El arte, como expresión de la creatividad y sensibilidad humana, ha jugado históricamente un papel fundamental en la configuración de nuestras sociedades. Más allá de su valor estético, ha demostrado ser un poderoso vehículo para la comunicación de ideas, la crítica social y la transformación política.
En sus diversas manifestaciones, ha servido como un poderoso medio de comunicación política a lo largo de la historia. Como afirmó1 el filósofo francés Jacques Rancière:
[El arte] es política en la medida en que configura un espacio específico, una forma inédita de reparto del mundo común.
Lo anterior sugiere que el arte tiene la capacidad de reconfigurar nuestra percepción de la realidad y, por lo tanto, influir en la forma en que entendemos y nos relacionamos con el mundo político. Rancière argumenta que este medio es intrínsecamente político, no debido a los mensajes o contenidos específicos que pueda transmitir, sino por su capacidad para redefinir lo que es visible, decible y pensable en un contexto dado. En otras palabras: tiene el poder de desafiar los límites establecidos de lo que se considera «común» o «compartido» en una sociedad, y así abrir nuevas posibilidades para la imaginación y la acción política.
Esta perspectiva invita a considerarlo no solo como un reflejo pasivo de las realidades políticas existentes, sino como una fuerza activa que puede moldear y transformar esas realidades. Al crear nuevas formas de representación y experiencia estética, el arte puede hacer visibles aspectos de la vida social y política que de otro modo podrían pasar desapercibidos, y así catalizar procesos de cambio y emancipación.
Sin embargo, es importante reconocer que la relación entre arte y política es compleja y multifacética. No todo el arte es explícitamente político en su contenido o intención, y no toda comunicación política adopta formas artísticas. Además, el impacto político del arte depende en gran medida de los contextos históricos, culturales e institucionales en los que se produce y circula.
No obstante, Rancière nos recuerda2 que el arte, incluso en sus expresiones más sutiles o abstractas, siempre tiene una dimensión política en la medida en que interviene en la configuración de lo sensible y lo inteligible. Al hacerlo, puede abrir espacios para el disenso, la crítica y la imaginación de alternativas, contribuyendo así a la vitalidad y la transformación de las esferas públicas democráticas.
Un ejemplo ilustrativo de esta capacidad del arte para reconfigurar lo sensible y lo inteligible es la obra «Guernica3» de Pablo Picasso. Creada en 1937 en respuesta al bombardeo de la ciudad vasca de Guernica durante la guerra civil española, este monumental cuadro cubista utiliza un lenguaje visual fragmentado y distorsionado para representar el horror y la devastación de la guerra. Al hacerlo, Picasso no solo denuncia la violencia específica infligida a Guernica, sino que también cuestiona las nociones convencionales de heroísmo, progreso y civilización que a menudo se utilizan para justificar la guerra. De esta manera, «Guernica» abre un espacio para el disenso y la crítica, invitando a los espectadores a repensar su relación con la violencia política y a imaginar alternativas a la lógica de la guerra.
Otro ejemplo relevante es el performance «Rhythm 04» de Marina Abramović, realizada en 1974. En esta, la autora se presentó como un objeto pasivo, invitando a los espectadores a interactuar con ella utilizando 72 objetos dispuestos sobre una mesa, que incluían elementos como una rosa, plumas, un cuchillo y una pistola cargada. Al colocarse en esta posición vulnerable, Abramović cuestionó los límites de la relación entre artista y público, y expuso la compleja dinámica de poder, responsabilidad y ética que subyace a toda interacción social. «Rhythm 0» puede verse como una intervención política que utiliza la experiencia estética para provocar una reflexión crítica sobre las relaciones de poder que configuran nuestra realidad social.
Los ejemplos anteriores nos demuestran cómo el arte, en sus diversas formas y manifestaciones, puede funcionar como un medio de comunicación política al reconfigurar los límites de lo visible, lo decible y lo pensable. Al crear nuevas formas de representación y experiencia estética, obras como «Guernica» y «Rhythm 0» abren espacios para el disenso, la crítica e imaginación de alternativas, contribuyendo así a la vitalidad y la transformación de las esferas públicas democráticas.
El arte es político no por los mensajes y los sentimientos que transmite sobre el orden del mundo. No es político por la manera en que representa las estructuras de la sociedad, los conflictos o las identidades de los grupos sociales. Es político por la distancia misma que guarda con relación a estas funciones5.
En otras palabras, el potencial político del arte reside precisamente en su capacidad para interrumpir y reconfigurar los regímenes establecidos de percepción, pensamiento y acción, abriendo así nuevas posibilidades para la emancipación y el cambio social.
El rol de la belleza
en el arte político
La relación entre belleza y arte político ha sido objeto de debate filosófico durante siglos. Tradicionalmente, la belleza se ha considerado una cualidad esencial del arte, asociada con la armonía, la proporción y la capacidad de provocar placer estético. Sin embargo, cuando se trata de arte político, la belleza no siempre es el aspecto más relevante o efectivo para transmitir un mensaje o generar un impacto social. Muchas obras de arte políticamente efectivas se alejan de los cánones tradicionales de belleza para privilegiar la expresividad, la crítica y la confrontación:
El arte político no se limita a reflejar la realidad, sino que aspira a transformarla, a contribuir a la lucha por una nueva realidad6.
