontecen en el instante. Entre ellas, el arte de acción —o performance— desborda los marcos que solían definir lo artístico: no se trata de una obra en sentido clásico, ni de una representación, ni siquiera de una expresión subjetiva. Más bien, nos enfrenta a un tipo de experiencia que interrumpe los regímenes estéticos heredados y convoca nuevas formas de pensar la relación entre cuerpo, escena y sentido.
Esta dificultad para nombrar no es un obstáculo, sino una pista: tal vez lo que ocurre en la performance no sea algo que pueda “decirse” del todo desde el lenguaje representacional. Surge entonces una pregunta: ¿cómo pensar el arte de acción no como forma de representación, sino como acontecimiento? La propuesta de esta reflexión parte de la hipótesis de que el arte performativo constituye un acontecimiento en sí mismo: no ilustra ni comunica un contenido externo, sino que produce sentido al irrumpir en lo sensible, desestabilizar lo dado y activar lo político desde el cuerpo que se expone.
Hablar del acontecimiento implica apartarse de la lógica de la causalidad, de la previsibilidad o de la linealidad histórica. En lugar de concebirlo como un mero suceso, el acontecimiento se piensa aquí como una irrupción que trastoca las coordenadas de lo dado, como una dislocación en el campo del sentido. El acontecimiento no es algo que simplemente sucede, sino algo que adviene, que se pliega sobre el lenguaje y la experiencia sin dejarse reducir a ninguna de ellas; para Deleuze, el acontecimiento es lo incorpóreo por excelencia, lo que no se puede captar por el cuerpo, pero que se inscribe sobre él1. Aquí no se limita a ser un hecho objetivo ni una representación simbólica, sino que se constituye como una dimensión intensiva que afecta y transforma.
Alain Badiou, radicaliza esta noción al definir el acontecimiento como una ruptura del orden de lo visible y lo decible, algo que interrumpe la situación2, desafiando las estructuras que organizan lo real y abriendo la posibilidad de un nuevo régimen de verdad. En su pensamiento, el acontecimiento es raro, infrecuente, pero decisivo: no se trata de cualquier cambio, sino de un corte ontológico que exige una respuesta subjetiva. Es posible entender este fenómeno como una alteración que no puede ser absorbida por las lógicas previas del sentido. Así, lo que acontece no es algo que simplemente se añade al mundo, sino algo que lo transforma desde dentro.
Esta idea se vuelve especialmente sugerente cuando se traslada al campo del arte: ¿qué ocurre cuando lo que se produce no es una imagen, un objeto o un discurso, sino una irrupción misma? El arte de acción —más que ilustrar un concepto— parece encarnar esta lógica de lo imprevisible. La performance no se deja captar como obra acabada: no tiene objeto, no puede repetirse, no deja rastro estable. Ocurre, y al ocurrir, transforma a quienes están presentes. Su condición efímera no es un defecto, sino su potencia: no aspira a la permanencia, sino a la intensidad del instante.
En el arte performativo se establece una relación de copresencia entre performer y espectador que genera una autopoiesis de la escena3.
Es decir, una creación continua de sentido en el acto mismo del acontecer. La performance no se limita a representar, sino que instaura una situación que se constituye en tiempo real. Lo que se produce no es una obra para ser contemplada, sino una experiencia compartida que involucra afectos, cuerpos, silencios, gestos, respiraciones. En este sentido, el acontecimiento performativo es inseparable de lo corporal. El cuerpo en escena no remite a otra cosa: es lo que acontece.
Este desplazamiento de la representación hacia la presencia implica pensar el cuerpo no como medio ni como signo, sino como lugar de aparición. Y más aún: como condición de posibilidad del acontecimiento. El cuerpo que se mueve, que se detiene, que respira, que tiembla, se convierte en la superficie donde se inscribe lo irrepresentable. No hay escena sin cuerpo, pero tampoco hay acontecimiento sin ese quiebre que el cuerpo introduce en la lógica de lo visible. La escena ya no muestra algo: hace que algo ocurra.
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Pensar el acontecimiento performativo en el arte de acción exige atender no solo a su dimensión estética, sino también a su potencia política. Esta no reside necesariamente en los contenidos explícitos de la performance —aunque a veces estén presentes—, sino en la forma misma en que el cuerpo aparece, se expone y se vuelve visible de un modo que desestabiliza las coordenadas normativas de lo sensible. En este sentido, el cuerpo no actúa únicamente como soporte del acontecimiento, sino como su centro irradiador. Es el cuerpo el que, al presentarse fuera del marco de lo previsible, al interrumpir lo habitual, inaugura una escena.
No todos los cuerpos importan de la misma manera, ni todos tienen acceso a los mismos modos de aparecer públicamente. En consecuencia, cuando un cuerpo precario, marginado o no conforme aparece en el espacio público —y más aún, cuando lo hace en condiciones de exposición radical—, se produce un acontecimiento político. Este no es un discurso, ni una consigna, sino una forma de desobediencia corporal.
La política se produce precisamente allí donde los cuerpos se reúnen, donde se hacen visibles en su precariedad común4.
El arte de acción, en cuanto práctica que pone en el centro el cuerpo como escena de exposición y transformación, activa esa dimensión política del aparecer. No se trata de ilustrar una injusticia, sino de hacerla sensible; no de representar una identidad, sino de dejarla vibrar en su fragilidad y su potencia. El cuerpo performativo no es un mensaje ni una alegoría, sino una presencia que desacomoda: que aparece cuando no se lo espera, que perturba la mirada, que interrumpe el flujo del sentido y que convoca otra forma de relación. La performance, en cambio, introduce una forma de moverse —o de no moverse— que interrumpe la economía habitual de los cuerpos. En este sentido, la quietud, el silencio o la repetición pueden ser formas de resistencia tan significativas como el grito o la irrupción.
