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El problema de la teodicea y la rebeldía metafísica en Albert Camus

El problema de la teodicea cuestiona la coherencia entre la existencia de una divinidad omnipotente y benevolente y la presencia del mal en el mundo. Este problema, de particular relevancia en el cristianismo, ha generado diversas respuestas teológicas a lo largo de la historia, siendo de gran importancia la idea del pecado original. En contraste, la idea de rebeldía metafísica de Albert Camus, desafía la resignación ante el mal y la injusticia, cuestionando la propia idea de salvación divina.

El problema de la teodicea
en el cristianismo

Para autores como Peter Berger1, una teodicea es una forma de dar explicación a las situaciones marginalessufrimiento, maldad, muerte, etc.— desde una legitimación religiosa. En este sentido, el cristianismo, y su forma de plantear a Dios, contiene una problemática al querer empatar los atributos divinos con la realidad y las situaciones de sufrimiento.

El problema de la teodicea, es decir, la cuestión de cómo hacer coherente la existencia de la divinidad con la existencia del mal, no afecta a una teología politeísta y antropomórfica como la griega. En ella los dioses padecen de envidia, se enfrentan a mortales, son imperfectos y dependen de la fuerza del destino que los supera. Por su parte, en el monoteísmo la teodicea es una cuestión de gran relevancia, pues Dios es descrito como un ser personal, todopoderoso y bueno. Ese Dios es origen y causa del universo y se sitúa en la cúspide del cosmos, de modo que, en el cristianismo, el mal aparece como un obstáculo fundamental para mantener la figura de Dios con sus atributos de justicia y omnipotencia.2

Intentos por resolver
el problema de la teodicea

A lo largo de la historia del cristianismo, el problema de la teodicea se ha abordado desde diversas perspectivas; sin embargo, es de especial interés la teoría del pecado original como culpa universal, que en principio fue dada por el gnosticismo. Esta teoría del pecado original plantea, por un lado, que el pecado entraña un castigo y, por otro lado, que existe una posibilidad de enmienda y rescate a partir del sufrimiento. Por tanto, los gnósticos consideraban que el mundo es malo, pero no podían aceptar que Dios fuese el autor de dicha maldad. 

Ante esto, destaca la solución agustiniana al problema de la teodicea: el mal es para él una privación del bien, de modo que carece de entidad propia. Si el mal fuera una sustancia, sería bueno, pues Dios hizo buenas todas las cosas. Entonces, para Agustín de Hipona, el mal moral tiene sus orígenes en el libre albedrío humano, siendo la causa de nuestro sufrimiento el mal que hacemos de manera voluntaria y el juicio divino se encarga de castigar a los malos. Por tanto, el mal puede definirse como una perversión de la voluntad, y el pecado es consecuencia de una falta original que nos es imputable.

Este pecado original puede entenderse como la idea de que la culpa se extiende a través de una generación a otra. En esta idea del pecado original se encuentra la clave de los sufrimientos. Se trata de una mancha que destruyó la naturaleza feliz e inmortal del ser humano. Entonces, nuestro ser está viciado, nuestra voluntad ya no es completamente libre para hacer el bien. Sin el bautismo el hombre está condenado3.

La gracia
y el pecado original

Dada nuestra condición de seres que tienden al pecado, Dios nos envía el auxilio de la gracia. ¿Qué es la gracia? Es el don que otorga Dios a la humanidad a través de su hijo Jesucristo. Algunos gnósticos postulan la existencia de dos divinidades: un Dios perverso y un Dios bueno; Cristo, que es el enviado del Dios supremo, para combatir al malvado creador del mundo y liberar al mundo de su dominio. 

Ese Dios encarnado, muerto y resucitado comparte nuestra suerte y ofrece el auxilio de la gracia para vencer el pecado y la muerte, ante las cuales nos vemos doblegados desde Adán. La entrada de Cristo en la escena representa una transferencia, que es profundamente masoquista, de la cuestión de la justicia divina a la de la condición pecadora del hombre.