En este sentido, el arte político puede recurrir a la fealdad, la disonancia o la provocación para sacudir la conciencia del espectador y movilizarlo hacia la acción. Un ejemplo emblemático de arte político que desafía las nociones convencionales de belleza es la obra del colectivo español Agustín Parejo School (APS)7. Una serie de acciones e intervenciones en espacios públicos que buscaba visibilizar y denunciar la marginación y persecución de la comunidad gitana durante el franquismo. A través de grafitis, carteles y performances disruptivos, Agustín Parejo School creó un lenguaje visual crudo y confrontativo que priorizaba la efectividad política sobre la belleza estética.
Una de las características más destacadas de APS es su rechazo deliberado de las nociones tradicionales de belleza en favor de una estética cruda, directa y provocativa. Agustín Parejo School no buscaban complacer al ojo ni ajustarse a los cánones estéticos dominantes, sino más bien perturbar, sacudir y movilizar al espectador. El arte político no puede permitirse el lujo de la belleza, entendida como complacencia o deleite, sino que debe apostar por una estética de la resistencia, la confrontación y la transformación social.
En este sentido, APS puede entenderse como una forma de «guerrilla semiológica«, término acuñado8 por Umberto Eco para referirse a las prácticas artísticas y comunicativas que subvierten los códigos dominantes y generan nuevos significados críticos. Al intervenir en el espacio público con mensajes y acciones disruptivas, APS buscó alterar la gramática visual de la ciudad y hacer visible lo que el poder franquista intentaba ocultar o silenciar: la marginación y persecución de la comunidad gitana.
Sin embargo, sería un error reducir el arte político a una simple oposición entre belleza y mensaje. En este sentido, la relación entre estética y política en el arte no puede plantearse en términos de una disyuntiva excluyente, sino como una tensión dialéctica. En otras palabras, la belleza y la política no son necesariamente incompatibles en el arte, sino que pueden entrar en un diálogo complejo y mutuamente enriquecedor.
La relación entre estética y política en el arte debe entenderse como una «tensión dialéctica«, es decir, como un diálogo constante y dinámico en el que ambos elementos se influyen y transforman mutuamente. Desde esta perspectiva, la belleza no es un mero ornamento superficial que se contrapone al mensaje político, sino un componente integral que puede potenciar y enriquecer la efectividad comunicativa y transformadora del arte.
Para comprender mejor esta tensión dialéctica, podemos recurrir al concepto de «política de la estética«. Según Rancière9, la estética no es un dominio autónomo y separado de la política, sino un espacio donde se configura y disputa lo sensible, es decir, las formas de percibir, sentir y dar sentido al mundo. En este sentido, la belleza en el arte no es políticamente neutra, sino que siempre está atravesada por relaciones de poder, valores ideológicos y luchas por la hegemonía cultural.
En el arte, la tensión entre política y estética nos alienta a considerar los límites y posibilidades de la creación artística como medio de transformación social. El impacto político de una obra puede ser fortalecido y enriquecido por las formas estéticas; en cambio, esta relación no es simplemente una dicotomía entre belleza y mensaje. Los artistas contemporáneos enfrentan el desafío de comprender esta compleja interacción al crear obras que no solo sean visualmente impactantes, sino que también tengan la capacidad de sacudir conciencias y provocar transformaciones en la esfera pública.
Notas
[1] Rancière, J. (2014). El reparto de lo sensible: estética y política. Buenos Aires: Prometeo Libros.
[2] Rancière, J. (2004). Sobre políticas estéticas. Barcelona: Universidad Autónoma de Barcelona.
[3] Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. (n.d.). Pablo Picasso (Pablo Ruiz Picasso) – Guernica. Museo Nacional Centro De Arte Reina Sofía. https://www.museoreinasofia.es/coleccion/obra/guernica
[4] Ritmo 0. Wikipedia. Sitio web: https://es.wikipedia.org/wiki/Ritmo_0
[5] Rancière, J. (2004). Sobre políticas estéticas. Barcelona: Universidad Autónoma de Barcelona.
[6] Sánchez, A. (1982). Las ideas estéticas de Marx. México D.F. Era.
[7] Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. (n.d.). Sala 001.11 | Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Museo Nacional Centro De Arte Reina Sofía. https://www.museoreinasofia.es/coleccion/sala/sala-00111
[8] Eco, U. (1986). Hacia una guerrilla semiológica (Págs. 181-192). Barcelona: Lumen.
[9] Rancière, J. (2004). Sobre políticas estéticas. Barcelona: Universidad Autónoma de Barcelona.
Bibliografía
González, E. (2018). La moraleja intercultural de Marina Abramovic.
García, G. (2006). El Picasso más político: el Guernica y su oposición al franquismo. Congreso» La guerra civil española 1936-1939 (Pág. 225).
Baiges, M. (2013). Arte y activismo urbano en los ochenta: El proyecto sin Larios de Agustín Parejo School. Arte y ciudad, (3.1), Págs. 309-326.
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Cita este artículo (APA): Morales, H. (2024, 27 de agosto). Arte política y reconfiguración de lo sensible. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/08/el-arte-como-mensaje-politico
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