Estas ideas nos permiten pensar el acontecimiento performativo no solo como una categoría estética, sino como una práctica política encarnada. En la performance, el cuerpo no actúa como metáfora, sino como acto. Su exposición no es representación sino riesgo; su presencia no es figuración sino decisión. Cada vez que un cuerpo aparece en escena bajo condiciones no programadas, cada vez que se ofrece a ser visto sin escudos ni garantías, se abre la posibilidad de un acontecimiento que afecta, que desestabiliza, que transforma.
Esta dimensión del acontecimiento performativo puede observarse con nitidez en ciertas obras emblemáticas del arte de acción contemporáneo, en las que el cuerpo no comunica un mensaje cerrado, sino que produce una fractura en lo sensible, una experiencia que transforma. No se trata de ilustraciones de una teoría, sino de prácticas que encarnan, en su propia materialidad, la lógica del acontecimiento. Un caso paradigmático es, ¿Quién puede borrar las huellas?, de la artista guatemalteca Regina José Galindo5. En esta acción, Galindo caminó descalza desde el Palacio Nacional hasta la Corte Suprema de Justicia en Ciudad de Guatemala, sumergiendo cada tanto sus pies en sangre humana y dejando una huella tras otra sobre el asfalto. La obra no enuncia ninguna consigna explícita: no habla, no denuncia, no representa a las víctimas de la represión. Y, sin embargo, en el acto de arrastrar el cuerpo por la ciudad, de exponerlo a la mirada pública, de encarnar el duelo sin palabras, se produce un acontecimiento que interrumpe el orden de lo visible y convoca una memoria que no puede ser contenida en el archivo ni en el monumento.
Lo que aquí se pone en juego no es el cuerpo como signo, sino el cuerpo como resto, como evidencia frágil de lo que insiste en aparecer. Galindo no imita una escena histórica: la genera. Su caminar no recuerda, sino que hace memoria. La performance, en este caso, no representa una violencia pasada: la reactiva en el presente del acontecimiento, obligando a mirar, a pensar, a incomodarse. La escena no puede ser repetida ni trasladada a otro soporte sin perder su fuerza. Lo que ocurrió en ese recorrido urbano no puede conservarse: solo puede ser narrado como algo que tuvo lugar y que afectó.
Otro ejemplo puede encontrarse en la obra Rhythm 0, de Marina Abramović6, en la que la artista se ofreció durante seis horas al público como un “objeto” pasivo sobre el cual se podían ejercer múltiples acciones, desde acariciar hasta cortar su piel con cuchillas. En esta acción extrema, la escena devino un experimento de poder, violencia y límite. Lo que emergió no fue simplemente una obra provocadora, sino una pregunta radical sobre la responsabilidad del espectador, la fragilidad del cuerpo y la delgada línea entre arte y abuso. Lo que se produjo allí fue un acontecimiento en toda regla: un quiebre de las expectativas, una suspensión del orden normativo y una exposición del cuerpo como superficie de inscripción colectiva.
Ambas acciones nos permiten pensar el acontecimiento performativo en su doble dimensión: estética y política. No hay contenido a representar, sino una presencia que perturba; no hay un mensaje que descifrar, sino una experiencia que nos desborda. En el corazón de estas obras no hay un símbolo, sino un cuerpo real, vulnerable, expuesto. Y es precisamente en esa exposición donde acontece algo que no puede ser completamente nombrado, pero que deja marcas, resonancias, inquietudes.
Podríamos decir que el arte de acción no nos ofrece algo para mirar, sino que nos introduce en un campo donde algo ocurre. Es en ese “algo” —impreciso, efímero, irrepresentable— donde se juega su potencia. El acontecimiento performativo no es un evento espectacular ni una innovación formal, sino una forma de interrumpir el mundo tal como lo habitamos. En tiempos donde la imagen está saturada de sentido y donde el espectáculo corre el riesgo de neutralizar toda interrupción, el acontecimiento performativo se sostiene en lo que escapa: en la respiración que no se puede archivar, en la presencia que no se puede repetir, en el temblor que no se puede traducir. El arte de acción, entonces, no representa: acontece. No explica el mundo, sino que lo fisura. No construye símbolos, sino espacios de aparición; a veces, lo más transformador no es lo que se muestra, sino lo que irrumpe.
Notas
[1] Deleuze, G. (2005). Lógica del sentido. Paidós.
[2] Badiou, A. (1999). El ser y el acontecimiento. Manantial.
[3] Fischer-Lichte, E. (2008). The Transformative Power of Performance: a new aesthetics. Routledge.
[4] Butler, J. (2006). Deshacer el género. Paidós.
[5] Performance realizada en 2003, en un contexto de fuerte tensión política en Guatemala, marcado por la candidatura del exdictador Efraín Ríos Montt, señalado por crímenes de genocidio y beneficiado por la impunidad. En esta obra, Galindo convierte su propio cuerpo en soporte de una memoria herida.
[6] Rhythm 0 fue una performance de seis horas realizada por Marina Abramović en 1974, donde la artista permaneció inmóvil mientras el público podía intervenir sobre su cuerpo utilizando 72 objetos dispuestos en una mesa. Fue la última obra de su Serie Rhythm y una exploración radical de los límites del cuerpo, la violencia y la responsabilidad colectiva.
Cita este artículo (APA): Mendoza, N. (2025, 12 de agosto). Arte de acción y política: el acontecimiento performativo entre cuerpo y escena. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/08/performance-arte-y-politica
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