Pensamiento político: el nacionalismo y el feminismo. Parte 4 de 4

Desde su surgimiento junto con la aparición de los primeros Estados modernos (siglo XVI), diversos autores han intentado dar una definición del concepto de nación; si bien, todas esas definiciones tienen una serie de características comunes que todas comparten: primero, la nación es una comunidad de sentimiento, identificando al conjunto de sus miembros, los cuales se sienten vinculados a ella y que se reconocen unos con otros como pertenecientes a la misma. Segundo, la nación es una comunidad de historia y cultura compartidas; una comunidad de sentimiento que teniendo como base un pasado común, mediante las glorias y las derrotas se crean fuertes vínculos de pertenencia y de adhesión a la comunidad nacional. Todas estas características histórico-culturales suelen cristalizar en una lengua común propia. Tercero, la nación es una comunidad política que se asienta en el consentimiento de todos sus miembros; la nación moderna tiene su razón de ser solamente porque sus miembros, su sociedad civil así lo imagina y siente. En cuarto y último lugar, la nación es una comunidad que se realiza y autodetermina mediante el Estado; la nación moderna es un concepto necesario e interdependiente con el Estado moderno. Si la nación es esa comunidad histórica y cultural, el Estado es su exponente, un conglomerado de instituciones que van desde la jefatura del Estado, pasando por los poderes ejecutivo, legislativo y judicial que regulan y representan a esa comunidad de ciudadanos libres e iguales.

Así pues, el nacionalismo es una ideología moderna que concibe a la Nación como sujeto de soberanía y, por tanto, fundamento del Estado. Y desde la misma fundación de los primeros Estado modernos, se hace desde el principio de que todos los hombres nacen libres e iguales.

Por todo lo anterior, el nacionalismo es consustancial con la construcción y evolución del Estado moderno, distinguiéndose de las demás ideologías modernas en que llama a la identidad antes que a la voluntad; es decir, el nacionalismo se preocupa por el quién forma parte del pueblo o nación mientras que las otras ideologías modernas se preguntan por el cómo deberá organizarse la sociedad.

Es más, el liberalismo económico actual puede convivir plenamente con un nacionalismo político respetuoso con las libertades negativas. Gobernar en nombre de la Nación podrá ser liberal, pero no es democrático si no se hace mediante elecciones libres, sufragio universal y libertad de información y de opinión. Por tanto, el nacionalismo ha sido crucial para el desarrollo de los Estados-nación democráticos actuales.

Y este nacionalismo actual se ha convertido en algo imprescindible por cuanto tiene como objetivos políticos propios el bienestar, los derechos y el autogobierno, que solo pueden ser concebibles en el marco de una Nación. La consecución de estos objetivos, por tanto, se ha realizado sobre la base material de este tipo de sociedad y estado.

Así pues, la Nación sigue siendo hoy día un concepto político y público esencial e insustituible, fuente de legitimación del Estado que se basa en la autodeterminación y la soberanía nacional, aunque este tipo de sociedad y Estado en donde se promueve la homogeneidad cultural y la lealtad patriótica tenga ciertas dificultades en dar una respuesta satisfactoria a la diversidad cultural.

Ya entrados en pleno siglo XXI, al nacionalismo se le plantea una disyuntiva en la que se le plantean dos direcciones contrarias: continuar siendo el nacionalismo del viejo orden mundial o un tipo de federalismo junto a un nuevo orden mundial. Y esto es así por cuanto los problemas que vive la humanidad exigen respuestas de ámbito global tales como la demografía, la pobreza, las migraciones o el clima. Los sistemas políticos no son cotos cerrados sin, sino que se ven afectados por procesos transnacionales de imposible solución en el ámbito privado de cada Nación.

Cada vez son más las voces que propugnan como solución a todos estos problemas un orden mundial fundado en el derecho, que tenga la capacidad de obligar a todos los poderes públicos en la aplicación de soluciones necesarias para esos problemas de extensión mundial. Podrán pasar años hasta que se produzcan avances significativos en esta dirección e incluso retrocesos, pero si bien es cierto que para la solución de problemas de ámbito mundial será complicado si no se hace tomando medidas que atañen a todos los organismos públicos mundiales.

No obstante, suponiendo que esto se pueda llegar a producir, será imprescindible que antes se produzca un cambio de paradigma en la organización política de la sociedad vigentes hoy día como son los conceptos de soberanía nacional, Estado nacional, república indivisible y muchos otros que a la fuerza quedarán obsoletos ante un hipotético cambio de orden mundial.

Quizás el objetivo final pase por crear una federación de naciones democráticas que bajo la firma de un pacto federal se vinculen mediante una constitución, dando así solución al obstáculo de la plurinacionalidad y multiculturalidad, creando una sociedad de ciudadanos libres e iguales.

Podemos situar históricamente al feminismo, como movimiento político y social que propugna para las mujeres el mismo reconocimiento de capacidades y derechos que para el hombre a finales del siglo XVIII. Si bien es cierto que hubo hechos aislados durante la baja Edad Media y en el Renacimiento en los que se reivindicaron derechos para las mujeres. El caso más paradigmático quizás sea el de Christine de Pizan, con su famosa obra La ciudad de las damas, fechada en 1405 y con la que su autora tenía como objetivo intervenir en la polémica suscitada en torno al Roman de la Rose, obra en la que su autor Jean de Meun, arremete contra la honra de todo el género femenino. Christine de Pizan con su Ciudad de las damas realiza una réplica contra esta agresión injusta e intolerable. En esta obra, nuestra autora construye una ciudad imaginaria, en la que la propia Christine de Pizan dialoga con figuras femeninas alegóricas como Justicia y Razón. Atendiendo al discurso de La ciudad de las damas podemos ver que se enmarca en la lógica estamental propia del lugar y momento histórico en los que la obra fue escrita, y que carece de la lógica universalizadora propia del feminismo varios siglos posterior, cuando el sistema feudal quedaría atrás.