Tal como lo planteaban los gnósticos: ante la existencia del mal y la imposibilidad de que Dios sea el autor de ese mal, las soluciones al problema de la teodicea tienen como objetivo salvar la justicia divina responsabilizando al hombre del mal4.

El rechazo a la salvación
y la rebeldía metafísica

Albert Camus encuentra en la novela Los Hermanos Karamazov de Dostoyevski, especialmente en el personaje de Iván Karamazov, la encarnación de lo que llama el rechazo a la salvación. Para Camus, este personaje toma el partido de los hombres y carga el acento de su inocencia, afirmando que la pena de muerte que pesa sobre la humanidad es injusta. Siguiendo esta lógica: si el mal es necesario para la creación divina, entonces esta creación es inaceptable. Iván se remite a un principio que considera más alto que ese Dios misterioso: la justicia. Esto, para Camus, inaugura la empresa esencial de la rebeldía, es decir, sustituir el reino de la gracia por el reino de la justicia. Para Iván, aunque ese Dios existiera, aunque el misterio contuviera una verdad, no aceptaría que esta verdad se pague con el mal, el sufrimiento y la muerte de los inocentes5:

La fe lleva a la vida inmortal. Pero la fe supone la aceptación del misterio y del mal, la resignación ante la injusticia.

Por tanto, la idea de rebeldía metafísica en Camus puede entenderse como una frustración por la creación. El hombre rebelde encuentra un juicio de valor con el cual rechaza la condición que le corresponde. Como un esclavo levantado contra su amo, no niega a ese amo en cuanto ser, sino en cuánto amo. Opone el principio de justicia, que lleva con él, al de injusticia, que ve obrar en el mundo. En este sentido, el rebelde metafísico se niega a reconocer el poder que lo hace vivir en su condición de pecador y mortal6.

A modo de conclusión

Camus ve al cristianismo como culpable de la rebeldía metafísica, dados los atributos de Dios. Los intentos por resolver el problema de la teodicea provocaron una transferencia que va de la justicia divina a la culpa humana, es decir, el paso de una teodicea a una antropodicea. En esta situación la rebeldía metafísica representa un intento de buscar la justicia terrenal, sin tener que absorber la culpa que postula la idea del pecado original. En este sentido, el rebelde metafísico no es necesariamente ateo, pero sí es necesariamente blasfemo, ya que se encarga de juzgar a Dios ante las situaciones marginales y se levanta para buscar la justicia dentro de este mundo lleno de injusticias.

Tomando esto en cuenta, resulta lógico pensar que la humanidad ha buscado la justicia desde lo que Camus llama una rebeldía histórica, a partir de revoluciones sustentadas por ideologías. Estas son, para él, formas de intentar alcanzar lo absoluto, de modo que en algún punto se llega a buscar solución a un problema religioso (teodicea) a través de la política, algo que, por supuesto, resultará insatisfactorio.

Notas

[1] Berger, P. (1967), El dosel sagrado. Para una teoría sociológica de la religión, España, Editorial Kairos.

[2] Ramírez, A. (2008), Anti-teodicea y ateísmo en Albert Camus, PENSAMIENTO, vol. 64 (2008), núm. 241, pp. 487-498, https://revistas.comillas.edu/index.php/pensamiento/article/view/4989

[3] Ibídem.

[4] Ibídem.

[5] Camus, A. (2022), El hombre rebelde, España, Penguin Random House Grupo Editorial.

[6] Ibídem.

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Cita este artículo (APA): Nava, A. (2024, 22 de junio). El problema de la teodicea y la rebeldía metafísica en Albert Camus. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/06/la-rebeldia-metafisica-en-albert-camus

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por Alejandra Nava Hernández

Tesista de sociología en la UNAM. Interesada en los estudios CTS, sociología de la ciencia y de la religión.

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