No sería hasta la Revolución francesa cuando se diesen las condiciones idóneas para que las mujeres pudieran constituirse en sujetos políticos. Con el desarrollo de la Ilustración y su defensa de la igualdad de todos los ciudadanos, sería cuando se darían los primeros pasos hacia los derechos de las mujeres. Pero no sería un camino nada fácil para ellas; ya adentrados en dicha Revolución, y en la que las mujeres tuvieron una importante participación, verían frustradas sus ilusiones cuando en 1789 la Asamblea Nacional Constituyente francesa aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano1, en la que se proclamaban en exclusiva los derechos fundamentales de los hombres.

Las mujeres, ante la injusticia que se les estaba planteando, pusieron de manifiesto la incoherencia de la situación, en la que se estaba acabando con una sociedad jerárquica que había imperado durante siglos y en la cual la sociedad se dividía en estamentos, y que esta sociedad se estaba sustituyendo por una sociedad que jerarquizaba por sexos. El caso más llamativo contra esta injusticia fue el de la escritora Olympe de Gouges, cuando en 1792 redactaría una Declaración de los Derechos de la mujer y de la Ciudadanía, irracionalizando con ella las bases de la cultura en tanto que patriarcales y poniendo de manifiesto lo ilegítimo de la dominación masculina.

Se abriría así el debate dentro de la sociedad francesa en torno a la ciudadanía de las mujeres. El debate se centraría en sí la condición femenina es o no una característica adscriptiva. Para los jacobinos, que estaban influidos por Rousseau, la distinción jerárquica masculino-femenino es una distinción conforme a naturaleza y, por tanto, legitima la diferenciación entre hombre y mujer. Así pues, será a los y las feministas a quienes les incumba demostrar que dicha distinción entre hombre y mujer es artificial y producto de la sociedad, no natural.

Fue en 1793 cuando la escritora y filósofa inglesa Mary Wollstonecraft redactaría el texto Vindicación de los derechos de la mujer, donde proclamaba la igualdad entre el hombre y la mujer y ponía a la distinción entre ambos sexos como algo no natural, sino social, abogando por una educación igualitaria, clave esta última para acabar con la discriminación. Pero las instituciones políticas reaccionaron de forma muy negativa ante estas reivindicaciones feministas, llegándose a encarcelar a numerosas mujeres y privándoles de los tan ansiados derechos políticos.

Así pues, si bien la Ilustración sirvió de trampolín para la reivindicación de los derechos de las mujeres, no sería suficiente. Habría que esperar hasta el siglo XIX con la llegada del sufragismo cuando se diera un nuevo impulso a las reivindicaciones feministas.

Tanto en Estados Unidos como en Reino Unido, el feminismo comenzó una lucha menos intelectual y más social. En 1848 tendría lugar una reunión de mujeres notables e ilustres en una capilla metodista donde proclamaron lo que se conocerá como la «Convención de Séneca Falls», en el Estado de Nueva York, manifiesto en el que se reivindicaban los derechos civiles de las mujeres incluyendo el derecho al voto y a la educación. Por su lado, las mujeres inglesas también habían comenzado a pedir el sufragio femenino desde 1832.

Pero no sería hasta finales del siglo XIX y principios del XX cuando lentamente se comenzarían a conseguir derechos como el voto femenino, siendo el primer lugar en conseguirse en Nueva Zelanda en el año 1893. Aunque las mujeres inglesas tendrían que esperar hasta una vez finalizada la Primera Guerra Mundial, cuando les sería concedido el derecho al voto en agradecimiento al gran esfuerzo realizado por las mujeres durante la contienda. En Estados Unidos sería en 1920 cuando se concedió el voto femenino, pero solamente a mujeres blancas.

Será después de la Segunda Guerra Mundial cuando surjan dos nuevos nombres que darán un nuevo impulso al ideario feminista: Simone de Beauvoir y Betty Friedan. Con su ensayo El segundo sexo, publicado en 1949, Beauvoir defenderá que la biología no justifica los roles de género, sino que son una serie de roles que la sociedad va inculcando a cada sexo biológico.

Y posteriormente, en 1963, la socióloga Betty Friedan publicaba su famoso ensayo La mística de la feminidad, en el que ponía de manifiesto el encierro y sometimiento al que estaba sometida la mujer occidental, teniendo un gran impacto en la sociedad de los Estados Unidos.

Finalmente, ya en pleno siglo XXI, se puede hablar de un feminismo de ámbito global, que tiene como núcleo de sus reivindicaciones cuestiones relativas a la brecha salarial, los techos de cristal o la violencia de género. Todos ellos, temas importantes que todavía impiden que se pueda hablar de una igualdad real entre hombres y mujeres, poniendo de manifiesto que las reivindicaciones feministas aún tienen camino por recorrer.

Notas

[1] Puedes leerla aquí: https://www.conseil-constitutionnel.fr/sites/default/files/as/root/bank_mm/espagnol/es_ddhc.pdf

Bibliografía

Quesada, Fernando. Ciudad y ciudadanía. Editorial Trotta.

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Artículo de:

Rubén García Díaz (autor invitado):
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid. Estudiante y apasionado de la Filosofía, de la Literatura, de la Historia, del Arte y de la Cultura en general.

Cite este artículo (APA): García, R. (2023, 03 de septiembre). Pensamiento político: el nacionalismo y el feminismo. Parte 4 de 4. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/09/pensamiento-politico-nacionalismo-y-el-feminismo
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